Cinco y dieciocho, días de octubre que dicen mucho a chilenos de ayer y de hoy. Fechas ensalzadas, repudiadas o menospreciadas. El simbolismo de esos días se encarna en opiniones, movimientos sociales y finalmente en políticas. Porque hay meses que “comunican poco” al imaginario colectivo de cada nación y también en el orden mundial; para los chilenos, septiembre y octubre son meses que impulsan acciones y decires, hoy presentes en el inmenso foro de las redes sociales, la interminable –y para muchos insoportable– vitrina de la humanidad parlante. Basta una ojeada a las redes para constatar el peso de estos días de octubre en el pueblo, cuando habla de historia y política. Veamos.

El 5 de octubre de 1988, como casi todo Chile, nos levantamos muy temprano, teníamos una cita muy importante: terminar con la dictadura de Pinochet. Nos habían asignado la coordinación de la recopilación de resultados del Plebiscito, mesa por mesa, en una populosa comuna de Santiago sur. Era parte del sistema paralelo al del Gobierno que apuntaba a contar con datos propios para hacer frente al posible fraude gubernamental, que controlaba las instituciones precisamente encargadas de la limpidez de la consulta plebiscitaria. Había sido una batalla larga; primero conseguir el mayor número de inscripciones en el registro electoral para superar los cálculos del régimen que reducía a poco más de 4 de millones y medio el universo de votantes, con lo cual se aseguraba el triunfo del Sí a otros 8 años de presidencia del general Pinochet. Hubo que superar resistencias, desconfianzas y vencer la consigna “Inscripción igual traición” que sectores de izquierda radicalizada escribían en muros y volantes. Ese domingo votaron 7 millones 251 mil chilenas y chilenos, un 97,54 del padrón electoral. El No obtuvo el 55,99 de los sufragios y el Sí el 44.01 por ciento.

Aceptar el reto de la dictadura y levantar el No como respuesta de la oposición unida fue una operación de enorme inteligencia política de figuras hoy livianamente calificadas de “dinosaurios” para descartar (Hazte un lado, vejete, 11.08.2021). Pero además fue un  paso audaz de sobrepasar los límites ideológicos y la historia entre rivales políticos, principalmente socialistas y democristianos, izquierda y centro político, (sería injusto no mencionar también a exponentes de la centro derecha, como el Partido Liberal de la época) que fueron capaces de saltar fosos y concordar una sola estrategia para afrontar la dictadura. Una lección de sensatez y moderación, siempre válida para tantos lugares y épocas.

El Plebiscito de 1988 abrió un periodo que el sociólogo italiano Francesco Alberoni llama un “estado naciente”, asimilando audazmente el enamoramiento de dos personas que inicia un nuevo estado, a los momentos de la historia que inauguran nuevas épocas: ambos fenómenos constituyen un “estado de gracia” en que todo es posible, en el que nos sentimos invencibles, avizorando un nuevo futuro, un renovado comienzo.

Efectivamente, la mayoría de los chilenos (en estado de gracia) eligió recuperar la democracia y se movilizó con gran fuerza y creatividad durante los años Ochenta para lograr ese fin. Son incontables los episodios y campañas de esos años, desde las trágicas muertes de manifestantes en las Jornadas de Protesta Nacional de los años 1983-1986, hasta las acciones de mujeres, pobladores y estudiantes que fueron presionando a la dictadura que buscó la salida política del Plebiscito de 1988. El 5 de octubre de ese año abrió un nuevo estado en Chile, tres décadas en que no sólo se consolidó la democracia y las libertades civiles, personales y soberanas, agregándose estas a la libertad interior que millones de ciudadanos ya tenían en su mente y espíritu. Tres décadas de una cada vez mayor extendida prosperidad, de políticas que arrancaron de la pobreza a millones de chilenos y atrajo a un millón y medio de inmigrantes, mayormente latinoamericanos, que buscan mejores oportunidades en un país que contaba con las mejores tasas de crecimiento y desarrollo de la región. Esto último no es un dato menor: los pobres no emigran países pobres. Eso era Chile hasta el llamado estallido social 18-O.

El 18 de octubre de 2019 el aumento de 30 pesos en las tarifas del Metro de Santiago abre las compuertas a la caldera del malestar ciudadano. Razones había muchas: abusos de empresas, pensiones escuálidas, salud y educación pública insuficientes pese a los avances y al mayor gasto social impulsado por los gobiernos de la Concertación. En fin, muestras palpables –sobre la piel de la gente socialmente vulnerable– de la ausencia de grandes reformas políticas, durmientes o mal hechas. La consigna “Chile despertó” llegó a pintarse como la salida de una pesadilla de miseria y hasta de la supuesta tiranía del gobierno de Piñera de ese momento. Exageraciones que en absoluto se correspondían a la verdad de un país que en medio de conflictos, límites e insuficiencias se presentaba mundialmente como modelo de crecimiento y de lenta pero valedera disminución de la desigualdad, según el riguroso índice Gini. La exageración se expandió en las redes sociales y en la caja de resonancia de chilenos radicalizados, dentro y fuera del país. Nunca la imagen de la chispa que enciende la pradera, al decir de Mao Zedong, fue tan cierta como en el Chile de octubre 2019. Literalmente el fuego arrasó bienes públicos, iglesias, museos y propiedades privadas. El asalto a comercios por turbas que para nada sufrían hambre (como se apreció en los bienes saqueados), los casi cotidianos enfrentamientos callejeros y la ineptitud y episodios de irresponsabilidad policial en el control de los desmanes, diseñaron el cuadro, la atmósfera de violencia que nunca fue contrastada enérgicamente por el conjunto unido de las fuerzas políticas, sin ambigüedades ni obsecuencias con el poder “de la calle”.

Sin embargo, hubo otra cara de ese octubre, fue la movilización pacífica expresada en las multitudinarias marchas a lo largo del país, en los cientos de espontáneos cabildos públicos, en los foros y debates donde se exponían ideas y, sobre todo, reivindicaciones. Despertó las esperanzas de grupos e identidades personales que se sentían postergadas, ignoradas, irrelevantes para la clase política. Ello alcanzó su máxima expresión en la Convención Constitucional, un crisol de sueños reprimidos, que se consideraban irrealizables, en ocasiones llevados al extremo en  propuestas aprobadas o rechazadas en la Convención. Esas visiones se estrellaron con la dureza del veredicto de los millones de chilenas y chilenos que dijeron No a la propuesta constitucional, al final el único medio que la democracia de los ciudadanos –y no de los grupos sociales– cuenta para manifestar su poder soberano, el poder del pueblo. Fue el choque inevitable entre la ficción y la realidad política, entre el voluntarismo y las condiciones objetivas, entre las reformas y la fractura social.

No es posible comparar ambas fechas, hasta resultaría odioso: los parámetros históricos, los protagonistas y su estatura política, los riesgos y los impulsos ideales que animaron ambos hitos no son homologables; pero en cuanto a los frutos para bien del país, nos quedamos con el 5 de octubre. Aún así, si bien el 18 de octubre, después de 3 años, no sentó un “estado naciente” (al decir de Alberoni), sí puso en la agenda nacional, de manera inapelable, las reformas cuya urgencia convoca a los más, para proseguir la construcción de un Chile desarrollado y de bienestar compartido. Ambas fechas, y sus contenidos positivos, pueden y deberían unir objetivos que finalmente unificaran un sentido mayoritario de la ciudadanía, una especie de círculo virtuoso. Es una labor difícil y llena de asperezas, pero vale la pena intentarlo.

*Fredy Cancino es profesor.

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