Una columna publicada recientemente, bajo la firma de -mi colega- Pablo Halpern, hizo referencia a la voz pública que han ido adquiriendo los empresarios, con frecuencia a través de instancias corporativas de sus propias compañías. Concluía el autor que, aún pudiendo diferir del contenido de esas posiciones, se podría convenir que resulta de interés saber qué piensan. Los tiempos del silencio empresarial, vigente hasta tiempos relativamente recientes, habrían pasado a mejor vida.
Las afirmaciones de Halpern son ciertas, constatan documentadamente la realidad. Y ésta parece obedecer a la indesmentible preminencia que las entidades de negocios han llegado a tener en el mundo contemporáneo, donde Chile no es la excepción. La actual centralidad social de la empresa y, por lo tanto, de sus directivos, es un hecho incontestable.
Al respecto, ya en 1980 (Empresa Privada) y haciendo gala de su característica visión de futuro, el político y empresario Pedro Ibáñez Ojeda hacía notar que si se tenía en consideración la incontrastable gravitación social que habían alcanzado las empresas resultaba evidente la necesidad de que sus dueños salieran al ruedo público, al tiempo que orientaran sus actuaciones conforme a una escala de valores muchísimo más alta que las que motivaron a sus predecesores comerciantes.
Señalaba que “los empresarios de hoy satisfacen importantísimas necesidades colectivas, o crean otras nuevas, hacen surgir o desaparecer fuentes de empleo, o desplazan el progreso material hacia determinadas regiones…”. Dado que tan importantes mutaciones sociales se deben a la acción de ciertos y determinados hombres -los empresarios-, añadía, “la sociedad no les regatearía su adhesión y su respeto si les viese interesados, además, en los anhelos más sentidos de la colectividad, o participando de sus preocupaciones profundas o en sus luchas decisivas”. En fin, la situación descrita, sostenía, debería inducir a los hombres (y mujeres agregaríamos hoy) de empresa a participar sin temor y adoptar posiciones decididas y claras frente a los desafíos en que se debate la sociedad.
Anticipándose a los tiempos, Ibáñez argumentaba que el respeto y el respaldo públicos capaces de disipar los recelos y sospechas que rodean a los empresarios sólo se alcanzarán cuando habiendo adquirido plena conciencia de su importancia en la sociedad, participen activamente en los asuntos públicos con la elevación a que ella los obliga; cuando enfoquen los problemas económicos al margen de su perspectiva personal, por legítima que sea; cuando se ocupen de los problemas políticos con el conocimiento y el rigor con que abordan sus problemas empresariales; cuando comprendan y acepten que la grandeza de las empresas consiste en ser medios eficaces al servicio de finalidades más relevantes que ellas mismas.
El tema es crucial, a la vez que complejo; entre otras razones, porque desafía los límites históricamente aceptados entre lo que se han considerado los ámbitos de lo privado y lo público. Para segundo pensamiento.
*Álvaro Pezoa Bissières – Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School
