Hay pocas experiencias más desconcertantes que asistir por primera vez a una ópera. Los personajes, en lugar de conversar, cantan. Si alguien recibe una puñalada mortal, en vez de llamar a una ambulancia, aprovecha sus últimos minutos para interpretar un aria. Y cuando dos personas discuten, pueden cantar simultáneamente cosas completamente distintas, sin que ninguna parezca escuchar a la otra.
Lo verdaderamente sorprendente es que el resultado puede ser sublime.
¿A quién se le ocurrió semejante disparate?
Antes de responder, debo hacer una confesión que podría resultar contraproducente para el propósito de estas columnas: pertenezco a la Fundación Richard Wagner de Chile. Esto significa que no solamente disfruto de la ópera, sino que soy capaz de permanecer sentado durante cinco horas escuchando cómo dioses, gigantes y enanos discuten por un anillo. Comprenderán, entonces, que mi intención no es convertirlos inmediatamente en wagnerianos. Sería una manera bastante eficaz de espantarlos.
Mi propósito es mucho más modesto: invitarlos a descubrir una de las manifestaciones artísticas más extraordinarias que ha creado el ser humano. Y demostrarles que, para disfrutarla, no hace falta saber música, hablar italiano ni poseer una resistencia física fuera de lo común.
Pero volvamos a nuestra pregunta…
Un invento nacido de una equivocación
Para encontrar a los responsables debemos viajar a Florencia, a fines del siglo XVI.
Un grupo de intelectuales, músicos y aristócratas, conocido como la Camerata Florentina, se había propuesto recuperar la forma en que los antiguos griegos representaban sus tragedias. Estaban convencidos de que buena parte de aquellas obras se cantaba y querían reconstruir esa experiencia.
Había, sin embargo, un pequeño inconveniente: nadie sabía realmente cómo sonaba la música del teatro griego.
Lejos de desanimarse, decidieron inventarla.
Entre los participantes de aquellas discusiones figuraba Vincenzo Galilei, padre de Galileo, quien por esos mismos años comenzaba a cuestionar otras ideas heredadas de la Antigüedad. Una familia bastante poco dispuesta a aceptar que las cosas debían seguir haciéndose como siempre.
El resultado de aquellos experimentos fue Dafne, compuesta por Jacopo Peri hacia 1597 y considerada generalmente la primera ópera de la historia. Lamentablemente, su música se ha perdido casi por completo. La siguiente, Euridice, estrenada en 1600, ha llegado hasta nosotros.
Pero fue Claudio Monteverdi quien, en 1607, con L’Orfeo, transformaría aquel experimento intelectual en una verdadera obra de arte. Monteverdi comprendió algo fundamental: la música podía expresar sentimientos que las palabras, por sí solas, eran incapaces de transmitir. El amor, los celos, la desesperación, la alegría y el dolor adquirieron una dimensión completamente nueva. Había nacido un espectáculo que reunía música, teatro, poesía y, progresivamente, escenografía y danza.
Lo curioso es que sus inventores creían estar resucitando una tradición de dos mil años de antigüedad. En realidad, estaban creando algo enteramente nuevo.
Un espectáculo que lleva cuatro siglos muriéndose
Hace algunos meses, el joven actor Timothée Chalamet, cuyo nombre resulta bastante más difícil de pronunciar que el de Verdi, provocó una considerable polémica al afirmar que la ópera y el ballet eran manifestaciones artísticas que ya no le interesaban a nadie. La reacción de los principales teatros del mundo fue inmediata.
Personalmente, no creo que debamos indignarnos demasiado. La ópera lleva más de cuatrocientos años sobreviviendo a guerras, revoluciones, crisis económicas y, lo que probablemente sea más peligroso, a algunos directores de escena empeñados en mejorar las intenciones originales de los compositores. Es bastante probable que también sobreviva al señor Chalamet.
Y, por cierto, las cifras tampoco parecen darle la razón. Los grandes teatros de ópera siguen convocando a cientos de miles de espectadores cada temporada, mientras sus producciones llegan a públicos de todo el mundo mediante transmisiones cinematográficas. En una próxima columna examinaremos esas cifras, que seguramente sorprenderían al joven actor.
¿Y por dónde comenzar?
Quienes vivimos en Santiago tenemos la fortuna de contar con el Teatro Municipal, pero las oportunidades de disfrutar de la ópera no se agotan allí. Existen otras salas que presentan espectáculos líricos, transmisiones de grandes producciones del Metropolitan Opera de Nueva York y de la Royal Opera de Londres, y la posibilidad de cruzar la cordillera para asistir al magnífico Teatro Colón de Buenos Aires.
Eso sí, permítanme una primera recomendación: no todas las óperas son igualmente apropiadas para una primera experiencia. Así como no recomendaría comenzar a conocer la literatura rusa leyendo de una sola vez Los hermanos Karamázov, tampoco sugeriría iniciarse en la ópera con una de las obras más exigentes de Richard Strauss.
Carmen, La traviata, La bohème o Las bodas de Fígaro son puertas de entrada mucho más acogedoras. Tendremos oportunidad de conocerlas.
Y también aprenderemos algunas reglas no escritas: cuándo aplaudir, cómo prepararse para una función y qué pensar cuando el director de escena decide que una ópera ambientada en el antiguo Egipto debe transcurrir en una estación de metro.
Durante los próximos meses recorreremos cuatro siglos de historias extraordinarias. Conoceremos compositores geniales y otros bastante menos admirables; cantantes que provocaban verdaderos tumultos; empresarios que se arruinaban financiando espectáculos; y personajes que siguen emocionándonos aunque sepamos perfectamente cómo terminarán sus historias.
Porque esa es, quizás, la mayor magia de la ópera: sabemos que Carmen morirá, que Violetta no sobrevivirá a su enfermedad y que Don Giovanni terminará en el infierno. Y, sin embargo, seguimos esperando que esta vez las cosas sean diferentes.
Por ahora, quedémonos con una última curiosidad: la ópera nació como un entretenimiento reservado a príncipes y aristócratas. Pero los italianos pronto descubrieron que había algo mucho más interesante que hacer con ella: vender entradas.
Y entonces comenzó la verdadera revolución.
Continuará.
