El entusiasmo mundialista ha desatado, como siempre, curiosos debates. Desde hace algún tiempo se vienen haciendo audibles severas críticas a las condiciones laborales de los trabajadores extranjeros que han levantado los ocho magníficos estadios en Qatar. Previamente hubo otros cuestionamientos.

La adjudicación algo gris de la sede, las costumbres y normativas legales del país anfitrión, e incluso la escasa tradición futbolera. Algunos medios de comunicación de países occidentales llegaron al extremo de no enviar periodistas. La situación de los derechos humanos en Qatar sería repudiable. Gianni Infantino, el mandamás de la FIFA, reaccionó calificando todo esto como “hipocresía”.

La verdad es que se trata de críticas muy duras, aunque no inusuales. En este caso en particular, las inconsistencias sobresalen. No toman en consideración, por ejemplo, la posición de la FIFA, llamando a la prudencia y a poner en contexto histórico y cultural. Luego, hay un ostensible menosprecio a la decisión de adjudicar un evento de tanta magnitud y trascendencia a un país del convulsionado Medio Oriente y que éste haya sido capaz de echarlo a andar. Por último, las críticas van a contrapelo con la evolución histórica del fútbol.

Quizás, esto es lo central. Los críticos de hoy hacen caso omiso de la ejemplar transición social a escala global que exhibe el fútbol. Durante el siglo 20, este deporte emprendió, con un éxito inigualable, un tránsito a nivel planetario. De ser un pasatiempo, accesible sólo a las elites blancas en Gran Bretaña (casi reservada a los estudiantes de Cambridge), se convirtió en un lapso de muy pocas décadas en un impresionante fenómeno de masificación en términos geográficos, étnicos, generacionales y sociales.

Prácticamente no hay un lugar físico del planeta donde no se practique fútbol, sea a nivel profesional, amateur o como simple juego esporádico. Aún más, casi no existe un grupo humano, del origen que sea y con la trayectoria cultural que sea, desconectado con este deporte. O bien, que no mire con arrobo extático a sus figuras más diestras. Los nombres de Pelé, Maradona y Messi son admirados literalmente en todo el globo.

Por eso, la política mundial se ha hecho cargo de tal realidad. Al menos en parte. A la FIFA pertenecen 211 asociaciones nacionales, mientras que la ONU está integrada por sólo 193 países. Esto da a la FIFA una representatividad mucho mayor; guste o no guste. Llevado a cuestiones concretas, esto se traduce, por ejemplo, en cómo el hiper-futbolizado Kosovo ha labrado su identidad internacional por medio de la FIFA y mucho menos a través de los usuales mecanismos multilaterales.

¿Qué significa todo esto? Que, innegablemente, el fútbol es una “pasión de multitudes”.

Sin embargo, el uso indiscriminado de esta expresión ha provocado la pérdida de su trasfondo como noción y de su verdadero impacto global, pues trivializa la expansión de este deporte. Desde su nacimiento en la segunda mitad del siglo 19, el fútbol ha avanzado hacia los sectores más paupérrimos de la población mundial. Este es un hecho muy trascendental y, por consiguiente, con connotaciones asibles desde varias perspectivas.

Primero, su conquista de pueblos y naciones enteras ha ocurrido de manera más rápida y convincente que cualquier otra iniciativa política y social en tiempos recientes. El fútbol se estableció por todo el mundo de manera muchísimo más veloz que la democracia liberal y la economía de mercado.

Segundo, ha devenido en un instrumento político más poderoso que cualquier otra disciplina deportiva. Por eso, cada uno de sus Mundiales desata polémicas del más variado tipo. Lo vivieron los Mundiales en la Italia de Mussolini (1934) o en la Argentina de Videla (1978), entre otros.

El mayor impacto geopolítico lo tuvo el de 1974, especialmente su grupo eliminatorio I, donde estaban ambas Alemanias, Chile y Australia. El tamiz de la Guerra Fría se coló -azarosamente, o quizás con una buena dosis de malicia- en el enfrentamiento entre las dos Alemanias. Quiso el destino que la Alemania oriental se impusiera a la occidental por un gol a cero. El autor de aquel tanto, el veinteañero centrodelantero, Jürgen Sparwasser se convirtió en héroe, tanto del gobierno de Honecker como de la vida común y silvestre de los habitantes de la RDA, quienes descubrieron cómo su sociedad alcanzaba trazos identitarios propios por medio del fútbol. Su nexo con cuestiones políticas no se detuvo, y el héroe Sparwasser se convirtió en traidor al huir de la RDA en la segunda mitad de los 80.

La adjudicación a Alemania en aquellos años también había desatado fuertes discusiones. Tan acaloradas que hacen palidecer lo que se escucha ahora sobre Qatar.

El grueso de la opinión pública progresista de la época (más su respectivo entorno, desde luego) no quería entregar la sede a Alemania, si no hasta el cambio de siglo, es decir después del año 2000. Se decía que era prematuro ante la necesidad de seguir castigando a esas generaciones germanas por su pasado nazi. Fue el propio Joao Havelange, presidente de la FIFA de entonces, quien zanjó tan absurda discusión y puso las cosas en su lugar y con un criterio de realismo.

Tangencialmente, el mismísimo Chile se vio envuelto en esos debates, ya que la Unión Soviética optó por boicotear una fase eliminatoria, conocida como repechaje, y no llegó a jugar al Estadio Nacional en 1974. Esgrimió consideraciones políticas. Su dolor por el desenlace del gobierno de Allende, aunque probablemente más por el encarcelamiento de Luis Corvalán, llevaron a Brezhnev a no autorizar el viaje a Santiago. En un bizarro partido de 30 segundos, la URSS fue eliminada por no presentación.

Curiosamente, Jruschov no había tenido inconvenientes en jugar el Mundial de 1962 en suelo chileno. Tal cambio de actitud confirma la inevitabilidad de los cruces políticos tan inherentes al fútbol. Por eso, las críticas a Qatar, aunque suenen duras y rudas, son menores a lo registrado en ocasiones anteriores. Hoy en día, las cajas de resonancia de algunos medios de comunicación occidentales, más el notorio activismo de ciertas ONGs (que antaño eran del todo marginales), no harán desistir a algún equipo a salirse del campeonato. Aún más, una vez concluido, lo más probable sea un balance muy exitoso, y eso desde varios puntos de vista. Partiendo por el soft power de Qatar.

Será un nuevo hito al interior de esa gigantesca fuerza de voluntad demostrada por la familia gobernante de Qatar, Al Thani, la cual está conduciendo a su país por una línea muy original de desarrollo. No sólo transformó una atrasada caleta de pescadores en lo que es hoy, un país con US 61 mil de ingreso per capita. Su esquema es un camino propio, con vasto espacio a la iniciativa privada, sin perder de vista la identidad nacional. Por eso, fundó y financia Al Jazeera, un canal de TV que, para parámetros musulmanes, es inusitadamente abierto. Por lo mismo, alienta el ingreso de mujeres a la educación superior y ha puesto en funcionamiento un programa de desarrollo espacial tan asombroso como exitoso. Numerosas de esas directrices están contenidas en un documento oficial denominado Qatar National Vision 2030. El próximo hito será postular al país como sede de Juegos Olímpicos.

¿Qué puede haber de dañino en todo esto?

Poco. El argumento muy extendido entre los críticos es que Qatar tiene dinero a raudales y que no tendría gracia “gastarlo” en esto. Es un aserto plausible, pero no persuasivo. Los recursos obtenidos con el gas y el petróleo podrían perfectamente haber sido farreados en alucinaciones. La evidencia empírica demuestra que los sátrapas suelen destinar el dinero a proyectos fantasmagóricos (el oleoducto transamazónico de Hugo Chávez), o bien a delirios megalomaníacos (como esas estatuas de oro mirando permanentemente el sol de Saparmyat Nyazov en Turkmenistán o a construir imperios de juguete como Jean Claude Bokassa).

Es cierto que Qatar tiene escasa tradición futbolera, pero eso no inhibe un asunto mucho más gravitante. Arabia Saudita, el conjunto de emiratos (incluyendo a Qatar) y China continental están invirtiendo tremendos recursos en la industria futbolística mundial. No sólo concurren como grandes sponsors de las 32 selecciones en este Mundial, sino que han concretado propiedad total o parcial de muchos grandes clubes europeos, como el PSG, Barça, Manchester City y varios otros.

Mirado desde las sociedades democráticas occidentales, las críticas al Mundial en Qatar no parecen edificantes, especialmente por su maximalismo. Si la FIFA se guiara por ellas, tendríamos hace rato Mundiales reducidos a democracias liberales (dahlianas, diría un politólogo). Y es que, tras dejar fuera a dictaduras y monarquías indeseables, pronto se reclamaría contra la presencia de democracias defectuosas, iliberales, etc.

Por fortuna, la FIFA y sus afiliados, pese a algunos errores, ha demostrado ser hábil para ir lidiando a lo largo de las décadas con las diversas coyunturas cuestionadoras. Gracias a ese criterio se puede decir con propiedad -tal como se decía respecto a los Habsburgo-, que el sol nunca se pone en el imperio del balompié.

Iván Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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