Ayer vimos con gran preocupación los hechos ocurridos en La Araucanía. La ministra del Interior, Izkia Siches decidió ir con su equipo a una reunión en Temucuicui con el padre de Camilo Catrillanca. Cuando faltaba poco para llegar a esa comunidad, fueron recibidos con ráfagas de disparos que les impidieron continuar con su camino.

Todo esto se enmarca en la visita de 6 ministros del recién asumido gobierno para intentar resolver la situación que se vive en la zona, tras descartar la continuidad del estado de excepción constitucional, que permite que las Fuerzas Armadas colaboren en la labor de seguridad pública con Carabineros y la Policía de Investigaciones.

A propósito de esto mismo es que los diversos voceros y personeros del gobierno, y de la izquierda en general, esgrimen que hay que privilegiar el diálogo por sobre la “militarización” de la zona. Los ataques de ayer constituyen un duro golpe con la realidad, porque demostró, entre otras cosas, que no basta con la buena voluntad de querer dialogar, para aproximarse a resolver el conflicto.

Declaraciones posteriores de personas en redes sociales demuestran que hay una cierta izquierda que piensa que solo ellos tienen realmente ánimo de diálogo y los esfuerzos que se hicieron durante el gobierno anterior respondían a la tradicional lógica colonialista. Por ejemplo, la periodista Mirna Schindler señaló en sus redes sociales que los hechos de ayer “dan cuenta que la noble intención de diálogo no basta”. Este tipo de declaraciones muestran que quizás pensaban que los que renunciaron al diálogo son aquellos que eran víctimas de los delitos terroristas o las autoridades anteriores y que –recién– este nuevo gobierno tiene una noble intención de diálogo.

El gran problema es que cierta izquierda, gobierno incluido, no quiere asumir que lo que ocurre en La Araucanía es terrorismo, y no lo asumen porque ellos mismos comparten las causas de aquellos que lo ejercen. El diálogo en abstracto no dice nada. Cuando uno dialoga con personas que han utilizado la violencia para conseguir sus objetivos, y les termina concediendo los objetivos, no se llama dialogar, se llama claudicar.

Lo que estamos viendo es la encrucijada entre trabajar para que impere el Estado de Derecho, o la claudicación definitiva del Estado de Chile frente a personas que creen que es legítimo dispararle a civiles inocentes y desarmados para conseguir sus objetivos.

*José Francisco Lagos es director ejecutivo del Instituto ResPublica

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