En el mundo globalizado en el que estamos insertos el desarrollo de un país depende cada vez más del escenario externo, del estado político y económico mundial. Esta dependencia se agudiza aún más para los países en vías de desarrollo, como es el caso de Chile.

Sin embargo, pese a esa vulnerabilidad que llevamos sobre nuestros hombros, es importante destacar que el progreso de un país no queda, esencialmente, a merced de la economía mundial, ni tampoco se puede reducir a un mero crecimiento económico, ya que éste encuentra su fundamento en una dimensión humana incuantificable, aunque decisiva para que una economía se expanda o se contraiga.

¿Cuál es ese fundamento? El amor que esa misma nación ofrece a su gente, que se expresa en una atmósfera de confianza que alienta e inspira a cada una de esas personas a ser más dueñas de sí mismas y más responsables en la búsqueda del bien común.

En un momento histórico en que Chile atraviesa una profunda crisis social nos puede parecer alejado de la realidad y hasta extraño hablar de crecimiento y desarrollo. No obstante, todos sabemos por experiencia propia, o por testimonio de las generaciones que nos precedieron, que toda crisis supone una oportunidad de aprendizaje, la cual indica que algo se ha roto por haberse separado de su fundamento y sentido. Chile se ha roto porque se ha desligado de su fundamento y sentido, se ha separado de ese amor que inspira a su gente a ejercer su libertad en pos del bien común.

Esta crisis de sentido se debe a que la sociedad chilena hace ya tiempo se desligó de un eje rector que asienta los cimientos de un estado democrático. Tal eje consiste en admitir que el bien de la persona es el fin primero del Estado y que ella nunca puede subordinarse a los intereses de un colectivo. Por el contrario, es el Estado quien debe estar al servicio de la persona  y otorgar. las condiciones suficientes que permitan al ciudadano ejercer la libertad de modo recto  ¿Cuál es la raíz del olvido de este eje rector? 

La raíz de este olvido reside en que cada vez aumenta entre nosotros una desconfianza, concretamente sospechamos que seamos capaces de ejercer la  libertad con sentido de responsabilidad y en beneficio de los demás.

Surge un miedo cada vez más hondo con respecto a la libertad del otro, hasta al punto que casi sin darnos cuenta levantamos entre nosotros un muro cada vez más alto, que nos protege del potente daño del otro, pero al mismo tiempo nos encierra cada vez más en nuestros propios intereses y nos volvemos más indiferente con respeto todo aquello que nos saca de nuestro propio confort y seguridad personal.

¿Cómo construimos un país democrático, si entre nosotros hemos levantado un muro que nos separa abismalmente? ¿Cómo perseguimos el bien común en conjunto si no comprendemos que éste es fruto del buen uso de la libertad de cada persona? No es suficiente un sistema económico determinado, no es suficiente una determinado gobierno, no es suficiente tampoco una determinada Carta Magna para que Chile vuelva a recuperar su sentido como país. Pero sí es necesario que volvamos a creer que Chile es la tierra que valora e impulsa el surgimiento de personas cada vez más autónomas y más cooperativas entre sí. 

La filosofía y también la psicología nos enseña que tanto los países como las personas tienden naturalmente a su propio crecimiento y que tanto los países como las personas individuales disponen de los recursos para la consecución de su pleno desarrollo. También nos enseñan que los países son el reflejo y el resultado del modo cómo su gente interpreta la vida y asume una determinada actitud ante cualquier acontecimiento histórico.

En efecto, apreciamos que un país se dirige hacia su propio crecimiento cuando notamos que su gente se comporta con mayor soberanía, son más dueñas de las circunstancias y gozan de una mayor inmunidad para defenderse de presiones o manipulaciones externas. 

Cada persona es dueña de un mundo interior, de un espacio personal que nadie puede entrar si ella así lo decide y en el que ella elige con total independencia la actitud ante su propia existencia. Ciertamente toda persona goza de ese mundo interior, sin embargo pocas llegan a cultivarlo, pues sólo algunas  descubren que la fortaleza más grande de la vida humana no reside en las circunstancias que la rodean, sino en la decisión íntima de transformar todo lo que acontece en la vida, incluso las más difíciles y dolorosas,  en oportunidad de crecimiento y de grandeza personal.

El libro de Viktor Frankl El hombre en busca de sentido atestigua de modo veraz  y profundo esta capacidad humana de gozar de una independencia mental con respecto al destino que le depara al ser humano en su trayectoria vital. 

La filósofa y escritora Emily Esfahani propone en su libro,  El arte de cultivar un vida con sentido, cuatro pilares para forjar una vida plena y satisfactoria. Estos cuatro pilares son el sentido de pertenencia, el propósito, la trascendencia y la narrativa. Todos estos pilares apuntan a las distintas maneras en que las personas encuentran un significado a sus vidas y alcanzan  niveles de libertad cada vez más hondos y fecundos.

El pilar de pertenencia apunta al tipo de relaciones que establecemos con los demás. Experimentamos la pertenencia cuando en la relación con los otros somos valorados intrínsecamente, nos estiman por quienes somos en esencia. Puede suceder que en una relación íntima, como en una relación familiar o de pareja , no cultivemos una pertenencia porque somos valorados por nuestros logros, por la imagen que proyectamos, por nuestro dinero, pero no por ser quienes somos realmente. La pertenencia se puede dar en una relación en la cual vivenciamos nuestro valor e importancia como personas, aunque también se puede extender a una comunidad de personas. 

El pilar del propósito consiste en dedicarse a una tarea que contribuya a mejorar la vida de los demás, cuyo efecto concomitante es la experiencia de una gran satisfacción personal. El propósito es el componente del sentido que nos orienta hacia el futuro, que nos lleva a querer realizar una tarea valiosa y significativa para los demás, como es educar a los hijos, inventar una cura a una enfermedad, mejorar la educación de un barrio o comunidad particular, etc. Lo importante del propósito no es tanto lo que se haga en concreto, sino la actitud con la cual elegimos hacer determinada actividad o trabajo.   

El pilar de la trascendencia eleva a las personas por encima del ajetreo cotidiano y las impulsa  a vincularse con realidades que la conducen hacia algo más grande que ellas mismas, que traen a su vidas la experiencia de la belleza como es el contacto sublime con la naturaleza, con las artes y con la mística que las lleva a reconocer lo divino y lo sagrado de la existencia humana. Por último, el sentido de la narrativa tiene como fin  permitir que las personas relaten sus vidas desde una historia liberadora que integre las experiencias negativas como momentos que ayudan a encaminar al ser humano hacia su madurez.  

Cada uno de estos pilares por sí mismos pueden considerarse como remedios para curar la crisis que afecta a una persona individual, pero también aquella que oprime a toda una nación.

En efecto, la crisis de Chile implica un quiebre en los lazos de pertenencia al interior de la sociedad chilena. Los chilenos, en especial los más jóvenes, optan por un vida más individualista, que les asegure un bienestar económico sin la necesidad de depender de vínculos de amistad.

Recuperar los vínculos de pertenencia, reconocer al otro por su valor intrínseco y no sólo por su utilidad, modificaría profundamente los ambientes familiares y laborales. Por otra parte, también Chile requiere ir tras un propósito valioso, que restaure la identidad chilena y el sentido patriótico de su gente. Finalmente, necesita relatar una historia que destaque lo más grande e inédito de su gente y crear una cultura que se inspire en la belleza de esas realidades naturales que incitan  el asombro e invitan al recogimiento.

¿Desde dónde comenzamos a curar nuestra herida nacional? Desde el pilar de la trascendencia porque sólo el contacto  vital con la belleza nos restaura por dentro, nos renueva el deseo de vivir y nos empuja hacia una realidad noble más grande que nosotros mismos.

Platón nos dice en el diálogo el Fedón que cuando alguien llega finalmente  a conocer la belleza en sí es el momento de la vida en que más que ningún otro, adquiere valor la misma existencia. El mismo Dostoyevski afirmó que la belleza salvará al mundo, en el sentido que lo único que curará al ser humano y la sociedad entera de la tristeza, del odio  y  del miedo al amor es el contacto con lo sublime. 

El crecimiento de un país depende esencialmente del modo como su gente interpreta la existencia. Aquello supone para nosotros una feliz noticia dado que nuestra esperanza no la debemos depositar en los organismos externos, ni en los gobiernos de turnos, ni siquiera en la Constitución que escribamos, sino en nosotros mismos, en esa capacidad natural que tenemos como seres humanos de dotar belleza y significado a nuestras vidas.  

*María de los Ángeles Astaburuaga es doctora en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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