En estas semanas participé en el IV INSTEP Programme, una instancia de formación estratégica organizada por India a través del National Defence College y su Ministerio de Relaciones Exteriores para fortalecer los vínculos con países amigos. Allí pude observar cómo India proyecta su visión del mundo, construye confianza y cultiva relaciones con aquellos países que considera relevantes para su futuro. La experiencia dejó una convicción: Chile tiene frente a sí una oportunidad estratégica que no debería seguir mirando con distancia.
India ya no puede entenderse como un mercado lejano o una potencia emergente más. Con cerca de 1.500 millones de habitantes, una creciente capacidad industrial y tecnológica y una política exterior cada vez más activa, está redefiniendo su lugar en el orden internacional. Y en ese proceso busca socios confiables, especialmente entre los países del Sur Global. Chile reúne condiciones para ser uno de ellos. La pregunta es si estamos preparados para aprovecharlo.
Durante años hemos insistido en la necesidad de diversificar nuestra economía, ampliar mercados y reducir la dependencia de unos pocos socios comerciales. Sin embargo, cuando surge una oportunidad concreta, nuestra respuesta suele ser más lenta que las transformaciones del escenario internacional. India es un ejemplo de ello: mientras avanza en su posicionamiento global, Chile todavía parece observarla como un destino comercial secundario, en lugar de reconocer su potencial como socio estratégico.
El intercambio bilateral ha crecido significativamente en los últimos años. India demanda cobre, litio, alimentos y servicios, al tiempo que sus empresas amplían su presencia en sectores tecnológicos, farmacéuticos, automotrices, mineros y de ingeniería. Pero la relación continúa siendo asimétrica. Mientras India consolida su presencia empresarial en Chile, nuestra inserción en su mercado sigue siendo limitada.
Hay una realidad que conviene reconocer: en Delhi, Chile no se siente. Otros países latinoamericanos, como Perú y México, han comprendido la importancia de mantener una presencia activa y construir relaciones más allá de las transacciones comerciales. Chile, en cambio, todavía tiene pendiente traducir su reconocimiento de India como potencia en una estrategia sostenida de posicionamiento.
Por eso, la negociación del Acuerdo de Asociación Económica Integral (CEPA), cuyo cierre se proyecta para 2026, representa mucho más que un nuevo instrumento de liberalización comercial. Puede convertirse en un punto de inflexión para nuestra inserción internacional. Pero su verdadero valor dependerá de cómo decidamos utilizarlo. Si lo entendemos únicamente como una vía para exportar más, habremos aprovechado apenas una parte de su potencial. Si lo concebimos como una plataforma para atraer inversión, incorporar tecnología, desarrollar proveedores y abrir oportunidades para empresas chilenas, estaremos dando un paso hacia una relación estratégica de mayor profundidad.
Los minerales críticos ofrecen quizá el ejemplo más evidente. India necesita cobre, litio y molibdeno para fortalecer su electrificación, infraestructura y expansión manufacturera. Chile dispone de esos recursos, pero no puede conformarse con seguir siendo únicamente un proveedor de materias primas. La discusión relevante no es cuántas toneladas adicionales podemos vender, sino cuánto valor somos capaces de generar alrededor de ellas.
La asociación con India podría abrir espacios para procesamiento local, ingeniería especializada, investigación aplicada y formación técnica. No se trata de suponer que estas capacidades llegarán automáticamente con la inversión extranjera, sino de comprender que deben formar parte de una estrategia deliberada. Exportar recursos permite participar del comercio mundial; desarrollar capacidades permite transformar nuestra posición dentro de él.
La dimensión tecnológica ofrece oportunidades igualmente relevantes. India ha construido una industria competitiva en software, servicios digitales, inteligencia artificial y soluciones empresariales. Su experiencia demuestra cómo el conocimiento y el capital humano pueden convertirse en instrumentos de proyección económica internacional. Para Chile, profundizar esta relación podría significar nuevas oportunidades de cooperación empresarial, innovación y formación de talento, especialmente en sectores donde necesitamos avanzar en productividad y sofisticación tecnológica.
Existe, además, un ámbito menos habitual en nuestra discusión económica: la cooperación en defensa. India ha desarrollado capacidades en sistemas no tripulados, sensores, comunicaciones seguras, vigilancia marítima y plataformas autónomas. Chile ya cuenta con una experiencia concreta mediante el remolcador de alta mar ATF-65 Janequeo, construido en India y destinado a operar en condiciones particularmente exigentes. Esa experiencia permite mirar más allá de la adquisición de equipamiento y considerar posibles espacios de colaboración tecnológica, mantenimiento especializado y desarrollo de capacidades nacionales.
En un país con una extensa costa, infraestructura crítica y territorios australes de alta complejidad operativa, esta dimensión no debería entenderse como un asunto exclusivamente militar. También involucra innovación, conocimiento aplicado, protección de recursos estratégicos y respuesta ante emergencias. La cooperación en defensa puede ser otra expresión de una relación bilateral más amplia, siempre que exista claridad respecto de los intereses que Chile busca resguardar.
Lo que está en juego, por tanto, no es solamente cuánto podemos comerciar con India, sino qué lugar queremos ocupar en un mundo cada vez más fragmentado. La concentración de nuestras relaciones económicas y tecnológicas en un número reducido de actores supone vulnerabilidades que trascienden las fluctuaciones comerciales. Diversificar socios es también ampliar los márgenes de decisión de nuestra política exterior.
Chile no necesita reemplazar sus vínculos tradicionales ni asumir rivalidades ajenas. Necesita comprender que el nuevo escenario internacional exige pragmatismo, presencia y capacidad de anticipación. India ofrece una oportunidad para avanzar en esa dirección, pero ninguna potencia construirá por nosotros la estrategia de desarrollo que todavía tenemos pendiente.
India no reemplazará a China ni a Estados Unidos. Sin embargo, mirar a India, amplía. Y en tiempos de fragmentación, ampliar es protegerse. El desafío para Chile no es simplemente reconocer que India será cada vez más importante. Es decidir si queremos participar activamente en esa transformación o limitarnos a observar cómo otros países aprovechan las oportunidades que nosotros seguimos postergando.
Ello, porque las oportunidades estratégicas no desaparecen necesariamente cuando se dejan pasar. A veces, simplemente terminan siendo aprovechadas por otros.

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