Se acerca el momento en que José Antonio Kast asuma la presidencia de la República y, por lo tanto, el momento en que deba comenzar a adoptar sus principales decisiones. Muchas elucubraciones se han tejido a propósito de sus últimas declaraciones y, por supuesto, a propósito de los nombres de quienes integrarán su primer gabinete. Pero, lo que de verdad va a definir el perfil del nuevo gobierno son esas decisiones con las que comenzará su período. Ellas van a mostrar el carácter que este reviste.

Entre esas decisiones hay una de la máxima importancia y que debe ser adoptada con la máxima premura: la suerte de los condenados por actos sucedidos durante el gobierno militar. Es decir, condenados por hechos que sucedieron por lo menos con 35 años de anterioridad, cuando no con 50 años y más. Se trata de exmilitares y uniformados que superan los 75 años de edad, habiendo algunos que han sobrepasado ya los 90 años. Muchos, por lo demás, fallecieron estando en prisión en Punta Peuco, Colina I y otros penales.

Lo grave es que detrás de muchas de esas condenas hay más de venganza que de justicia y, por eso, es máxima la urgencia con la que deben ser revisadas. Sobre todo, cuando se tiene a la vista las sentencias definitivas que absolvieron hace poco tiempo al comandante Claudio Crespo y al cabo Zamora, ambos de Carabineros. ¿Cuántos casos similares habrá entre los condenados de esos presidios? En esas sentencias absolutorias que mencionamos, el análisis de las circunstancias fue fundamental para demostrar la inocencia de los acusados. En el caso de los que yacen ya condenados, las sentencias que los afectaron pocas veces tuvieron en cuenta las circunstancias en que los presuntos delitos fueron cometidos. Por ejemplo, ¿Hay alguna sentencia que haya considerado entre esas circunstancias al Acuerdo del Partido Socialista adoptado en Chillán en 1967? Este Acuerdo señala: “La violencia revolucionaria es inevitable y legítima… Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento…”.

La pregunta es inevitable: ¿Cómo no prepararse militarmente para hacer frente a esta amenaza? Chile vivió un período durante el cual estuvo a punto de ser ahogado por una política que sólo buscaba su destrucción. Contra ella que, de acuerdo al texto recién citado, se armaba militarmente para ejecutar sus designios, el país llamó a sus Fuerzas Armadas y de Orden para que detuvieran esas amenazas y así poder retomar un camino de orden, de paz y de progreso. Se llamó a las Fuerzas Armadas para que resolvieran el conflicto enfrentando con sus armas a quienes, desde el poder político, amenazaban a Chile con sus propias armas. Pero el uso de armas siempre conlleva riesgos muy duros, como los que se hicieron presentes durante los años del régimen militar.

La culpabilidad fundamental no es, por lo tanto, de los militares sino de quienes hicieron indispensable su acción y que, por lo tanto, obligaron a poner las armas en ejercicio. Estos últimos, sin embargo, han podido pasearse libremente durante años y sacar enorme provecho de la situación de gran crecimiento en que quedó el país al terminar los militares su gobierno.

Hoy, no se trata de volver atrás y salir a perseguir a esos que son los verdaderos culpables de lo que sucedió en nuestra patria. Hoy se trata de cerrar definitivamente un período de nuestra historia y, por supuesto, de tenerlo como punto de referencia para no volver a repetirlo.

Para esto es fundamental poner término a la situación de quienes pagan la cuenta de otros que fueron los mayores responsables. Y, para eso, una amnistía total a los sucesos acaecidos en el período del gobierno militar es lo que corresponde. Es de esperar que el nuevo gobierno inicie sin dilación el camino que a ella conduzca. La paz pública y la vocación de futuro así lo exigen.

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3 Comments

  1. Sería lo ideal. Pero como muy bien debe saber el autor, que es abogado, una amnistía requiere ley y la ley requiere ser aprobada en ambas Cámaras. Me imagino que habrá revisado la correlación de fuerzas, sobre todo en el Senado. Un sueño es distinto a un proyecto, los separa la REALIDAD

  2. Concuerdo con el autor en que la amnistía podría dar una solución definitiva y justa al problema, más todavía si es presentada por el Ejecutivo y aprobada en el Congreso. Por difícil o cuesta arriba que se vea el camino, aprecio que ya es hora que se haga; no es justo como, tantos años después, se ha venido juzgando y condenando a militares y policías sin considerar las circunstancias y además, empleando un sistema procesal desechado para el resto de las causa por poco ecuánime y obsoleto.

  3. Chile y los chilenos deberían estar agradecidos de los militares que evitaron una guerra civil, que nuestra patria cayera bajo el yugo de una tiranía comunista y que —con la cooperación de distinguidos profesionales civiles— reconstruyeron la economía y restablecieron la democracia, el orden y el Estado de derecho que habían sido destruidos por Salvador Allende y el gobierno de la Unidad Popular; y que entregaron a los nuevos gobernantes un país en pleno auge, cuyo estado floreciente nadie discutía.
    Lamentablemente, los militares han recibido “el pago de Chile”. La sociedad chilena y la élite política, económica y social han dado sistemáticamente la espalda a quienes prestaron tan invaluables servicios. La mayoría espera que sigan muriendo ancianos, enfermos, agonizando y en la más completa indefensión; lo que constituye una vergüenza y una traición.
    Increíblemente, habiendo transcurrido más de cincuenta años desde el desastre de la Unidad Popular, el odio sembrado en esos años sigue prevaleciendo.
    El odio y la búsqueda de venganza no ayudan a la reconstrucción del tejido social y a lograr la necesaria unidad nacional.
    Deberíamos aprender la lección que nos diera el almirante Jorge Montt Álvarez quien, como presidente de la República y con gran prudencia política, dictó cuatro leyes de amnistía al término de la dramática y sangrienta Guerra Civil de 1891; una vía de reconciliación política con la que dicha guerra fue clausurada jurídicamente.
    Adolfo Paúl Latorre
    Abogado
    Magíster en ciencia política

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