Las elecciones del domingo 17 de agosto en Bolivia marcan un punto de inflexión en la historia política reciente de ese país. Tras dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) y de la figura de Evo Morales, se abre un nuevo escenario que no sólo refleja el agotamiento ciudadano frente a un modelo, sino también el regreso de la tradición republicana como posible horizonte político.
El ciclo inaugurado por Morales y el Estado Plurinacional pretendió inscribirse en la ola de refundaciones progresistas de inicios de siglo, acompañado de lo que se conoce como Neo Constitucionalismo Latinoamericano, impulsado fuertemente por el exvicepresidente García Linera. Constitucionalismo transformador en que Bolivia se presentó como vanguardista en la construcción de un nuevo pacto social. Sin embargo, la experiencia mostró que esa ampliación de derechos y la lógica identitaria no estuvo acompañada de una institucionalidad sólida que asegurara límites al poder, equilibrio de fuerzas y respeto a la alternancia democrática. La deriva del plurinacionalismo terminó por desbordarse en caudillismo, corrupción y polarización.
Frente a dicho escenario, el triunfo del candidato demócrata cristiano Rodrigo Paz Pereira, en contraposición al histórico Jorge Quiroga Ramírez, expresa precisamente la voluntad ciudadana de cerrar ese ciclo y apostar por una salida institucional. La decisión mayoritaria del país deja entrever un giro político profundo: la población boliviana ha dejado de priorizar los discursos refundacionales e identitarios para poner en el centro las demandas de gobernabilidad, reconciliación y recuperación económica.
La experiencia boliviana resuena también en Chile, donde el primer proceso constitucional reciente, dominado por la promesa de una Constitución plurinacional, feminista y ecológica, naufragó en el plebiscito al no generar un relato compartido que convocara a la mayoría. Ese fracaso dejó en evidencia que los proyectos refundacionales, por muy ambiciosos en su lenguaje de derechos, terminan alejándose de la ciudadanía cuando no logran traducirse en certezas republicanas ni en un marco común de estabilidad.
Así, lo significativo es que Bolivia, tras años de confrontación y crisis, logra encauzar sus tensiones en un proceso electoral validado internacionalmente. En ello hay una lección clara para la región: América Latina no necesita nuevas refundaciones, sino el fortalecimiento de la república, con instituciones que limiten el poder y garanticen la convivencia democrática. La tradición republicana, más que los experimentos plurinacionales, es la que permite a los pueblos enfrentar sus crisis sin caer en la tentación autoritaria ni en el espejismo de proyectos que prometen todo y no consolidan nada.

Esta es una mera y simplona lectura democratoide, que no está compenetrada de la complejidad sociocultural-sociopolitica de Bolivia, que si bien, por un lado, tiene una gran población indígena, ésta es heterogénea, compuesta por una diversidad de etnias, que coexisten con una gran población mestiza acriollada y, por el otro lado, está el hecho irrefutable que Bolivia se constituye como tal como una república hispanoamericana, emancipada como efecto de la decadencia y desarticulación del Imperio Español (y no como una emanación indigenista de las etnias amerindias que existían desde antes de la Hispanidad). La pretensión espúrea de desarmar el estado nacional boliviano con la ilusión de una plurinacionalidad condujo, ciertamente, a la irrupción de caudillismos particularistas que no tenían el bien común como su norte, pero si se quiere dar a Bolivia una estabilidad no se puede dejar dar una representación institucional a toda la diversidad étnica boliviana dentro de las estructuras políticas de un estado nacional unitario (que debe ser fuerte y centralizado para contrapesar la natural fuerza centrífuga de la misma diversidad). PBBC.