El 4 de septiembre es una fecha histórica en nuestro país. Durante décadas fue el día de las elecciones presidenciales que llevaron a La Moneda a Gabriel González Videla, Carlos Ibáñez del Campo, Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende. Cada una de estas elecciones fue una oportunidad histórica para definir el rumbo del progreso del país en cada período presidencial. 

Sin embargo, la decisión de este domingo 4 de septiembre es mucho más relevante. El país está en medio de una doble crisis. Por una lado, una evidente discordia constitucional que ha marcado el debate político de los últimos años y, por otro, subsisten urgencias sociales largamente postergadas en salud, educación, pensiones, delincuencia o crecimiento económico, entre otros temas de interés ciudadano. 

A pocos días de la elección, hay pocas cosas que puedan mover la aguja electoral y la gran mayoría de los chilenos ya tomó su decisión. Por eso, vale la pena recordar qué es lo que realmente se vota este domingo. 

Primero, una mala propuesta con tres ejes centrales que son dañinos para la estabilidad democrática y las oportunidades de progreso de las personas y las familias: un sistema político empobrecido que concentra el poder en vez de limitarlo; un estatismo asfixiante que ahoga la iniciativa de las personas y dificultará resolver problemas públicos y sociales, y un indigenismo exacerbado, con derechos especiales para pueblos originarios, distintos sistemas jurídicos, la plurinacionalidad y un preocupante reconocimiento “al derecho de los pueblos y naciones indígenas a sus tierras, territorios y recursos”. Más aún, hay elementos que por sí solos bastan para votar Rechazo: las puertas abiertas a un aborto libre, la supremacía de una igualdad sustantiva sobre la igualdad ante la ley o la existencia de privilegios para grupos identitarios, entre muchos otros. 

Todas las Constituciones responden al gran problema de su época. La de 1925 responde al parlamentarismo de facto con un refuerzo de la figura presidencial; la de 1980 busca asegurar la propiedad y la iniciativa ciudadana frente a los hechos que la antecedieron. En cuanto al borrador, este debería haber entregado herramientas para enfrentar la violencia, el terrorismo y la delincuencia; cimentado las bases para la innovación y el emprendimiento en tiempos de rápidos cambios económicos o dotar al país de un Estado más moderno, ágil y eficiente. Nada de eso es abordado. 

Segundo, por la forma en que se desarrolló el proceso. Es cierto que Chile siempre ha redactado su Constitución en tiempos de crisis: 1833, 1925 o 1980 y en cada caso se impuso un verdadero poder fáctico constituyente: el poder de la fuerza, especialmente de los militares. Pero aquí se impuso un poder fáctico cuyo principal origen está en severas alteraciones de las reglas electorales, como por ejemplo, la incorporación de 17 escaños reservados para pueblos originarios, que dio a sus representantes un poder de veto insospechado o un privilegio a supuestos independientes que en la realidad estaban mejor articulados que muchos partidos políticos. A esto se suma la grave falta de deliberación democrática en el seno de la Convención, producto de una mentalidad refundacional y sectaria, con lamentables actos de cancelación política, amenazas y funas, que sólo la radical caída del respaldo ciudadano vino a suavizar. 

Por último, pero más importante, votar Rechazo este domingo, más que negar la discordia constitucional y la posibilidad de contar con una nueva Constitución, significa rechazar el proyecto refundacional que la extrema izquierda ha impulsado desde el Gobierno y la Convención. Ese proyecto niega nuestro progreso social y económico, cuestiona -e incluso profana- nuestros símbolos patrios y se avergüenza de nuestra historia, cultura y tradiciones. 

Por eso, este domingo, como en tantas ocasiones de nuestra historia, los chilenos tenemos una nueva oportunidad de proteger nuestra libertad, la unidad nacional y nuestros derechos. A eso estamos convocados. Por eso voto Rechazo. 

*Julio Isamit es ex ministro. Director de contenidos Instituto Res Publica. 

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