Con gran elocuencia verbal -pero también con mucha sustancia- la policía peruana recordó recientemente uno de los episodios más relevantes de la historia política de las últimas décadas, la captura de Abimael Guzmán, alias Comandante Gonzalo, el líder máximo de Sendero Luminoso. Sin importar la métrica que se utilice, fue el grupo terrorista más sanguinario que haya existido en América Latina. Se trató de una operación magistralmente planificada y ejecutada. Sin embargo, goza de poco reconocimiento. Muchas esquirlas saltaron y continúan saltando hasta el día de hoy.

El recuerdo vivido, y cuyo video está disponible en YouTube, obliga a repasar algunos aspectos del fenómeno senderista, cuya vigencia permanece y dan sentido a las grandilocuentes palabras del general Oscar Arriola, comandante de la Dirección General contra el Terrorismo de la Policía Nacional del Perú.

Sus miradas, gestos e índices agitados al aire, parecían marcar como latigazos a un interlocutor privilegiado, sentado justo enfrente de él. El actual mandatario, Pedro Castillo. El hombre parecía escuchar impertérrito, pero sus ojos traslucían indisimulado nerviosismo. Se le adjudica tener demasiada cercanía con los últimos despojos de Sendero.

El altisonante recuerdo policial parece muy sugerente del ánimo que prevalece en Lima. Proviene del hecho que la citada operación, denominada «Victoria», sigue muy presente en la mente de la élite y la sociedad peruanas. Es como si hubiese sido ayer que, pese a estar con el agua al cuello, todos se limitaban a rezar. Parecían entregados al destino trágico, y muy pocos apostaban al aniquilamiento de esta fuerza irregular, que ya había empezado a actuar en Lima y en otros grandes centros urbanos, dejando de lado la estampa rural que hacían gala los grupos maoístas. El Camarada Gonzalo había decidido la toma del poder total.

Fiel a los consejos de Mao, de iniciar la lucha revolucionaria en el campo, para luego cercar las ciudades, Sendero Luminoso se mostraba como un alumno aventajado y excepcional. Ya tenía a Lima casi en sus manos.

Los peruanos esperaban aterrados. Los compañeros de lucha más exitosos de Sendero habían sido los Khmeres Rojos, quienes una década antes se habían apoderado de Camboya. Hasta hoy se recuerda su macabro régimen en esos museos al aire libre mostrando montañas de calaveras. Los impresionantes killing fields.

Sendero Luminoso, portando un engañoso nombre, buscaba instalar una Camboya en suelo latinoamericano. Sentía un enorme orgullo de sus ideales y de sus grandes avances.

Abimael Guzmán había surgido como un iluminado profesor de Derecho (no de Filosofía, como se cree), cautivando a un puñado de alumnos de primer año en la Universidad Nacional de San Agustín en Arequipa. Los jóvenes lo miraban embrujados, y salían a llevar la buena nueva por la sierra, como verdaderos misioneros. Ganaron los centros de alumnos y obtuvieron una presencia pública nunca antes vista. La palabra del miope profesor universitario, convertido en apóstol, se había esparcido como un reguero. Pedía a sus jóvenes acólitos que le llamaran Camarada Gonzalo, pues se sentía habitando el máximo pedestal revolucionario mundial, junto a Marx, Lenin y Mao. Era la Cuarta Espada, como le gustaba decir.

Por eso, conectado de profundis con sus desvaríos ideológicos, mostró con veneración genuina al jefe del comando que lo capturó, Ketin Vidal, el conjunto de memorabilia revolucionaria que atesoraba, y donde resaltaban insignias obsequiadas por el mismísimo Mao. La policía le permitió que las siguiera cuidando con esmero en su celda en la Base Naval del Callao. Así fue hasta el día de su muerte, el 11 de septiembre del año pasado.

Sugestiva la fecha de su fallecimiento, pero también el lugar. Las FF.AA. y policiales peruanas no aceptaron tenerlo en dependencias «no militares». La razón es emblemática. Todo lo relacionado con el capítulo Sendero Luminoso se considera aún hoy botín militar, por el peligro que significó para la integridad del Estado.

Al momento de caer su líder, el enfrentamiento de Sendero contra el Estado peruano mostraba un saldo espeluznante, cuyas cifras jamás han podido ser precisadas, pero que hablan de, al menos, 35.000 muertos, 6.000 desaparecidos, 600.000 desplazados y tres mil presos condenados por terrorismo, aunque no todos ellos fueran culpables ni pertenecieran a la organización. 23.000 atentados y 21.000 millones de dólares en pérdidas materiales por todo el país. Cifras que describen, por un lado, el clima de miedo imperante en todo Perú, y, por otro, que la tarea asignada a la policía parecía sencillamente irrealizable. Era cosa de tiempo para que esta tenebrosa variante del marxismo hiciera añicos al país.

La gesta revolucionaria, que parecía apoderarse de Perú, había comenzado doce años antes, cuando Sendero interrumpió unas elecciones en la localidad de Chuschi en Ayacucho,  quemando urnas y cuanto tuviesen a su alcance. Curiosa tendencia pirómana, que se repite una y otra vez.

Siguieron los asesinatos de policías y de campesinos poco dóciles, las extorsiones a los más poderosos, los perros colgados de los postes y cables eléctricos, las tomas de terrenos, las ocupaciones masivas de edificios públicos. Un verdadero arsenal de terror, como nunca antes visto en grupos similares de las décadas previas.

Un segundo conjunto de acuciantes interrogantes sobre la experiencia senderista va más allá de los aspectos militares y de inteligencia. Se focaliza en su significado político y su desafío al sistema democrático.

Es un ejercicio relevante y actual, pese a esa incómoda, pero insoslayable, figura llamada Alberto Fujimori. La irrupción de éste en la vida política del país entronca precisamente con la incapacidad de los partidos, y dirigentes de ellos, para enfrentar a las fuerzas oscuras y hostiles a la democracia. Todos prefirieron arroparse en el falso diagnóstico de una presunta violencia rural, circunscrita y lejana. Incluso, algo folclórica.

La continua queja sobre las prácticas no democráticas de Fujimori elude la cuestión central. Y es que el autodenominado progresismo evita cualquier autocrítica por la sencilla razón que las conclusiones apuntan a su propia culpabilidad.

Sendero Luminoso representa la devastación que puede producirse en un país ante la ausencia de diagnóstico adecuado y de decisión para enfrentarlo.

Por eso, las décadas siguientes han mostrado -hasta hoy- los costos pagados por la democracia peruana, al no preocuparse a tiempo y ni siquiera sospechar el largo vía crucis que asomaba en el horizonte.

La semilla germinó prioritariamente -y lo ha dicho Gustavo Gorriti, el más respetado senderólogo peruano-  cuando las élites limeñas dilataron su respuesta y se negaron a admitir que no era un simple foco de abigeato.

Hoy en día ya se sabe -o debiera saber a partir de la experiencia senderista– que la violencia política en gran escala representa, junto a otros temas desagradables, como la inmigración descontrolada, aquello que algunos denominan la sleeping beast de las democracias. Una bestia dormitando, a la espera de irrumpir como torbellino a la primera aparición de debilidad. Sea en incapacidad para identificar un desafío o en reaccionar.

Los peruanos lo aprendieron. Parcialmente. Hasta ahora en inteligencia y operatoria policial. A eso responde la energía y grandilocuencia del general Arriola. Años más tarde, fue en lo militar con Chavín de Huantar, cuando acabaron  con otro grupo (más convencional), que también sembraba el terror.

Sin embargo, en lo político aún no encuentran el antídoto definitivo a las crisis. La fragmentacion de partidos y su debilidad orgánica no son productos del fujimorismo, sino de haber dejado germinar a Sendero.

La democracia en el vecino país se desmoronó cuando en un tranquilo barrio limeño de clase media, llamado Surquillo, se fraguaba el sanguinario edén senderista.

La historia juega con paralelos difíciles de asimilar.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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