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Publicado el 30 de septiembre, 2015

Gran Hotel: Adicción con recetas de la era “pre Booking.com”

Es una serie que, para los fanáticos del género, vale la pena ver. No solo porque logra recrear bien una época de la historia, porque entretiene y porque uno se encariña con sus personajes. También porque uno de sus méritos es que, tal como los cuentos infantiles, vuelve a rescatar el placer de escuchar una historia bien contada aun cuando sepamos cómo va a terminar.

Gran Hotel es algo así como una antiserie; si se le compara con otras grandes producciones actuales de este género. A ratos parece que más bien responde a códigos de los años 80 (cuando no existía Booking.com para hacer reservas hoteleras) en términos de producciones televisivas, y sin embargo tiene el tremendo mérito de haber traspasado las fronteras de España para ser exportada por televisión abierta a varios países de América y Europa, incluyendo Rusia. También a todo el mundo, a través de Netflix. Porque a pesar de no ser una obra maestra, Gran Hotel logra lo que las buenas series producen: ser adictiva y captar la atención de su audiencia en los más de 60 capítulos que contemplan sus tres temporadas.

La historia se inicia cuando el joven Julio Olmedo (Yon González) llega a un lujoso hotel situado en medio de la campiña española, para investigar la misteriosa desaparición de su hermana. Olmedo se hace pasar por camarero, y con ello pasa a formar parte de los sucesos que comienzan a develar las intrigas, asesinatos y mentiras escondidas en las paredes del elegante edificio. De paso, se enamora de la hija de Doña Teresa Alarcón (Adriana Ozores), propietaria del hotel, lo que genera nuevas situaciones de tensión y peligro que permiten poner la diferencia de clase como una de las temáticas importantes que atraviesa el desarrollo de la serie.

Ambientada en los primeros años de 1900, la trama de esta historia ocurre mayoritariamente en el mencionado hotel, cuyo escenario elegido corresponde al Real Palacio de La Magdalena, ubicado en Santander, España, que fue construido entre 1909 y 1911 para albergar a la familia real española.

No hay duda que los aspectos técnicos de la producción son parte de sus activos. La decoración, el vestuario, la fotografía, la iluminación reflejan el minucioso cuidado que se puso en estos elementos desde el primer capítulo. También en la recreación de algunos episodios históricos, como el inicio de la luz eléctrica, o en cómo se realizaban algunas labores domésticas. Y el escenario imponente del Palacio de la Magdalena aporta a que la recreación de la época se vea real y convincente.

No se advierte, sin embargo, el mismo cuidado con el guión y con la construcción de personajes. Con frecuencia es posible encontrar escenas predecibles y poco verosímiles que evocan el estilo ochentero de series como Mc Gyver, Los Angeles de Charlie o La Reportera del Crimen, donde era fácil intuir qué es lo que iba a pasar y cómo terminaría el capítulo.

En Gran Hotel hay bastante de eso. Ya en el primer capítulo resulta poco creíble cómo Julio logra integrarse como camarero estable de un hotel del lujo, engañando tan fácilmente a la gobernanta y el maitre, que son el ejemplo de la perfección en cuanto al desarrollo de sus tareas.  Este tipo de situaciones poco reales se convierte en la tónica de la serie. Particularmente en la primera temporada. Aparece con cada asesinato, con las escapadas de Julio y Alicia y con otros momentos que el telespectador observa sin el nerviosismo que logran generar las series de suspenso. Lo que va ocurriendo es fácil de adelantar y los lugares comunes se repiten con frecuencia.

Que la persona inocente tome el arma homicida justo cuando viene entrando el detective a cargo de la investigación, es solo un ejemplo de ello.

Con los personajes pasa algo parecido. Parecen inspirados más en un cuento de hadas que en personas del mundo real. Porque los buenos son buenos-buenos y los malos son malos-malos. No hay matices, o muy pocos. Quizás por eso uno de los personajes más convincentes resulta ser la gobernanta (Concha Velasco), una mujer que ha dedicado su vida entera al Gran Hotel, y que se va develando de a poco, a medida que transcurren los capítulos.

Con todo, hay cierto encanto en esta construcción algo caricaturizada de los personajes, que logra producir apego a medida que avanzan los capítulos, especialmente con aquellos que se van delineado más fuertemente hacia el final, como ocurre con el inspector Ayala y con Javier Alarcón. Por otro lado, los numerosos giros dramáticos que va tomando la serie, y muy especialmente en la tercera temporada, logran aportar agilidad, compensando en gran medida lo predecible del guión.

En síntesis, Gran Hotel es una serie que, para los fanáticos del género, vale la pena ver. No solo porque logra recrear bien una época de la historia, porque entretiene y porque uno se encariña con sus personajes. También porque uno de sus méritos es que, tal como los cuentos infantiles, vuelve a rescatar el placer de escuchar una historia bien contada aun cuando sepamos cómo va a terminar.

 

Por Paulina del Campo, periodista.

 

Gran Hotel

Temporadas: 3
Capítulos: 66
Creadores: Ramón Campos y Gema R. Neira
Dónde verla: Netflix
Calificación en IMDb: 8,4
Trailer:

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