Vlado Mirosevic tuvo su despliegue como nuevo Presidente de la Cámara de Diputados en el inicio de la tramitación de la Ley de Presupuestos, que parte justamente en esa rama del Congreso. Y desde ya no estuvo lejos de enfrentar dificultades.

Y es que Mirosevic llega de manera muy dificultosa a ocupar ese puesto, con solo 4 votos por sobre su contendor en segunda votación definitoria, los que llegaron tras un quiebre más bien accidental, de último momento, ocurrido en la mayoría de la Corporación que hasta el día previo al escrutinio se había convencido de la necesidad de quitar al oficialismo la conducción de la Cámara y sobre todo de evitar que una de sus versiones más radicalizadas, la del Partido Comunista, llegase a dirigir la testera.

Mirosevic se mueve así por un equilibrio bastante enclenque, reflejo también de su propia consistencia como parlamentario, la que lo ha llevado a transitar por el Progresismo de Marco Enríquez-Ominami, por lo que fue la “Coalición por el Cambio” que posicionó en su primer mandato al expresidente Piñera (cuando era parte del extinto partido “Chile Primero”) y actualmente por un Partido “Liberal” que curiosamente se declara más cercano al socialismo y comparte alianza con quienes admiran a Maduro, a Cuba y el desatado régimen Nicaragüense.

Con estos antecedentes la conclusión es muy clara: o Mirosevic se transforma en “prenda de garantía” para la oposición en el Congreso, que hoy por hoy es mucho más amplia que los partidos de derecha, o no solo corre el riesgo de ser rápidamente censurado, sino que además de infringir más daño al que ya se ha autoprovocado el Gobierno en estos primeros meses de gestión.

Por lo mismo, si es consecuente con su posición minoritaria al interior de la coalición que gobierna, más encaminada hacia la izquierda, y toma conciencia de las dificultades que enfrenta como Presidente de la Cámara, Mirosevic debe posicionarse en el cargo con una visión de Estado, tal como ocurrió con la anterior presidencia de exdiputado Diego Paulsen que navegó tiempos muy turbulentos, que fue minoría dentro del Congreso y que pese a ello se mantuvo por casi dos años en el cargo, ofreciendo garantías a la encarnizada oposición de ese entonces.

Desde la tribuna ciudadana, uno podría plantearle dos desafíos al diputado Mirosevic. El primero: dejar las grandilocuencias en la agenda legislativa. Pese a que se rebajaron los quórums de votación para cualquier reforma constitucional, el Gobierno no tiene mayoría alguna ni en la Cámara, ni en el Senado. Esto lo obliga a negociar y transar, pero, pese a ello, insisten en dos reformas como la tributaria y la previsional que no convencen a la ciudadanía y tienen problemas de diseño, mientras en áreas tan sensibles como seguridad o migración derechamente no hay agenda.

Lo segundo, es intentar recuperar un ambiente más cívico y de menor confrontación en la Cámara a través del ejemplo antes que como un Sheriff. Por eso, sonaron desmedidas sus primeras declaraciones, en las que prometía sanciones duras y denunciaba cualidades específicas en bancadas parlamentarias que podrían gestionar rápidamente su censura.

La delgada línea de la que pende la gestión de Mirosevic y de quienes lo acompañan en la Mesa Directiva pende de sus capacidades políticas, y allí pareciera ser aconsejable más alejamiento que cercanía con la coalición de Gobierno, que no ha demostrado más que desaciertos en estos 8 meses. Antes que un guaripola del Presidente, en ese cargo necesitamos vocación de Estado.

Sebastián Torrealba, ex diputado

Deja un comentario

Cancelar la respuesta