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Publicado el 17 de junio, 2021

“After Life”: Una comedia negra para enfrentar la pérdida

Novelista, Analista internacional Sascha Hannig

Una serie que invita a reflexionar sobre cómo valoramos la vida, y que muestra aquel estado de transición dolorosa que deja la pérdida. Con dos temporadas dotadas de humor negro y diálogos inteligentes, esta entrega puede ser terapéutica o abrir nuestras más profundas sensibilidades.

 

Sascha Hannig Novelista, Analista internacional

La muerte de un ser querido a menudo nos deja vulnerables y, lamentablemente, la pandemia ha llevado a miles a enfrentar pérdidas inesperadas y trágicas. Para colmo, por mucho que uno esté sufriendo, el mundo sigue girando, y la naturalidad en otras personas es un recordatorio permanente de que tarde o temprano tendremos que superar el luto. After Life (Netflix, 2019) es una serie que invita a reflexionar sobre cómo valoramos la vida, y que muestra aquel estado de transición dolorosa que deja la pérdida. Con dos temporadas dotadas de humor negro y diálogos inteligentes, esta entrega puede ser terapéutica o abrir nuestras más profundas sensibilidades.

El final es el inicio

After Life fue creada y protagonizada por el británico Ricky Gervais, quien se jacta de haberse reído “de todo Hollywood” en sus presentaciones de los Golden Globes. La serie comienza, precisamente, con una la tragedia: el personaje principal, Tony, pierde a su esposa debido a un cáncer de mama. Sin más familia que su padre (que sufre de Alzheimer), la depresión lo consume y considera el suicidio para escapar de su tristeza. Estos primeros minutos de la serie logran posicionar a Tony frente a un futuro poco auspicioso y del que no tiene control alguno. Sin embargo, en parte por miedo y en parte por la responsabilidad que siente por su padre y su perro, decide seguir viviendo y cambiar su relación con el mundo.

En una serie predecible, este sería el minuto en que el personaje principal se vuelve generoso y considerado, en busca de honrar la memoria de su esposa. Pero Tony se compromete a tratar al mundo tan mal como él se siente, y no volver a preocuparse por lo que el resto piensa, espera o demanda de él. En consecuencia, dice lo que quiere, hace lo que quiere y se limita a cumplir solo sus tres responsabilidades más básicas: cuidar a su mascota, ir a trabajar las horas mínimas al periódico local del pueblo (ficticio) de Tambury y visitar el asilo de ancianos donde está su padre.

Por supuesto, esta actitud amarga produce roces inmediatos con quienes lo rodean, tanto quienes lo conocen como quienes se cruzan en su rutina: su psiquiatra negligente, su cartero, el fotógrafo del diario y hasta sus amigos. Tony nota entonces que es muy difícil para él ser desconsiderado cuando todos a su alrededor tratan de hacerlo sentir mejor por el luto, o simplemente convertirlo en una mejor persona.

Lo moral y lo religioso

Más allá de las risas culposas del humor negro, la serie presenta conflictos morales como la empatía forzada, las etapas del luto (y su egoísmo) o la diferencia entre lo religioso y lo moral en el actuar humano.

El primero de estos temas, la empatía forzada, se retrata en el ambiente laboral de Tony. Su jefe y yerno, quien ha perdido a su hermana, trata de ser considerado para que este “retorne a la normalidad”, ignorando la idea de que el viudo simplemente no quiere o no cree que podrá sentirse mejor en el futuro. Tony ve una y otra vez los videos que su esposa le ha dejado en su lecho de muerte, y siente que sólo sufriendo su pérdida logra estar cerca de ella.

Eso lleva al segundo punto, el egoísmo de Tony. Es decir, cómo su dolor lo ciega de cualquier problema que pudieran tener los demás. Es desde esta perspectiva que el reportero realmente tiene un espacio para crecer e incorporar a otros en su vida, con acciones tan pequeñas como dar un consejo o tenerle paciencia a sus compañeros de trabajo.

Finalmente, es interesante como el título de la serie (“La vida después”) hace alusión a un simbolismo religioso, pero lo niega directamente. Gervais lleva su propia filosofía (una suerte de ateísmo moral) a la pantalla. Tony no cree en dios y eso es quizá lo que más le duele de la muerte: pensar o estar convencido de que no hay nada después. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo obliga a hacer “lo correcto” al final del día. Tony discrimina a todos por sus acciones y sus formas de presentarse al mundo, no por “quienes son” o las condiciones de su entorno.

Al final, esa forma de ver la vida, que tanto le asusta y le duele, lo obliga a ser considerado con su paso por el mundo, y da pie a conversaciones muy interesantes, que no se esperarían de un ser tan apático como este personaje.

After Life tiene dos temporadas de menos de siete capítulos cada una.

En Netflix.

Trailer aquí.

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