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Publicado el 26 de noviembre, 2020

Urdiendo la trama del arte y los talleres

Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo Gabriel Carvajal

Visitar los talleres de artistas es de las mejores experiencias sensoriales, es entrar en sus “mundos privados“ para acercarnos y -en lo posible- llegar a entender los procesos creativos. 

Gabriel Carvajal Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo

Me envió vía Whatsapp mi amiga Inés Lackington, que siempre me comparte y nutre con videos relacionados con la cultura y el arte, uno de la escritora e investigadora española Irene Vallejos. En él relata que mientras investigaba para su libro “El infinito en un junco”, una de las partes que más le apasionó y llamó la atención fue la búsqueda de huellas de mujeres en la historia de los libros y la lectura, en cuanto han sido un eslabón demasiado importante en la educación y transmisión de conocimientos. A mí lo que me atrajo de su relato -y me conectó con lo que les describo más adelante- es que cuenta que quizás las primeras narradoras, las más antiguas, que compartían historias, lo hacían mientras cosían, llamándole la atención -y a mí- cómo términos propios de la costura permearon el lenguaje narrativo. Que se hable del nudo de una historia, del hilo del relato, de bordar un discurso, de urdir una trama, obviamente no es casualidad. Esa asociación de la manualidad -en este caso grupal- con la transmisión de conocimientos, de historias, de cuentos, de cultura finalmente, también me lleva a pensar en lo importante que es el trabajo en equipo, la generosidad y colaboración.

Hace dos semanas visité -acompañado de mi también amiga, coleccionista y compañera de periplos artísticos, Geraldín Compton, de ahora en adelante, la “Gigin”- el Taller León, en la calle Seminario. Emblemático lugar por donde han pasado muchos y variados artistas residentes; ahí conocí en su inicios -hace algunos años- a los ahora consagrados Cristóbal Cea, Constanza Alarcón, y Claudia Bitrán, entre otros tantos, siendo el más icónico del lugar José Pedro Godoy. Esta vez íbamos a ver específicamente los trabajos que tiene en venta Camila Pino Gay -representada por galería NAC- que a fin de mes se va a vivir -feliz recién casada- a México.

La experiencia en esta oportunidad tuvo algo de magia que me conecta con las mujeres bordadoras de otras épocas. Llegamos a media mañana y, traspasando las puertas de entrada, uno se interna en un lugar lleno de luz, un entorno blanco, plácido, tranquilo, sin noción de la gran altura, pero muy contenido, como dentro de una burbuja de ensueños; el ruidoso y ajetreado exterior desaparece de la mente en un abrir y cerrar de rejas y mamparas.

Por un amplio y corto pasillo se llega a una primera “apertura espacial” donde había una gran mesa con tres o cuatro pequeñas esculturas de porcelana dispuestas encima -una de Rosario Perriello, que representaba una casita entre las ramas de un árbol, y dos, más abstractas, de Gaspar Álvarez, por supuesto blancas.

Seguimos el recorrido y llegamos al segundo hall, mucho más grande y rodeado de varias puertas en su perímetro, de los distintos talleres; al fondo un gran muro de ventanas vidriadas en formato de pequeños cuadrados a modo de galería, por donde se dejaba ver un jardín lleno de luminosos y variados verdes primaverales. Pero la visión mas impactante era que al medio de este enorme espacio lleno de pacífica luz incolora, había un grupo de mujeres alrededor a una pequeña mesa rectangular de madera -como las de las cocinas antiguas de campo-. Eran todas artistas -conocidas- modelando cada una con sus diestras manos la masa de la porcelana. Unas sentadas, otras de pie o semi inclinadas, jugando inconscientemente con los distintos niveles de la magistral composición de la escena. Ninguna se distrajo, ninguna paró de hacer lo que hacía, se veían prolijas y a la vez felices en su trabajo, ¡¡¡eran los personajes de una pintura del barroco del S. XVII!!! A pesar de su concentración, nos vieron y saludaron con alegría y risas, provocadas -al preguntar que hacían- en picaresca e ingenua relación con la forma que iban dando a su material de modelaje, específicamente una de ellas, la gran Malú Stewart, que iba dándole forma a una especie de “picoroco”, que fue el motivo y origen de las bromas… Lástima que no dejé registro fotográfico del momento, o quizás fue mejor… tal vez no me hubiese movido a tratar de transmitir ese momento tan lúdico, básico, conectado a la tan importante manualidad, ¡más si es grupal y con mujeres! Estoy seguro que el mismo clima no se hubiera generado solo con hombres… esa complicidad y confraternidad femenina es propia del género.

El arte también es eso, es trasmisión, es hermandad, es alegría y conexión. La acción de crear es tan importante como el resultado en sí, se generan lazos. La vida de los talleres es un mundo aparte, más si tomamos en cuenta que dentro conviven personas que son seres especiales, elegidos, sensibles y “atentos” al devenir, la contingencia, al momento. Es imposible pensar que en esos lugares compartidos no se dé una energía particular, vital y con visión de futuro.

Visitar los talleres de artistas es de las mejores experiencias sensoriales, es entrar en sus “mundos privados”, para acercarnos y -en lo posible- llegar a entender los procesos creativos. Es meterse “dentro” del arte, hacerse espectador y en este caso en particular -con personajes de carne y hueso- de una representación pictórica del barroco -como podría haber sido una pintura intimista del pintor alemán Vermeer o el español Velázquez- visión que se me hizo realidad en la visita al Taller León.

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