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Publicado el 24 de junio, 2020

Francisco Orrego: El mal de las cajas locas

“No sé con qué criterio se reparten”, declaró uno de los parlamentarios beneficiados. Es una buena pregunta. Tampoco tengo muy clara la respuesta. Pero sí tengo mi propio criterio para escoger los productos básicos con que llenaría las cajas dirigidas a parlamentarios, sea de izquierda o derecha.

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El Gobierno, en un esfuerzo titánico y solidario, se encuentra muy avanzado en la distribución de las 2,5 millones de cajas de alimentos para los chilenos más vulnerables. A dicho esfuerzo se suma el compromiso  del sector privado, a través de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC) y su iniciativa SiEmpre, de desplegar una red de voluntarios para repartir cajas de alimentos a lo largo de Chile. Pero no son los únicos. Todos conocemos de iniciativas de la sociedad civil que, movilizados por un sentimiento de nobleza, solidaridad y compañía, se encuentran desplegados ayudando a los más necesitados. Todos dignos de aplausos, tal como vemos a diario en redes sociales.

Me imagino que, a estas alturas, ya sospechan que esta columna no se trata de estas cajas. Tienen razón. Me quiero referir al mal de las cajas locas. En medio de la vorágine de la crisis, resulta esperable que una mega empresa de esta envergadura experimente problemas, errores y, también porqué no admitirlo, irregularidades. Es una campaña inédita en nuestro país y nadie estaba preparado para diseñarla y ejecutarla. Aún así, las voces pequeñas y mezquinas de la política no han podido estar ausentes para criticarla. A muchos políticos y alcaldes de cuarta les asegura un minuto de fama. Con la complicidad de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, se han dedicado a dirigir al coro de los inconformistas y obstruccionistas con cualquier medida que adopte el Gobierno. No se resisten. Sin embargo, como era de suponer, algunas de estas cajas llegaron a quienes no debían llegar. Son las cajas locas. Nunca se sabrá si les llegaron por un error administrativo o por alguna triquiñuela del mismo receptor. Lo cierto es que jamás les debió haber llegado.

Entre quienes se encuentran como beneficiarios de estas cajas locas hay parlamentarios del Frente Amplio, quienes me han pedido la reserva de su identidad para no perder el anonimato que les confiere el 1% de respaldo. Como sea, me imagino la cara de felicidad cuando les llegó la caja. De seguro, la primera pregunta que se les vino a la mente fue si habían comprado algo en Amazon, Cornershop, Aliexpress o bien en alguna multitienda. Tamaña desilución. Era una caja de alimentos. Frente a la incómoda pregunta de algún familiar de porqué les había llegado una caja, me imagino la cara de compungido o culpable del parlamentario. “Tiene que ser un error del Gobierno”, apostaría que respondió. Pero la frase que finalmente los liquidó fue la de un vecino que -con cara de sarcasmo- le espetó: “No sabía que los parlamentarios eran pobres”. Golpe al mentón.

“No sé con qué criterio se reparten”, declaró uno de los parlamentarios beneficiados. Es una buena pregunta. Tampoco tengo muy clara la respuesta. Pero sí tengo mi propio criterio para escoger los productos básicos con que llenaría las cajas dirigidas a parlamentarios, sea de izquierda o derecha. Veamos el contenido de estas cajas antipopulismo. Lo primero sería poner un texto actualizado de la Constitución vigente, esa misma que ellos juraron o prometieron respetar, y que en los últimos meses se han sentado en ella cuan lustrin de zapatos, a través de la presentación de toda clase mociones inadmisibles e inconstitucionales, de acusaciones constitucionales abusivas y de propuestas populistas e irresponsables. Un segundo producto que no puede faltar es un libro básico de economía, pero no uno elaborado por un académico de la Universidad Popular de Recoleta o de la ARCIS, como algunos desearían, sino que de una escuela de economía respetada. Ojalá con harta ilustración para que no se aburran. En tercer lugar, agregaría un libro de un gran político, caudillo o estadista del siglo XX, para que aprendan a hacer política con mayúsculas y a poner el interés nacional por sobre sus intereses personales. De preferencia, metería uno de Churchill, idealmente en español. Tampoco puede faltar una brújula, para que no pierdan el norte. Por último, completaría la caja con un rollo de papel higiénico. Dejaré a su imaginación la utilidad del mismo.

Mientras avanzo para terminar de armar las cajas antipopulismo para los 198 destinatarios de Valparaíso, aunque algunos ya tengan su pasaje de salida en la mano, concluyo esta columna con la adaptación de una antigua cita de mi amigo Winston Churchill: “Hay una terrible cantidad de mentiras sobre (los políticos), y lo peor de todo es que la mitad de ellas son ciertas” (entre paréntesis es mío). Entre esas mentiras verdaderas, está que el virus del populismo -que afecta transversalmente a nuestra clase política- llegó para instalarse. A medida que nos acerquemos al plebiscito de octubre, surgirán toda clase de ofertones inconstitucionales y demagógicos. Será el momento de abrir una caja, pero será la de Pandora; la Pandora constitucional.

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