A pesar de que el mundo atraviesa uno de sus momentos más convulsos en décadas -con conflictos abiertos, guerras comerciales, realineamientos geopolíticos y crisis migratorias-, los temas internacionales han brillado por su ausencia en el debate presidencial chileno. Esta omisión resulta aún más desconcertante cuando, en otros países, la política exterior y la integración en cadenas globales de valor son prioridades de Estado. Sin embargo, dentro del escaso espacio que se le ha dado en esta campaña, hay una propuesta que no deja de sorprender: salirse del Acuerdo de París.

Durante el siglo XX, Chile fue energéticamente pobre. No tuvimos carbón, gas ni petróleo en cantidades significativas. Siempre dependimos del exterior. Pero hoy, por primera vez, el mapa energético global juega a nuestro favor. Chile posee uno de los niveles más altos de radiación solar en el mundo -nuestro norte es literalmente un activo energético-, además de viento constante en el sur. A eso se suman nuestras abundantes reservas de cobre y litio, minerales esenciales para la transición energética global.

En otras palabras, mientras el mundo transita hacia una economía baja en carbono, nosotros tenemos los recursos que la hacen posible. Por ello, parece absurdo restarnos o atrasar la agenda global justo ahora…ahora que nos beneficia.  

Y esto no es una visión ambientalista. Países como Estados Unidos, China o Alemania no están liderando la transición energética por convicción moral, sino porque es rentable, sostenible y estratégico. Incluso Texas -históricamente símbolo republicano y cuna de la extracción de petróleo- es hoy el estado líder en generación renovable y capacidad de almacenamiento de baterías. La energía limpia es, simplemente, más barata y más segura.

Ahora bien, si el argumento económico no les resultas suficiente, pensemos entonces en seguridad. La independencia energética -algo que, en teoría, debiese estar entre las prioridades fundamentales de cualquier candidatura de derecha- por primera vez está al alcance de Chile. Podemos dejar de depender de las volatilidades del mercado internacional y del vaivén de los precios del petróleo y el gas. No tendríamos que cruzar los dedos cada invierno esperando que nuestros hermanos argentinos no nos cierren la llave del gas. Hoy tenemos la posibilidad real de ser soberanos en materia energética, gracias a nuestras propias capacidades renovables.

Y considerando sólo esos puntos -el potencial económico y la independencia estratégica- (sin siquiera entrar aún en el hecho de que Chile, según todos los pronósticos, será uno de los países más afectados por el cambio climático) ¿realmente conviene ser de los pocos países del mundo que decidan restarse de una agenda global que nos favorece? ¿Está eso alineado con los intereses del país?

Insistir en el negacionismo climático, más allá de ir contra toda la evidencia científica, es también un pésimo negocio para Chile. Porque en el nuevo mapa global, los países que se alinean con la transición energética son los que atraerán inversión, innovación y empleo. Entonces, no lo hagan por el planeta o por nuestros hijos, si no quieren. Háganlo por Chile. Por crecimiento, por empleos, por inversión, por seguridad.

Porque en el fondo, apostar por seguridad, desarrollo y autonomía… suena bastante a lo que la derecha siempre ha dicho buscar.

Ex jefe del Departamento Económico de la Embajada de Chile en Estados Unidos y partner de Geogig

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