Ahora que la amenaza de una inflación más prolongada y que el enfriamiento de la economía pudiera devenir en recesión, el gobierno del Presidente Boric deberá rápidamente moderar su agenda de reformas para evitar que las nubes grises que se aproximan terminen por convertirse en una tormenta que deje al gobierno, y al país, a la deriva.

Durante la campaña de 2021, Boric —y también los otros candidatos— prometieron reformas como si el país fuera a vivir en un período permanente de abundancia. Impulsada por los retiros de los fondos de pensiones, los programas de estímulos del gobierno y el rebote después del freno forzoso de la economía en 2020, la actividad económica en 2021 hizo que en el país reinara un optimismo desmedido respecto a la velocidad en que se podrían hacer cambios que disminuyeran la jornada laboral, aumentaran los ingresos de los trabajadores y ampliaran significativamente la red de protección social. 

Al término del primer trimestre de 2022, la situación económica parece mucho menos auspiciosa. Pese a que el precio del cobre está por las nubes, el aumento en el precio del petróleo y otros productos que el país importa —incluida la harina— amenazan con prolongar lo que se esperaba fuera un shock temporal de inflación. El aumento en las tasas de crédito internacionales hace que endeudarse resulte más caro para el gobierno. El aumento en las tasas de interés en el país hace que la actividad económica se frene todavía más. Aunque hablar de tormenta perfecta parece excesivo, claramente hay más turbulencias en el vuelo de las que esperaba el gobierno. 

Por eso, igual que los aviones que se ven obligados a frenar el servicio de alimentación cuando hay mucha turbulencia, el nuevo gobierno deberá considerar seriamente detener varias de sus iniciativas de mayor gasto público que prometió en campaña. Cuando la inflación ha llegado para quedarse al menos por lo que resta de 2022, impulsar medidas como un aumento sustancial del sueldo mínimo, una disminución de la jornada laboral semanal o un aumento considerable del gasto público solo ayudarán a empeorar el problema. 

Si a todo esto le sumamos la creciente incertidumbre que se alimenta cotidianamente desde la convención constitucional, hay pocas razones para creer que las cosas mejorarán en los próximos meses. Siguiendo con la metáfora del vuelo de avión, tal vez vamos a tener que hacernos a la idea de que no habrá servicio de comida y, abrochándonos los cinturones, debamos prepararnos para las turbulencias que ya se comienzan a sentir. 

Es comprensible que el gobierno quiera desconocer o minimizar la amenaza que se nos viene encima. Pero ello no ayudarán a que las cosas milagrosamente mejoren. Resulta insensato seguir adelante con el mismo plan original —que de por si era riesgosamente ambicioso— cuando las circunstancias han cambiado. Dado el ambiente internacional más hostil, las promesas —varias de ellas irresponsables— que hizo el ahora presidente Boric en campaña resultan incumplibles. Es más, intentar cumplir esas promesas se convierte en un acto de irresponsabilidad política. Igual que una madre que le prometió a sus hijos un viaje a Disneyworld en las vacaciones de invierno, pero cuando pierde el trabajo o le diagnostican una enfermedad compleja se ve obligada a abortar el plan, el Presidente Boric deberá actuar maduramente y reconocer ante el electorado que sería insensato avanzar con el cumplimiento de sus ambiciosas promesas de campaña ahora que la inflación llegó para quedarse y que la economía posiblemente caiga en recesión.

Es cierto que las expectativas están altas y que la gente espera mejoras concretas e inmediatas en la reducción de la jornada laboral, aumento en el sueldo mínimo y mayor gasto público. La propia convención constitucional parece avanzar en la redacción de un texto maximalista sin preocuparse de que no habrá fondos para cubrir todos los compromisos de mayor gasto y más derechos que se incluirán en el nuevo texto. Pero precisamente porque la gente tiene expectativas elevadas, el gobierno debiera dar un giro rápido y decidido en su mensaje sobre la realidad que se nos viene. Es verdad que el gobierno prometió que el servicio de comida en este vuelo de cuatro años sería mucho mejor que lo que hasta ahora pudieron ofrecer gobiernos anteriores. Pero cuando se vienen fuertes turbulencias y los vientos amenazan con forzar un aterrizaje forzoso, la gente deberá entender que tendrán que aguantarse el hambre o las ganas de ir al baño porque los pilotos y la tripulación enfrentan problemas más urgentes y serios. 

Si el gobierno decide ignorar las advertencias y sigue adelante con su ambicioso programa de más gasto público, el resultado será el mismo que el de un avión en que la tripulación ignora la advertencia de turbulencias y decide seguir volando como si nada fuera a pasar. El resultado será mucho peor que si hubieran aceptado la realidad y hubieran cambiado los planes para enfrentar el nuevo escenario. Ese es el dilema que hoy enfrenta el piloto Boric. Por el bien de todo, ojalá que actúe de forma responsable y anuncie que, dada la turbulencia que se viene, es hora de ajustar los planes a la nueva realidad. 

*Patricio Navia es Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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