Hace poco, un famoso político tuitero se refería en la red a la acromatopsia, que es la incapacidad parcial o total para percibir los colores, como problema de quienes «no reconocen nada bueno del texto propuesto» —del borrador de la constitución— y de quienes «niegan todo defecto y exceso». Y, un día antes, un profesor, profeta y padre (re)fundador de lo que va quedando de Chile decía que ojalá tengamos «un texto constitucional que se vea bien». Y «no va a ser un texto, creo yo, que destaque por su calidad o belleza técnica», advirtió sincero. ¡Pues vaya! ¡Qué alivio, hombre! Por una parte, pues algo bueno tendrá, ¿no? Y por la otra, claro, no esperemos El Quijote de las constituciones. Tampoco regocijará a Andrés Bello en su morada eterna por su prosa ni por su hermoso acabado jurídico, pero se va a ver bien… que fea, fea, no va a quedar.

Luego, esta semana, un reputado académico de la política, hombre de filosofía y autor, consultado por su posición prevista frente a la papeleta del plebiscito de salida, dijo que no había tomado la decisión todavía. Ya sabemos muy bien, señoras y señores, doctoras y doctores, que no hay que precipitarse como los brutos; hay que tomar asiento serenos, con cabeza fría, gesto reflexivo y análisis de profundidad insondable para examinar la monstruosidad de 499 artículos de calidad y belleza técnica —y democrática— más que dudosas, pero que ya se arreglarán en el quirófano armonizador con unos buenos estirones, suturas, clavos y parches. Y con un milagro que ojalá el Altísimo considere procedente. «Voy a aprobar si la nueva Constitución se saca un 4», remató. Un cuatro, es decir, la nota mínima que necesita cualquier deslucido para salvar el pescuezo en una prueba de estudios. El último centímetro antes de caer en la fosa común de los muertos en combate con el saber.

Pero estamos hablando de la Constitución —o de la constitución, que ya no sé si escribir con mayúscula o con minúscula inicial—, no de una empanada a la que le falta o sobra cebolla, de una chaqueta en remate por un par de hilos sueltos o de una tarea de curso en la escuela básica. Y se trata del resultado, no de meses de trabajo, sino de casi tres años de furia, incertidumbre y más paciencia que Job, la que apenas pudo contener el secretario de la Convención cuando preguntó «¿Qué vamos a hacer con este circo, presidenta?».

Pues no, señor. Que no se me antoja conformarme con un cuatro porque no quiero un país de cuatro ni de cuarta. Ya conocí uno y con eso me basta y sobra. Quiero un país de siete aunque cueste, canse y duela, que peor ya la pasaron sus próceres y héroes. Es un siete o no es. Punto. ¡O un 6.8, por Dios, que eso se arregla! No vimos a Chile arder ni pagamos un dineral a ciento y tantas cabezas, con ayudantes y logística incluidos, para que nos entreguen cualquier espantajo que «algo bueno tendrá». No los aguantamos entre dragones, gritos, cantos y duchas para, al final, soltarles un cuatro, que ya me parece excesivamente generoso. No estamos descartando una Constitución vigente decente para que nos lancen un «esto es lo que hay; se ve bien»… ni mucho menos una cosa que, más que una constitución, parece un programa político merecedor de un capítulo especial en el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano —Plinio, Carlos Alberto y Álvaro, prepárense— y en una nueva edición de Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario de Carlos Rangel.

¿Que no es realista pedir tanto? ¡Pero claro que es realista porque Chile ya fue mejor! ¡Mucho mejor! Y no solo puede volver a serlo. ¡Debe volver a serlo! O, poniéndonos más demandantes y con más esperanza que nostalgia, debe ser mejor de lo que ya fue, y eso es más libre, más próspero, más educado, más ambicioso. Sí, muchísimo más ambicioso que quien se contenta con un lastimoso y humillante cuatro. Todo esto, aunque exaspere a los militantes de las emociones, los relatos y los mitos, se mide y se siente, pero no (solo) en el corazón sino en las cuentas, en la calidad de vida, en la fortaleza de la democracia y en las expectativas para nosotros y para nuestros hijos. Lo que no estamos siendo es exigentes, implacables y valientes frente a quienes, además de pésimas ideas apaleadas por la realidad, tienen nula vocación cívica y menos preparación para un cometido nacional —no «plurinacional»— tan importante. Y bastante más voluntad y potencia ideológica que prudencia y razón. ¿Un cuatro? ¿En estas condiciones? ¿Para una constitución? ¡Por favor!

La vida es demasiado corta como para desperdiciarla en la mediocridad… y demasiado larga como para soportarla.

*Rafael Rincón-Urdaneta es ingeniero comercial.

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