Desde que Jacqueline Onassis inició una batalla legal para salvar la estación Grand Central de Nueva York de ser demolida (1975), la obra del arquitecto español Rafael Guastavino en Estados Unidos comenzó a ganar adeptos (los llamados “guastafarians”). Y es que tal como lo dice el dicho “en casa de herrero cuchillo de palo”, este arquitecto valenciano no hizo fama en su tierra natal, donde construyó edificaciones revolucionarias para su época en Barcelona, abriéndole paso a artistas de la talla de Gaudí. Más bien, la huella que dejó en su huida a Nueva York, a fines del siglo antepasado, fueron deudas y varias mujeres despechadas.

Este es el personaje que recupera Javier Moro en su última novela, A prueba de fuego. Moro es historiador, antropólogo y escritor y cuenta con una larga lista de novelas ambientadas en distintos lugares del mundo, donde fusiona siempre una buena cuota de historia, política y romance. Tal vez sus libros más destacados son El Imperio eres tú, por el que ganó el Premio Planeta de Novela en 2011, Era Medianoche en Bhopal, con el que obtuvo el Premio Christopher, y El Sari Rojo.

La historia es narrada por Rafaelillo, el hijo en común de Guastavino con la amante con quien huyó a Estados Unidos. A través de su voz, el lector va levantando capas de la excéntrica personalidad del padre; su origen italiano, de familia de músicos, amante del violín y de una vida caótica que siempre lo mantuvo al filo de la debacle profesional.

La novela combina fascinantemente el aspecto humano, describiendo su larga lista de romances, su desorden vital y su falta de visión económica de los negocios que emprende, pero al mismo tiempo su pasión y amor por el trabajo y su capacidad de adelantarse a los tiempos como un gran emprendedor. Un excéntrico mujeriego y que dejó una huella sin igual con su patente de arcos con azulejos, que hoy expertos intentan descubrir en miles de proyectos que van develando el importante rastro de su obra.

The New York Times lo llamó “el arquitecto de Nueva York” cuando murió el 2 de febrero de 1908, con sólo 66 años. El catálogo de su herencia contiene casi un millar de obras repartidas por todo Estados Unidos, entre las que se encuentran íconos urbanos como la Grand Central Terminal de Nueva York, la entrada del Carnegie Hall, el Museo de Historia Natural, la Biblioteca Pública de Boston o el edificio de la Corte Suprema de Estados Unidos. Todas tienen un sello en común: bóvedas tabicadas de ladrillo plano -de origen árabe y larga tradición en el mediterráneo español- y cuyo logro técnico fue agrandarlas para albergar monumentales edificios públicos “a prueba de fuego”, en ciudades donde a fines del siglo XIX todo se construía principalmente con madera y los incendios las arrasaban.

Combinaba el arte y la factura del maestro de obras; se ocupaba de dibujar y delinear los planos y seguir la obra paso a paso. Y tras él, en vacas flacas y gordas, siempre su hijo. Primero como dibujante y aprendiz, y luego también como su intérprete, ya que su padre no sabía hablar inglés y nunca fue capaz de aprenderlo.

Una novela entretenida, bien escrita y que nos descubre a un genio de la construcción que deslumbró a los grandes magnates norteamericanos y que con sus monumentales edificios públicos conquistó el sueño americano. En España su figura es casi desconocida y las primeras citas en los libros de arquitectura datan de 1970. Recién en 2016, el documental “El arquitecto de Nueva York”, dirigido por Eva Vizcarra y que ganó el Delfín de Oro en Cannes, lo hizo conocido.

Las recientes investigaciones, según sus estudiosos, hacen sospechar que España aún guarda los grandes secretos de este emprendedor de la arquitectura. Tal vez esta novela empuje a los españoles a buscar su huella.

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