Al cumplirse seis años de una de las mayores catástrofes sociales de nuestro país, es necesario hablar con claridad. Lo que ocurrió el 18 de octubre de 2019 no fue un simple estallido social. Fue una explosión de violencia, destrucción y odio que dejó cicatrices profundas en la vida de millones de chilenos. Detrás de las legítimas demandas por mayor justicia e igualdad, se escondieron grupos que hicieron de la violencia su bandera, usando las necesidades del pueblo como excusa para incendiar, destruir y dividir.
Durante esos días y los meses que siguieron, vimos cómo se atacaron instituciones, se quemaron iglesias, se arrasaron pequeños comercios y se puso en jaque la seguridad y la estabilidad del país. Lo que se presentó como una “revolución social” terminó siendo, en muchos casos, una insurrección ideológica que intentó desmantelar el orden y la convivencia que tanto nos costó construir.
Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, debemos atrevernos a decirlo sin miedo: la violencia nunca es un camino legítimo para alcanzar justicia. Ninguna causa, por noble que parezca, justifica el caos ni la impunidad. Chile necesita aprender de ese error, recuperar el respeto por la autoridad, fortalecer sus instituciones y volver a poner la seguridad y el orden al centro de la vida nacional.
El 18 de octubre debe ser recordado no como una gesta heroica, sino como una advertencia de lo que ocurre cuando se normaliza la violencia y se cede ante la intolerancia. Porque sin paz, sin respeto y sin orden, no hay justicia posible.

Exacto
Exactamente. No debemos olvidar y tampoco podemos volver a permitir que se corran los límites de lo aceptable en una sociedad. La violencia no es aceptable y punto.
Exactamente así es!!