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El inicio de un nuevo ciclo gubernamental trae consigo no solo una renovación de liderazgos en las subsecretarías y ministerios, sino también la oportunidad de consolidar una agenda que ya no permite esperas: la ciberseguridad. Si bien Chile ha dado pasos significativos con la Ley Marco de Ciberseguridad y la creación de la Agencia Nacional de Ciberseguridad (ANCI), el enfoque de este periodo debe estar centrado en la ejecución estratégica y la madurez operativa.

La ciberseguridad ha dejado de ser un asunto de «nichos informáticos» para transformarse en un pilar de la seguridad nacional y la estabilidad económica. Ya no basta con tener una robusta arquitectura legal; el desafío ahora es la implementación táctica en un entorno de amenazas cada vez más sofisticadas.

La ANCI: El reto de la operatividad técnica

La gran expectativa reside en el despliegue de la ANCI. El objetivo es consolidar un organismo técnico de alto nivel, capaz de fiscalizar con agilidad a los operadores de servicios esenciales. La resiliencia de nuestro Estado depende de una autoridad que cuente con los recursos humanos y tecnológicos para coordinar la respuesta ante incidentes en tiempo real. La meta es clara: transitar de la burocracia hacia una defensa activa y preventiva.

Con la puesta en marcha de las nuevas autoridades en carteras estratégicas como Energía, la interoperabilidad se vuelve clave. Un ataque a la red eléctrica o a los sistemas de distribución de agua tendría efectos devastadores en la ciudadanía. La expectativa es que se impulsen estándares de seguridad que superen el simple cumplimiento normativo y fomenten una cultura de «Security by Design» en toda la infraestructura crítica del país.

Nadie puede pelear esta batalla en solitario. Es fundamental liderar una mesa de trabajo robusta con el sector privado —que gestiona la mayor parte de la infraestructura tecnológica— y fortalecer los lazos de cooperación internacional. Chile tiene el potencial de consolidarse como un referente regional en gobernanza digital, traduciendo los convenios internacionales en un intercambio efectivo de inteligencia de amenazas.

Finalmente, existe una urgencia crítica sobre la formación de capital humano. Según datos del (ISC)² Cybersecurity Workforce Study, la brecha de profesionales de ciberseguridad a nivel global sigue siendo de millones, y en Latinoamérica la demanda supera con creces la oferta disponible. En Chile, se estima que existe un déficit que ronda el 30% de profesionales especializados, una cifra alarmante considerando que el cibercrimen no descansa.

El fomento de programas de formación técnica y superior, junto con campañas de alfabetización digital para la ciudadanía, es esencial. El usuario común sigue siendo el punto de entrada más frecuente para el malware y el phishing; fortalecer este eslabón es una prioridad de Estado.

El éxito de la gestión digital no se medirá solo por el marco regulatorio, sino por la capacidad de prevenir ataques y la velocidad de recuperación ante contingencias. En la era de la IA generativa y el cibercrimen organizado, la confianza es el activo más valioso. La soberanía nacional hoy se defiende también desde el teclado, y el camino hacia una resiliencia de Estado es la única ruta segura hacia el futuro.

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