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Publicado el 05 de julio, 2019

José Ignacio Concha: Juventud sin deberes

Abogado, presidente Centro de Estudios Sociedad Libre José Ignacio Concha

El 9 de julio celebramos el día de la bandera nacional, conmemorando el histórico combate de La Concepción, donde 77 jóvenes dieron su vida por Chile. Esta fecha tiene bastante por decirnos, en especial a los jóvenes chilenos, más aún después de las últimas semanas, en que hemos presenciado a estudiantes de liceos públicos emblemáticos destruyendo sus colegios, agrediendo a sus profesores y enfrentándose con la fuerza pública.

José Ignacio Concha Abogado, presidente Centro de Estudios Sociedad Libre
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El 9 y 10 de julio de 1882, hace ya 137 años, en las postrimerías de la Guerra del Pacífico, tuvo lugar el Combate de la Concepción, donde 77 jóvenes dieron su vida por Chile. Entre ellos estaba el Capitán Ignacio Carrera Pinto, al mando de la compañía, que a la sazón tenía solo 34 años de edad. Esta gesta heroica no es menos gloriosa que el mismo Combate Naval de Iquique, por cuanto fue otra demostración sublime del carácter y valentía de los chilenos, que prefirieron morir antes que su bandera dejara de flamear.

A raíz de este hecho histórico, se instituyó legalmente el 9 de julio de cada año como el día oficial de la bandera nacional, ocasión en la cual se realiza el tradicional juramento a la bandera. Asimismo, la fecha tiene correlación con celebraciones similares, como el 14 de junio, día de la bandera de los Estados Unidos, o el 23 de abril, día de la bandera en Inglaterra.

Esta fecha tiene bastante por decirnos, en especial a los jóvenes chilenos, más aún después de las últimas semanas, en que hemos presenciado a estudiantes de liceos públicos emblemáticos destruyendo sus colegios o quemándolos, agrediendo a sus profesores y enfrentándose con la fuerza pública. También hemos conocido que un porcentaje importante de ellos considera la violencia como un “método legítimo” de manifestarse. Asimismo, los escuchamos con frecuencia reivindicar sus derechos, manifestarse con vehemencia por sus aspiraciones y defender con fuerza sus objetivos.

Además de los años que han pasado, ¿qué diferencia a los jóvenes de La Concepción y a los jóvenes de hoy? ¿Cuántos de los jóvenes de hoy están dispuestos a renunciar a sus derechos por el bien de otros? ¿Cuántos jóvenes de hoy sacrificarían su tiempo para ayudar a otros? ¿Cuántos jóvenes de hoy dirían que no a sus sueños, con tal de ayudar a su país? Y por cierto, ¿Cuántos jóvenes de hoy darían su vida por Chile sin dudarlo ni esperar nada a cambio? Son preguntas fuertes y profundas para una juventud chilena ensimismada en lo individual, anestesiada por la inmediatez de lo material o prisionera de lo efímero, sin preguntarse por el bien común de la sociedad.

Ciertamente esta fecha puede servir de guía a las nuevas generaciones, donde la reflexión central sea salir de las fronteras del individualismo en que vivimos, de la filosofía del “yo”, para adentrarnos en una sociedad en que consideremos a los demás, a los otros, especialmente a los más débiles, a los invisibles, o a quienes más lo necesitan. Debemos abandonar la errada visión de que sólo somos titulares de derechos, para asumir la responsabilidad ineludible de cumplir con nuestros deberes. Los derechos presuponen deberes, y sin el cumplimiento de éstos, el ejercicio de aquellos se ve seriamente amenazado.

Tal vez la juventud de hoy debiera partir por dar ese trascendental paso: junto con reivindicar sus derechos, cumplir con sus deberes. Imitar el espíritu de los héroes de La Concepción, de esos valientes jóvenes chilenos que murieron por su Patria sin esperar nada a cambio, y entender que en las renuncias también existe justicia, porque al preocuparse de los demás, nos entregamos por algo mucho más noble que únicamente exigir lo mío. Cambiar el “yo quiero” por el “yo debo”, significaría bastante para una juventud que sólo es consciente de sus derechos, pero ignora sus más elementales responsabilidades, o como diría G.K. Chesterton “Para corromper a un individuo basta con enseñarle a llamar «derechos» a sus anhelos personales y «abusos» a los derechos de los demás”.

Probablemente, no se exija dar la vida para cumplir con sus obligaciones, pero si se exige estudiar, cuidar sus liceos, respetar a sus padres y a sus profesores, ayudar a sus compañeros, respetar a quienes son diferentes, no discriminar a nadie por su origen, dar lo mejor de sí, ayudar a quien lo necesite, dar el asiento en el Metro, respetar a los adultos mayores o saludar con cariño al auxiliar. Simples acciones como estas cuestan nada y ayudan tanto.

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