Mario Góngora del Campo fue uno de los historiadores más reconocidos y brillantes del siglo XX chileno. Además fue un destacado intelectual, que en ocasiones participaba en el debate público desde el plano de las ideas y el conocimiento histórico. En 1981 publicó su famoso, estimulante y polémico Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (Ediciones La Ciudad), que generó una gran discusión.

Pocos años después, el 18 de noviembre de 1985, falleció tras ser atropellado a las puertas del Campus Oriente de la Universidad Católica de Chile, donde hacía clases. Al cumplirse un año más de su partida, vale la pena volver a su figura: en esta ocasión podemos revisar su etapa de joven universitario, que muestra una riquísima formación cultural, que en buena medida explica su posterior trayectoria profesional.

Góngora había nacido en 1915 y posteriormente estudió en el Colegio San Agustín. A la hora de definir sus estudios universitarios, optó la carrera de Derecho, precisamente en la Universidad Católica. No tenía esa vocación en realidad, y pese a ser un brillante alumno, nunca ejercería como abogado.

Por el contrario, desde antes de los veinte años comenzó a mostrar una característica que definiría su vida personal y profesional: era un voraz y avanzado lector, capaz de devorar varias obras a la semana y al mes. Felizmente, contamos con una información detallada al respecto porque el propio Góngora decidió llevar unas notas que han sido publicadas con el título de Diario (Santiago, Editorial Universitaria/Ediciones UC, 2013, con edición crítica de Leonidas Morales), que cubre sus lecturas entre 1934 y 1937.

En ese tiempo, los intereses intelectuales del joven era múltiples: poesía y filosofía, teología e historia, literatura y pensamiento político. En 1934 –, cuando tenía solo 19 años, por mencionar solo el primero que aparece en el libro– leyó a Berdiaeff, Goethe, Shakespeare, Lope de Vega, Ortega y Gasset, Chesterton, Dostoievski, Maritain, Mariátegui, Bernanos, Balzac, Santo Tomás de Aquino, Romano Guardini, Claudel, San Ignacio de Loyola, Francisco de Vitoria, Menéndez Pelayo, Ramiro de Maeztu, Alfonso X, Amado Nervo, Stefan Zweig, Cervantes, Rilke y, por cierto, la Biblia.

También aparecen algunos chilenos, como Fernández Concha, Francisco Antonio Encina, el sacerdote Alfredo Silva Santiago y Vicente Pérez Rosales. Nótese que dejamos fuera de esta lista los años 1935, 1936 y 1937, cuando las lecturas se multiplicaron en paralelo a los estudios de Derecho.

En otro plano, Góngora era un católico de gran profundidad religiosa, que en algún momento incluso pensó en el sacerdocio y que tenía un gran conocimiento en temas de doctrina de la Iglesia. Además mostró intereses políticos, que pronto se transformaban en decepción, aunque alcanzó a dirigir la revista Lircay, de los jóvenes conservadores de la futura Falange Nacional.

En una ocasión publicó un alabado discurso político: “Bases espirituales del Orden Nuevo” (1937). Los conceptos vertidos en esa oportunidad eran el reflejo no solo de un pensamiento político, sino también de una concepción más profunda de la vida, que estaba presente en la década de 1930 y que se ven muy bien reflejados en el excelente libro de Diego González Cañete, Una revolución del espíritu. Política y esperanza en Frei, Eyzaguirre y Góngora en los años de entreguerras (Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2018).

Si bien Mario Góngora destacaba por su inteligencia y formación doctrinal, él también es reflejo de su época. Hay muchos antecedentes que indican que la década de 1930 fue particularmente vital en el plano de las ideas y prolífica en diversos proyectos políticos y culturales.

Esto permite apreciar una gran difusión de libros, revistas, agrupaciones y conversaciones, que en la práctica nos muestran la irrupción de una generación cargada de sentido de su tiempo histórico, mística y vocación de transformar el mundo. Así se podía ver en los jóvenes socialistas, los conservadores y falangistas, los nacistas y otros que comenzaron a poblar el ambiente político y cultural de aquellos años.

En las páginas del Diario de Góngora, en diversos momentos se percibe un alma atormentada, tímida y solitaria. Se aprecian problemas amorosos y vitales, confusiones sobre el camino a seguir, muchas dudas y algunas certezas que se caen. Me parece que la evolución del joven ha sido bien explicada por Patricia Arancibia en su libro Mario Góngora. En busca de sí mismo 1915-1946 (Santiago, Fundación Mario Góngora, 1995).

Ahí aparece no solo el notable y estudioso joven, sino también una persona que busca opciones políticas desde el movimiento conservador al Partido Comunista, pasando por los jóvenes falangistas; pasa del enamoramiento a la decepción; anhela la santidad y experimenta crisis; lee con pasión y aprende, pero sabe que ahí no se encuentra el camino de la felicidad.

En cualquier caso, volver a leer a Mario Góngora, o revisar su trayectoria durante la juventud en la década de 1930, nos permite adentrarnos al hombre y a su época. También nos ayuda a mirar con atención una forma de comprender no solo la vida intelectual, sino también la actividad política y la forma de vivir la religión: en todos los casos significaba un compromiso vital, apasionado y convencido, en la certeza de que la vida es corta y que darla por una causa vale la pena.

Por otro lado, se aprecia una comprensión muy clara de la necesidad de formación intelectual, al más alto nivel posible, cada uno según sus capacidades y responsabilidades: para desarrollar una vida en el mundo universitario, en la actividad política y en todas las formas de servicio a la sociedad.

Por cierto, la formación intelectual de alto nivel, las lecturas o los grupos culturales no aseguran que un país será mejor. Tampoco agotan las necesidades de preparación para el servicio público en diversas áreas.

Sin embargo, no está de más recordar al joven Mario Góngora –y a su generación de la década de 1930– para volver a ponderar en su justa dimensión al pensamiento político, la experiencia histórica, la riqueza de las novelas, la profundidad de la filosofía y las enseñanzas que las diversas disciplinas pueden entregar no solo para una mejor comprensión del mundo y del país, sino también para que ellos mejoren con nuestro trabajo y compromiso.

Alejandro San Francisco, es académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación Instituto Res Pública.

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