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Publicado el 17 de mayo, 2019

Miguel Ángel Martínez: Actores fundamentales de la negociación en Venezuela

Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile Miguel Ángel Martínez Meucci

El conflicto venezolano es ya un eje de tensión geopolítica global. La extrema debilidad interna, el choque de múltiples agendas foráneas y una muy corrompida Fuerza Armada complican hasta ahora las negociaciones para una necesaria transición.

Miguel Ángel Martínez Meucci Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile
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La crisis de Venezuela está dejando de ser una crisis propiamente dicha y se está convirtiendo en un caos crónico con severas consecuencias para la región. Si hace unos años el problema fundamental de este país era su deriva autocrática, hoy se suman la inoperancia de las instituciones y el colapso de los servicios básicos del Estado, así como la consiguiente emergencia humanitaria compleja y la participación de cada vez más actores foráneos. A juzgar por el estado de los principales bienes y servicios públicos, y considerando que hay dos jefes de Estado reconocidos internacionalmente por dos grupos de naciones, Venezuela constituye hoy un estado fallido.

A estas alturas, todo plan de estabilización que recaiga de modo exclusivo en manos de los venezolanos es una quimera, ya que no se trata de un conflicto puramente interno, ni tampoco es un conflicto simétrico y armado entre dos fuerzas beligerantes que reclaman el control del Estado. Mucho menos está disponible una institucionalidad que permita canalizar las disputas políticas nacionales. No se trata tampoco de una autocracia convencional. El carácter político del proyecto chavista se ha diluido ante el impacto de las lógicas de carácter esencialmente delictivo que lo corroen, vinculadas a autocracias como Cuba, Rusia o China, y que en definitiva han llegado a controlar por completo los organismos del Estado. Dejar el conflicto venezolano en manos de los venezolanos es, pues, profundizar la emergencia humanitaria.

Una negociación entre venezolanos sólo es posible si hay negociación internacional.

Fundamental en este sentido es comprender la mutación experimentada por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Desde el 2000 Chávez sacó a los militares de sus atribuciones constitucionales y los fue incorporando al manejo de ministerios, embajadas, consulados, empresas del Estado, banca pública, puertos, aeropuertos y aduanas. Los hizo candidatos a cargos de elección popular. Acható considerablemente la estructura jerárquica, al punto de que hoy hay más de 2.000 generales, muchos de los cuales no comandan tropa ni controlan armamento, pero sí grandes “negocios” dentro o fuera del Estado. La formación y doctrina cambiaron por completo. Oficiales castristas han cumplido un rol decisivo en todo este proceso y mantienen un control férreo sobre una oficialidad corrompida por su manejo irregular de los bienes públicos. Se crearon además milicias y grupos paramilitares que afectan severamente el monopolio de las armas por parte del Estado.

Tras años de indiferencia o complicidad, y luego de varios millones de migrantes y desplazados, América Latina finalmente ha decidido tomar cartas en el asunto. Luis Almagro en la OEA ha marcado una línea de acción muy frontal. Unasur, casi desaparecida, ha sido sustituida por el Grupo de Lima en la gestión de las periódicas crisis venezolanas. La Unión Europea impulsa también el Grupo Internacional de Contacto. Y aunque entre el GdL y el GIC hay diferencias (el primero insiste más en la salida de Maduro, mientras que el segundo prioriza la realización de elecciones limpias), ambos reconocen a Juan Guaidó como jefe de Estado en Venezuela e intentan facilitar salidas negociadas. Maduro preferiría negociar a través del “Mecanismo de Montevideo” que impulsan sus aliados Uruguay, Bolivia y México, pero pocos confían en esta vía , y esta semana se han conocido además las gestiones que encabeza Noruega. No obstante, y más allá de estas iniciativas multilaterales, son Estados Unidos y sus rivales Rusia, China y Cuba quienes parecen dirimir el asunto en un duro pulso de realpolitik.

El alto mando militar es parte del problema a tal punto que difícilmente podría ser parte de la solución.

De momento, y a pesar de lo confuso que pueda lucir el panorama, conviene tener presente que ciertos patrones se han mantenido constantes durante el 2019:

1) Democracias y autocracias están alineadas en bandos opuestos. Una negociación entre venezolanos sólo es posible si hay negociación internacional.

2) Amenazas muy concretas pesan sobre Maduro y su entorno más cercano para que, durante tres meses, no haya ordenado apresar a Guaidó; una situación que podría cambiar si dichas amenazas dejan de ser suficientemente creíbles. Ya fue apresado el vicepresidente de la Asamblea Nacional, Edgar Zambrano.

3) Mucho depende de la posición que asuman los militares, quienes ya negocian diversas opciones de salida a la coyuntura actual. Una guerra civil luce aún lejana: los uniformados prefieren negociar como bloque su papel en una eventual transición.

4) El alto mando militar es parte del problema a tal punto que difícilmente podría ser parte de la solución. Su actual modus vivendi, basado en el control del aparato expoliador del Estado, augura que una solución negociada con ellos pasaría, si no se contemplan mayores mecanismos de presión, bien por su continuidad en tal posición, o bien por su salida con una impunidad casi total.

Mientras tanto, el tiempo corre, la emergencia humanitaria se profundiza y el éxodo sigue. Ya no hay salidas a bajo costo, y lo más probable es que el paso de las semanas y meses no haga más que incrementarlo.

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