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Publicado el 5 noviembre, 2020

Mauricio Rojas: De la ilusión constituyente al desencanto y la rabia

Profesor-investigador de la Universidad del Desarrollo Mauricio Rojas

Rápidamente se entenderá que la Constituyente y sus debates son -fuera de poco legítimos por estar compuesta por representantes de los partidos- irrelevantes para las condiciones reales de vida. Por ello, la calle será nuevamente el escenario donde se pedirán respuestas a las demandas sociales aquí y ahora.

Mauricio Rojas Profesor-investigador de la Universidad del Desarrollo
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Una aplastante mayoría de chilenos votó por una nueva Constitución redactada por una Convención Constituyente en el plebiscito del 25 de octubre. Para esa amplia mayoría fue el momento de la ilusión y la esperanza, de la hoja en blanco que cada uno llena con sus sueños particulares, un instante maravilloso en el que como niños nos dejamos arrullar por la promesa irresistible de una noche de Navidad generosa. Ojalá pudiese ser así de fácil y de mágico, pero como Carlos Peña no se cansa de enseñarnos, el deseo o principio del placer se estrella a menudo con el duro principio de la realidad; las cosas como quisiésemos que fuesen con lo que realmente son; el sueño de la abundancia con las implacables limitaciones de la escasez. Cuando ello pasa, la ilusión puede fácilmente transformarse en desencanto y el desencanto es la breve antesala de la rabia. Mucho me temo que por esa pendiente se deslice nuestro país.

Si el 78,27 por ciento que votó por una nueva Carta Magna fuese un conjunto organizado y cohesionado en torno a un programa de reformas, Chile tendría, para bien o para mal, un derrotero claro por delante. Pero no lo es. Ese resultado no es más que un enigma que nos deja un mar de interrogantes y un coro de simuladores de pitonisa que tratan de descifrarlo a su favor. Lo que sí sabemos con cierta certeza es que la fuerza arrolladora del Apruebo fluyó de una multitud de rechazos, de descontentos, voluntades y deseos muy diversos y difícilmente conciliables entre sí. Por eso, lo más probable es que a poco andar todos se sientan defraudados.

Se pueden avizorar tres momentos críticos en el camino hacia la decepción y la rabia. Mirémoslos brevemente.

El primero ocurrirá ya antes de que la Convención comience a trabajar en mayo del próximo año. Es un hecho de la causa, ratificado por todas las encuestas de que disponemos, que tanto “los políticos” como las instituciones políticas gozan de una profunda repulsa de gran parte de la ciudadanía. Sean de izquierda, de derecha o de centro, exceptuando algunos alcaldes, nadie se libra del desprestigio generalizado que hoy envuelve al conjunto de nuestras élites dirigentes. Por ello es evidente, y así lo indica el repudio masivo a una Convención mixta, que la inmensa mayoría de los votantes del Apruebo quería ver “caras nuevas” redactando la Constitución, gente que no perteneciese a la clase política y, en general, personas no contaminadas por la supuesta radiación letal que emana de los partidos políticos. Pero pasará lo contrario. Representantes de los partidos dominarán la nueva asamblea por el peso de sus maquinarias electorales y las ventajas que les da la legislación electoral.

En vez de caras nuevas, se verá, y ya se ha visto, cómo reviven muchos rostros de ayer y de anteayer, especialmente considerando que muy pocos de los políticos hoy en funciones estarán dispuestos a perder las regalías de sus cargos actuales y, además, quedar imposibilitados para postular a otros cargos electivos. Por supuesto que también serán elegidos algunos independientes, reales o apadrinados por algún partido. Pero ello no cambiará lo fundamental y provocará la desilusión y la ira de quienes considerarán que la clase política y sus acólitos le han robado el triunfo a aquella mayoría que votó por el Apruebo.

De esa manera, la Convención Constituyente nacerá de hecho medio muerta, es decir, no sólo carente de legitimidad, sino lisa y llanamente repudiada por muchos por ser “más de lo mismo”. Ello, además, potenciará las voces más extremistas tanto dentro como fuera de la Convención que apelarán a la movilización de la calle contra la usurpación constituyente como una forma de imponer sus puntos de vista minoritarios.

El segundo momento crítico tendrá que ver con la economía y la pandemia. El año 2021 será duro por dos razones. La primera por el impacto de la incerteza sobre las reglas del juego económico propia de un período refundacional como el que se ha abierto. La segunda, y no menos importante, por la alta probabilidad de que se produzca una segunda oleada de coronavirus al acercarse nuevamente el invierno. La experiencia europea deja pocas dudas al respecto y ello vendrá no sólo a quebrar una eventual recuperación económica, sino a hacer permanente la ya difícil situación en que vive una gran parte de la población. Para sectores de las nuevas clases medias implicará un paso más hacia la pérdida definitiva de mucho de aquello que se había alcanzado con tanto sacrificio. Para el Estado significará una mayor presión sobre unas cuentas fiscales ya fuertemente apremiadas por los compromisos asumidos durante el presente año y un endeudamiento que será cada vez más costoso. Así, la ilusión de un Chile mejor y más próspero se estrellará contra la frustrante realidad de un Chile más pobre, vulnerable y asediado por la enfermedad.

Por último, y reforzando lo anterior, tendremos la frustración respecto de todo aquello que potenció tanto las protestas del estallido social-asocial como el voto por el Apruebo. Me refiero a las demandas en torno a una mejor salud, educación, vivienda, servicios, transportes y pensiones. Nada de ello va a cambiar en el corto o mediano plazo, independientemente de lo que se escriba en la nueva Constitución. Solamente la redacción y aprobación del nuevo texto constitucional tomará un par de años y tener recursos para dar respuesta a todo aquel universo de demandas tomará aún mucho más tiempo y mucha paciencia en un país de crecimiento lento como será el Chile venidero. Y eso  ̶ tiempo y paciencia ̶   es justamente lo que gran parte de nuestra ciudadanía no tiene.

Rápidamente se entenderá que la Constituyente y sus debates son, fuera de poco legítimos como ya indicamos, irrelevantes para las condiciones reales de vida. Por ello, la calle será nuevamente el escenario donde se pedirán respuestas a las demandas sociales aquí y ahora, lo que volverá a brindarle a los grupos violentistas aquel paraguas de movilizaciones que requieren para poder desplegar a fondo su accionar destructivo. Todo ello aplaudido y utilizado por supuesto por la izquierda radical y combinado con las contiendas electorales del próximo año.

A lo anterior hay que sumarle un gobierno extraordinariamente debilitado y un parlamentarismo de hecho con conductas altamente irresponsables. Este es el panorama, nada halagüeño, que es posible avizorar hoy. De hacerse realidad, la ilusión constituyente será vista por muchos como una engañifa, un desvío que tramposamente se presentó como un atajo hacia un Chile mejor.

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