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Publicado el 28 mayo, 2021

Roberto Munita: La trampa de la paridad

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

Generar normas de reemplazo por paridad en un órgano representativo de la ciudadanía, como es el Congreso, implica dos graves problemas: por un lado, transgrede abiertamente la voluntad popular; y por otro, limita a las mujeres a contentarse con la mitad del cuerpo legislativo, cuando podría ser mucho más.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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El título de esta columna sugiere que la paridad es una trampa. La editora de El Líbero probablemente me dirá que es mala idea titular una columna así. No sólo pierdo potencial lectoría, sino que puedo generar una imagen machista y retrógrada. Sin embargo, pienso seguir adelante; quienes me conocen, saben que no soy ni machista, ni retrógrado.

Si la paridad implica un matemático 50/50 entre los dos géneros —idea que se autoimpuso la ex Presidenta Bachelet en su primer gabinete, y que ni siquiera ella pudo cumplir durante todo su mandato— efectivamente puede ser algo artificial y nocivo. Por supuesto que la visión de las mujeres es valiosa y, sin lugar a dudas necesaria. Sin embargo, si un cuerpo colegiado tiene un porcentaje de participación femenina distinta al 50%, ¿es inválido acaso? Con esa lógica, de hecho, no podrían haber más mujeres que hombres en aquellos campos donde se toman decisiones.

Es precisamente esto lo que hoy un grupo de dirigentes está proponiendo para nuestro Congreso Nacional. Como antecedente, se basan en que la Convención Constitucional contó con dicha regla: no sólo se dieron beneficios “de entrada” para las mujeres (se les otorgó la mitad de los cupos en cada distrito, e incluso el encabezamiento de cada lista, lo que no es menor, ya que tal como algunos académicos chilenos como Mauricio Morales o Alex Becerra han demostrado, la gente tiende a votar más por el primer nombre de la lista), sino que además se estableció una “corrección de salida”. ¿Qué quiere decir esto? Que si en un distrito terminaba habiendo una desproporción de electos de un sexo sobre el otro, se le quitaba el cupo a uno de los del sexo sobrerrepresentado, para otorgárselo a un candidato del sexo subrepresentado, dentro del mismo pacto. El argumento usado fue que la Convención sería un hito tan fundamental (y “fundacional”) que sería conveniente contar con una norma excepcional de esta envergadura. Pero como Chile es el arquetipo de los países donde la excepción pasa a ser la regla, ahora algunos pretenden darle continuidad a dicha norma.

¿Qué pasó, en la práctica con esta corrección paritaria? Paradójicamente, terminó perjudicando a las mujeres. Tal cual. Tras la elección de constituyentes, hubo que hacer 12 correcciones por paridad. Siete de ellas perjudicaron a mujeres, y cinco a hombres. Es decir, si no hubiera operado tal mecanismo, hoy la convención tendría, en vez de las actuales 77 mujeres, la cifra de 79, más del 50% de los 155. Pero, al contrario de lo presupuestado, la paridad funcionó como una barrera, ya que operó literalmente en contra de los incentivos “de entrada” que ya se les habían otorgado a las mujeres.

Más aún, el sistema terminó siendo tremendamente injusto. En muchos casos, el hombre que reemplazó a la mujer obtuvo miles de votos menos; en el distrito 6, por ejemplo, se quedó con el escaño un hombre que obtuvo la mitad de la votación de la mujer que debió haber entrado. Y en el distrito 12, por su parte, en la lista de independientes de Benito Baranda, el sistema dejó fuera a una mujer con casi 13 mil votos, para otorgarle el cupo a un hombre que ni siquiera alcanzó los 3 mil votos.

Lo que estos números muestran es el triunfo de la ideología por sobre la voluntad popular. Y eso es tremendamente grave. Un sistema electoral tiene por finalidad convertir los votos en escaños, pero también debe tener por propósito respetar el mandato del pueblo. Y más allá de si la gente votó por un hombre o una mujer, hay que entender que la gente votó por personas, con nombre y apellido, esperando —en este caso— que fueran ellas las que llegasen a la Convención. Cada candidatura tenía sus propias ideas, propuestas y valores, y no era meramente intercambiables por otras que obtuvieron incluso menos votos. ¿Qué le decimos al electorado de Chile Vamos del distrito 14, por ejemplo, que dejó fuera al más votado de la lista, para otorgarle el escaño a una mujer, la menos votada de la lista?

Las mismas —y peores— distorsiones pueden ocurrir si se lleva una norma tan denostada como la “paridad de salida” al Congreso Nacional. Generar normas de reemplazo en este órgano representativo de la ciudadanía implica dos graves problemas: por un lado, transgrede abiertamente la voluntad popular; y por otro, limita a las mujeres a contentarse con la mitad del cuerpo legislativo, cuando podría ser mucho más. Seamos efectivos en generar todos los incentivos y condiciones necesarias para que las mujeres puedan competir en igualdad de condiciones, e incluso con las ventajas necesarias para asegurar una adecuada representación femenina en el Parlamento. Pero no provoquemos condiciones artificiales que terminen por hacerle un flaco favor a este grupo, y en último término, a todo el sistema electoral.

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