Escucho y vuelvo a escuchar la Cuenta Pública del Presidente Gabriel Boric y cada vez me resuena más como una pieza retórica bien redactada -mejor leída y actuada, eso sí- propia de una campaña presidencial que tal vez, sin darse cuenta, inicia: la de 2029 para el periodo 2030-34. Escuchar su discurso me lleva a pensar en dos asuntos.
El primero es una convicción fundada en la memoria reciente: Sin estallido social, que devino delincuencial, Boric no estaría en La Moneda. La pleamar revolucionaria del Chile de fines de 2019, que fue seducida por su mensaje redentor, voluntarista, refundacional y de soluciones populistas exprés, lo alojó al final en la casa de Toesca. Y ese estallido, insurrección no consumada, por cierto, fue en rigor abortada no por el legítimo uso de la fuerza policial del Estado de Derecho, sino por el virus del Covid. No debe olvidarse ese dato no menor, pues aportó una inquietante radiografía de la vulnerabilidad de nuestra República a la hora de protegerse a sí misma y a los ciudadanos en caso de ser atacados por la violencia extrema y coordinada de sectores políticos, anarquistas, delincuencia común y narcos.
Esa circunstancia crucial ameritaba, en la última cuenta presidencial, una reflexión más profunda y que incluyera la conducta y responsabilidad del orador en aquellas jornadas trágicas en que el palacio presidencial estuvo a punto de ser tomado por grupos violentos y el país parecía arder por los cuatro costados. Supongo que el Presidente eludió esa reflexión, pues abordarla conduce inexorablemente a dar un paso adicional: explicar por qué el Mandatario cambió (genuinamente, al parecer) de convicciones en menos de mil días. Todo ser humano tiene derecho a evolucionar, a renacer o a convertirse, y también a mantenerlo en reserva.
Pero cuando se es un “hombre público”, y en este caso Jefe de Estado y de Gobierno de un país democrático y libre, con una ciudadanía digna, exigente y patriótica, ésta merece una explicación pública. La merece por cuanto el asunto roza temas esenciales concernientes a la estabilidad nacional: el populismo, la fe pública y la debilitada confianza ciudadana en la democracia. No podemos aceptar que se normalice en Chile que presidenciables triunfen prometiendo el oro y el moro, soluciones sociales utópicas y en tiempo exprés sin siquiera tener noción de si lo que proponen es factible, viable y financiable y ni decir si ni siquiera saben cómo hacerlo. La ciudadanía y la prensa deben estar aun más alertas y ser más exigentes. Si se vuelve tradición en Chile que son los mejores ofertones los que a fin de cuentas entregan la llave para ingresar a La Moneda durante al menos cuatro años, este país terminará quebrado en cuerpo y alma porque no hay quién resista tanta seguidilla de promesas luminosas y decepciones deprimentes. La elevada cantidad de aspirantes a candidatos presidenciales hoy en Chile no es señal de que tengamos una democracia saludable, sino de que ella está ofreciendo demasiados estímulos, privilegios y beneficios financieros que deben ser revisados. El 11 de marzo de 2022 entró a La Moneda un gobierno con declaradas aspiraciones refundacionales y que saldrá pronto como un timorato restaurador del Ancien Regime que anhela en silencio el retorno de Robespierre.
El segundo tema que me abruma es una pregunta: ¿Quién es en verdad Gabriel Boric hoy? ¿El revolucionario que lanzaba declaraciones incendiarias contra el recién iniciado gobierno del Presidente Sebastián Piñera? ¿El que marchaba orondo luciendo una deleznable polera con el rostro baleado del senador Jaime Guzmán? ¿El que posaba y discurseaba ante cámaras delante de soldados que sabía nada podían ni replicarle, el que celebraba el régimen venezolano, y se autodefinía a la izquierda del Partido Comunista -tienda que admira a las dinastías dictatoriales de Cuba y Corea del Norte y a Putin? ¿El mismo que llamó a inmigrantes a cruzar nuestras fronteras sin documentos y les ofrecía mismos derechos de los chilenos? ¿El que sostuvo que el problema de Chile es que tiene demasiados chilenos, el que quería refundar a Carabineros y acusaba a la democracia chilena de tener un régimen represivo? ¿Es él o el que defiende ahora el libre comercio y los TLC que intentó revisar y paralizar? ¿Quién es entonces Boric? ¿El que celebra y respeta hoy a las Fuerzas Armadas y Carabineros, a quienes piensan distinto? ¿El que calla ante Cuba y nos enemista con Estados Unidos?
Trato de interpretar estas dispares imágenes y me llama la atención el nexo simbólico que establece el Mandatario a ratos con otros presidentes chilenos. Asimismo, a menudo subraya su eterna e inquebrantable fidelidad a los principios revolucionarios. Lo hace a la usanza de Fidel Castro y de Allende, este último líder a quien, por cierto, imita giros verbales, gestos y anteojos. Pero en otras circunstancias, Boric emerge como emulador de don Patricio Aylwin, quien terminó siendo un adversario frontal precisamente de Allende y que después, bajo Pinochet, recorrió los caminos que hicieron posible el retorno de la democracia, y también la democracia de los acuerdos y “los 30 años”, que Boric tanto condenó. En otras vueltas del carrusel, Boric aparece sentado cerca del ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle en materia de tratados de libre comercio y apertura comercial al Asia, tratados que hasta hace poco frenó, bloqueó y denigró, no sé si por ignorancia de sus subalternos, oportunismo o cambio genuino de convicciones. Hay momentos en que Boric celebra al Presidente Ricardo Lagos, quien para el frenteamplismo fue quien convirtió a la izquierda en la “vieja izquierda” y a los entonces denostados socialdemócratas, exmandatario incluido, en “cómplices del modelo neoliberal”, orden que Boric aún pretenden (al parecer) sepultar (o tal vez ya no). ¿Quién sabe?
Boric sintoniza al dedillo, en cambio, con el segundo gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, y da la impresión de que sigue sus huellas (¿se deberá a eso su silencio frente a la tiranía castrista que rige en Cuba desde hace 66 años?). Boric pareciera apostar a heredar su liderazgo en la izquierda, una lucha que se anticipa, por cierto, dura, onerosa y de largo aliento. ¡Cuán rápido se mimetiza la nueva política con la vieja política! Y hubo un momento en las vueltas del carrusel en que Boric expresó hidalgamente respeto por Sebastián Piñera, a quien, sea dicho con claridad, le negó la sal y el agua en cuanto asumió en marzo de 2018 como Presidente.
Esta conducta del Presidente Boric me hace pensar en el teórico literario ruso Mijail Bajtin, perseguido por Stalin, quien decía que ciertas novelas se caracterizaban por la polifonía. La definía como “la existencia de múltiples voces y perspectivas en un texto, donde cada voz tiene autonomía e independencia, creando una pluralidad de conciencias”. En ese sentido, Boric es un político polifónico: es él y, en forma secuencial, también muchos más. Por eso tantos sostienen que para cada tuit que el Presidente emite, existe al menos un tuit suyo que lo desmiente, pues afirma lo contrario.
La sociedad tolera que un “hombre público” sufra una o varias conversiones drásticas, mute sus admiraciones y enriquezca sus fuentes de inspiración, todos cambiamos, ¡triste sería si de la cuna a la tumba fuésemos siempre los mismos! La ciudadanía sabe que cambiar, evolucionar, sufrir conversiones es un derecho consustancial al individuo que nadie puede conculcar. Pero la ciudadanía también sabe que un Presidente que respaldó un proyecto de Constitución refundacional que, de haber sido aprobado, hubiese arrojado por la borda al Chile que amamos, y ahora piensa (al parecer) lo contrario, nos debe una explicación. El país necesita entender qué lo llevó a convertirse del Presidente transformador, revolucionario, decidido a sepultar al Chile neoliberal en un errático restaurador parcial de ese Chile. El gobierno lo ratifica de forma reiterada cuando se aprecia de haber recibido un país en crisis que se entregará a los chilenos “normalizado”. ¿En qué quedamos? ¿Cómo se define a un gobierno transformador que se enorgullece de haber “normalizado” el orden existente previo a su proceso transformador? ¿Quizás como malogrado proyecto de restauración imperfecta?
Por eso importa que el Presidente explique si su cambio se debió a una decisión pragmática al comprobar, en septiembre de 2022, que el país rechazaba su modelo transformador o bien a un cambio íntimo, profundo y genuino en su visión de mundo. A juzgar por sus reiteradas referencias a que no ha renunciado a sus principios ni convicciones, puede concluirse que su actual posición es más bien un simple repliegue táctico a la espera, como dicen los marxistas, de que “las condiciones objetivas y subjetivas se vuelvan propicias” y retorne una nueva pleamar revolucionaria. Mientras el Presidente no explique a la ciudadanía, que es la que ha sufrido las consecuencias, sacudidas, incertidumbres y sinsabores generados por su actividad política, continuarán persiguiéndolo preguntas y tejiéndose suspicacias en torno a sus sucesivos cambios. Cuentan que cuando lo asediaban con preguntas de este tipo, Grucho Marx (no Karl), decía: “Estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros”.

Extraordinaria columna.
Yo creo que la frase final define al sujeto en cuestión, sus principios por así llamarlos, son variables, cambiantes y dinámicos, en función de su objetivo revolucionario. El regreso a la democracia estaba establecido ex ante en la Cpr, ese camino no lo condujo Alwin. Su pdte, su ex jefe, que a ud lo sacó por una cosa menor, fue quien permitió la revuelta comunista /FA, no tuvo coraje para ordenar sofocarla. También recordar que la » Izquierda democrática » se puso de vagon de cola de la revuelta. Quizás no gusten las verdades, pero lo expresado por mi es la verdad de lo sucedido………..
EXCELENTE ANALISIS !!!!!!!!!!!
Profundo y acertado análisis del ex canciller.