IA inteligencia artificial
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Con motivo de su visita a Chile en 2022, el ex director de negocios de Google X, Mo Gawdat, señalaba que una de las preguntas más importantes de nuestra época sería dilucidar cómo la tecnología afecta nuestra felicidad. En otras palabras, y ante la impronta que asumía el desarrollo de la Inteligencia Artificial, lo que Gawdat dejaba entrever era hasta qué punto espacios que considerábamos única y propiamente humanos (como la felicidad) podrían verse trastocados por la revolución digital.

Pocos años después, no constituye ninguna novedad constatar la realidad del fenómeno, siendo prácticamente imposible distinguir alguna dimensión de nuestra existencia que no esté mediada por la técnica. El mismo Gawdat advirtió que hacia 2029 “el ser más inteligente ya no sería un humano, sino una máquina”. Más allá de la certeza del pronóstico, lo cierto es que asistimos a una suerte de endiosamiento de esta superioridad calculadora o algorítmica, al punto de que hemos depositado en sus respuestas la fuente de nuestras certezas y la solución a nuestros problemas, recurriendo a ellas incluso para obtener consuelo, terapia, aceptación social o felicidad.

El asunto, lejos de toda duda, plantea desafíos y responsabilidades. De allí la importancia de que haya instancias como el Congreso Futuro, en cuya edición de este año se espera que estos temas sean abordados, al tiempo que se abordará el espacio que le compete a las humanidades en la materia. Si bien muchos de los fenómenos que estamos viviendo revisten un cariz de novedad absoluta, el desafío subyacente a la revolución digital encuentra analogías con el pasado, y rescatarlas (a través de las humanidades) bien puede aportar luces.

Tras las II Guerra Mundial, Alemania (y Europa, en general) se vio en la necesidad de reconstruirse no sólo desde una dimensión económica, política y social, sino también cultural y espiritual. En este contexto, y con especial fuerza después de haber constatado el poder destructivo de la bomba atómica, no faltaron quienes lúcidamente alzaron la voz para advertir sobre los riesgos que entrañaban los avances científicos y el desarrollo tecnológico. Si bien el fenómeno de la técnica venía ya reflexionándose desde finales del siglo XIX (Ernst Kapp acuñó el concepto ‘filosofía de la técnica’ hacia 1889), la mecanización posterior a la Segunda Guerra constituyó una ruptura fundamental en la historia de la humanidad.

Fueron dos filósofos alemanes, Martin Heidegger y Karl Jaspers, quienes identificaron ese elemento disruptivo e innovador que comenzaba a asomar: el carácter totalizador y su capacidad para generar una mutación antropológica fundamental. La capacidad que adquiría la tecnología para acceder y trastocar todas las dimensiones de la vida humana. Para ambos pensadores, la irrupción tecnológica que asomaba suponía una transformación fundamental en nuestra experiencia del espacio y del tiempo, así como en nuestra manera de estar en el mundo y de relacionarnos con él. El resultado de este cambio, y bien lo advirtieron los dos, constituiría una nueva forma de alienación existencial, entendida como una pérdida, carencia y desorientación frente a la existencia. Un no saber qué posición ocupamos en el mundo.

Pocos años después, Hannah Arendt postuló que la experiencia en que se fundaba el totalitarismo era la soledad, entendida como la ausencia de identidad, en el sentido de que tanto el comunismo como el nazismo conllevan la anulación o supresión del individuo. Los campos de exterminio no fueron sino el reflejo de esto: en ellos se infligía la muerte como si las víctimas nunca hubieran estado vivas, de forma anónima e industrial, eliminando toda individuación (los niños mezclados con los ancianos, los honestos con los delincuentes) y no dejando tras de sí siquiera el rastro de un cadáver.

El espacio digital, por su parte -y guardando las proporciones-, puede conducir a un resultado similar, puesto que en él se hallaría cobijada la contradicción de que podemos ser lo que queramos sin ser nadie en realidad. Inmersos en lo que Gilles Lipovetsky denomina “el fetichismo de lo auténtico” y la constante aspiración por “ser originales”, la pérdida de nuestra individualidad operaría de forma paradójica: al ser tan infinito el mercado de las identidades que está a nuestro alcance, el be yourself termina volcándose en un eslogan vacío que se alimenta de múltiples máscaras que se toman prestadas de otras vidas. Por supuesto, no encontramos la lógica del exterminio masivo. Sin embargo, la anulación identitaria opera de igual forma, aunque esta vez por ausencia: al vivir afanados por crear y mostrar versiones idealizadas de sí mismos, la búsqueda de autenticidad termina siendo ilusoria y sin raíces.

Al mismo tiempo, ambas categorías suprimen la vida privada (las redes sociales no son sino el ímpetu por transparentar todo lo que hacemos), lo que conduce ineludiblemente a un desarraigo respecto del mundo y a la anulación de nuestro sentido de pertenencia. En el espacio digital no podemos erigir sentido, puesto que para ello necesitamos de la presencia de otros.

Todo lo anterior conllevaría una exacerbación de nuestra experiencia de la soledad y el aislamiento. Para la misma Arendt, el avance del totalitarismo se logró a partir de lo que ella denominó el individualismo gregario: comprimidos los unos contra los otros, cada uno está absolutamente aislado de todos los demás.

Por todo lo anterior, si las humanidades han de brindar lucidez y reflexión ante el abismo digital que nos embarga, no debiese desatender estos elementos. Sobre todo, sus esfuerzos deben estar en acreditar, una y otra vez, que los hombres no son islas y que la salvaguarda de la condición humana pasa por resguardar espacios reales desde donde, junto a los demás, tengamos la capacidad de poner en marcha procesos de cambio que vayan más allá de nosotros mismos y podamos construir sentido para nuestras vidas.

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