Este sábado 6 de junio falleció don Miguel Luis Amunátegui, reconocido jurista y servidor público chileno. Hace casi un mes, el 8 de mayo, estuve con un familiar suyo y le pregunté si sería posible entrevistarlo: pienso que era de esas personas que tenían mucho que contar, aunque él prefería el segundo plano y el compromiso decidido con la sociedad, pero sin altavoces. Lamentablemente, la respuesta fue negativa: ya no estaba en condiciones de dar entrevistas.
La primera vez que escuché sobre él fue en 1986, cuando mi hermano José Pablo ingresó a estudiar Derecho en la P. Universidad Católica de Chile, y tuvo a don Miguel Luis como su profesor de Introducción al Derecho. Tiempo después conocí de sus actividades políticas, especialmente en 1989, cuando fue parte del equipo de Renovación Nacional que trabajó las reformas constitucionales –preparó un anteproyecto con Carlos Reymond y Francisco Bulnes Sanfuentes–, cuya forma final se aprobó en julio de ese año, favoreciendo un clima de entendimiento en un momento crucial de la transición.
De sus actividades, algunas fueron bastante públicas: fue miembro de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, la Comisión Asesora Presidencial para la Calificación de Detenidos Desaparecidos, Ejecutados Políticos y Víctimas de la Prisión Política y Tortura, así como fue consejero del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), entre 2013 y 2019. Participó en esas instancias porque se lo solicitaron, por convicción y por hacer un servicio al país hacia el futuro, aunque algunos no comprendieran su labor.
En 2017 participamos juntos en un seminario por los 30 años de Renovación Nacional, en que don Miguel Luis, la periodista Pilar Molina y yo fuimos los tres expositores. Él había sido fundador de esta importante tienda política de la democracia chilena y gran conocedor de su trayectoria, además de participar en diferentes instancias de una colectividad que ha tenido logros y contradicciones. Lo vi en alguna otra ocasión en algún matrimonio, en la presentación de un libro, con Gabriela Echeverría, su señora (directora de la Editorial de la Universidad Católica durante años) y en alguna otra instancia. Ha quedado pendiente la entrevista anhelada, que habría sido un gran aporte.
En la Misa en la Iglesia San Juan Apóstol, en Vitacura, uno de sus hijos recordó las cuatro pasiones de don Miguel Luis: primero, la fe católica y la familia, graficado en sus 60 años de matrimonio y en la compañía y unidad de su mujer, sus hijos, nietos y bisnietos en esta última etapa; segundo, la pasión profesional por el derecho y la justicia, que mostró en sus años como abogado, decano de una facultad, árbitro y otras tantas labores; tercero, el servicio público y la pasión por la política, que era tema de conversación familiar y de compromiso con Chile, con su historia familiar anclada en el siglo XIX y con su vocación por ayudar a un país mejor; finalmente, la música y la navegación, asuntos que yo desconocía y que parece haber sido muy definitorio en su vida.
El decano de Derecho de la Universidad de Chile, Pablo Ruiz-Tagle, recordó dos características importantes del abogado recientemente fallecido: su tenacidad y haber sido un hombre de paz, pero no de una manera pasiva, sino un convencido de que la paz se construye trabajando y don Miguel Luis vivió como un trabajador por la paz. En fin, se podrían agregar varias cosas más: como resumió el sacerdote al comienzo de la Misa, tuvo una vida plena y ha podido morir en paz. Las emotivas y sentidas palabras de su hermana, Alicia Amunátegui, fueron un gran reflejo de sus valores y el sentido de su existencia, como lo fueron los cariñosos recuerdos de sus nietos. Por ello, y por tantas cosas más, vale la pena recordar gratitud a don Miguel Luis.
Alejandro San Francisco – Académico Universidad de Tarapacá
