Las policías, tribunales, fiscalías, Ministerio Público…  todos ellos tienen una razón de ser: resguardar la seguridad, los primeros, y aplicar justicia, los demás. ¿Por qué, entonces, pareciera que el estado de guerra constante de Hobbes está resurgiendo? 

22 años tenía el joven que murió producto de una detención ciudadana en La Florida esta semana. El alcalde de la comuna dice que los vecinos “actuaron por miedo” y ofreció el apoyo del municipio, pero la verdad es que un hecho como este habla de un problema más profundo. A la sensación de miedo habría que agregar la frustración, desconfianza y desprotección que sienten por parte del Estado. 

Es este el encargado de brindar seguridad a la población y el responsable de la justicia a quien corresponda. Esta discusión no es nueva: ya en el siglo XVII Thomas Hobbes dijo que el ser humano vivía en un estado de guerra constante, el que se buscaba controlar con lo que llamó el Leviathan, a quien se le entregaba el legítimo uso de la fuerza. Hoy, pareciera que ese Leviathan no está produciendo el efecto deseado. 

El gobierno, las policías, tribunales, fiscalías, Ministerio Público… todos ellos tienen una razón de ser: resguardar la seguridad, los primeros, y aplicar justicia, los demás. ¿Por qué, entonces, pareciera que el estado de guerra constante de Hobbes está resurgiendo? 

¡Los vecinos no tenían que reducir al joven de La Florida! Para eso existen protocolos que aseguran que la detención sea realizada en el marco de la ley. Pareciera que el “lobo” de Hobbes fue el protagonista ese día. 

Son los tribunales los responsables de sancionar a quienes detienen las agencias de seguridad. Pero, en un contexto donde la población, más que justicia, ve impunidad, la frustración se instala con fuerza y la desconfianza de que las sanciones se apliquen crece. Más allá de si el protocolo permitía o no el beneficio recibido por los primos Tralcal, condenados por el crimen del matrimonio Luchsinger Mackay, la señal que llega a la población es que la justicia está al debe. Entonces, si el Estado no es capaz de brindarme el entorno de paz que requiero, bueno, me tendré que encargar yo de eso. 

De mantenerse ese pensamiento y extenderse acciones ciudadanas como la que vimos, vamos por un mal camino. Es hora de que los discursos de campaña que ponían a la seguridad primero y decían iban a combatir con fuerza el crimen se traduzcan en medidas concretas. Es fundamental que la población vea que se prioriza este tema y que el gobierno tiene una agenda de corto, mediano y largo plazo para construir el entorno de paz y restaurar el estado de derecho en aquellos lugares que se ha perdido. 

La crisis migratoria de la Macrozona Norte no ha terminado. Es más, el estado de emergencia ha dejado al descubierto cómo no sólo migrantes entran diariamente al país. En el sur, se terminará hoy el estado de emergencia y las amenazas enviadas por grupos radicalizados hacen presagiar que la violencia podría aumentar. En las zonas urbanas del centro del país el microtráfico y los homicidios no dan tregua. Pero, el miedo, frustración, desconfianza y desprotección no deben ganarle al Estado. Estamos a tiempo de enviar las señales correctas, comunicar las agendas y demostrarle a los ciudadanos el compromiso con la seguridad. Es hora de que ese Leviathan esté a la altura de las expectativas.

Con todo, el mejor antídoto para la violencia es que el Estado cumpla el Contrato Social con sus ciudadanos brindando seguridad, desarrollo y bienestar. 

*Pilar Lizana es investigadora AthenaLab.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta