La política no es pródiga en actitudes de honesta transparencia. Ejemplos como el muy reciente de la Primera Ministra de Nueva Zelanda Jacinda Ardern, que dejó su cargo argumentando que ya no tenía la energía suficiente para continuar con su labor, sobresalen justamente por ser escasos, raros. La norma, más bien, es la de hombres y mujeres empujándose y zancadilleándose para alcanzar posiciones que no siempre les corresponden y aferrándose a ellas sin concesiones ni pudores.

Tampoco la política suele regalarnos momentos en que la persona exacta pueda llegar a ocupar el lugar preciso que el momento demanda. Churchill, asumiendo la dirección de su país ante la inminente invasión alemana en 1940 y conduciéndolo luego a la victoria junto a los aliados que él mismo supo atraer, constituye también un momento que se destaca por su singularidad.

Cristián Warnken es uno de esos raros casos de un hombre que surgió en el momento adecuado para cumplir una función necesaria. Warnken, desde hace décadas, es uno de los intelectuales chilenos más prestigiados. Sus entrevistas y conversaciones han iluminado, por años, parajes de nuestro espíritu que de otro modo habrían quedado sumidos en la opacidad de una ramplonería cultural dominada por matinales y reality shows. Ese era su lugar, sin duda, y sin embargo debió salir de él cuando la ramplonería se convirtió en resentimiento y éste en ira y adoptó el nombre de estallido social.

Y salió de su lugar natural para convertirse en líder del reclamo inteligente y la protesta pacífica. Lo hizo cuando ese “estallido” arrastró a nuestros políticos a renunciar a sus deberes con la democracia y a aceptar la posibilidad de que esa minoría, la que se manifestaba en las calles, pudiese darnos una Constitución que la mayoría no deseaba.

Fue necesario un hombre lejano a la política, no enterado de sus usos secretos, de sus acuerdos no firmados ni publicados, de su práctica cotidiana del cinismo, para oponerse, como hizo Warnken, a algo que parecía una ola incontenible. Aquella que llevó a políticos curtidos a rendirse ante la que llamaron “voz de la calle” y a convertirse en comparsas de matinales de televisión.

Sólo alguien que parecía venir de lejos, aunque hubiese estado con nosotros todo el tiempo, pudo sostener que la verdad es un valor superior que no debe rendir pleitesía ni a la violencia callejera ni al epíteto rencoroso de intelectuales o políticos de ocasión. Sólo alguien que nos había estado hablando por años de la belleza de pensar, pudo convertir un insulto que se solía gritar con odio y amargura, en un signo de honor, en el emblema de un movimiento social, primero, y de un partido político luego: “Amarillos”.  

Ahora que su partido se encuentra en trance de alcanzar el registro legal, Warnken nos ofrece el nuevo ejemplo de un gesto que es una rareza en política: el de la honesta transparencia. Cumplida la misión que él mismo se había impuesto, ha anunciado que no postulará a la presidencia del nuevo partido. Que ha elegido volver a ser el que era, el que en realidad nunca ha dejado de ser: que seguirá iluminando esos parajes de nuestro espíritu con el diálogo y la pedagogía.

Afortunadamente ni su partido ni la política chilena lo perderán, pues cualquiera que sea la posición que ocupe en el futuro, seguramente seguirá siendo el intelectual inteligente que aporta una sensibilidad nueva al diálogo y a la acción política.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.