Un frenesí antirruso se ha extendido por Occidente tras la invasión de Vladimir Putin a Ucrania. Amenaza con alcanzar, incluso, al astronauta soviético Yuri Gagarin. En Mondorf-les-Bains, Luxemburgo, una estatua de Gagarin fue escondida debajo de una sábana gris. Y The Space Foundation anunció que su evento de siete años “Yuri ‘s Night” pasará a llamarse “A Celebration of Space: Discover What’s Next” debido a los “acontecimientos mundiales actuales”. Esa frase deprimente se ha convertido en la justificación de todo tipo de cancelaciones histéricas anti rusas.

Era solo cuestión de tiempo para que el chauvinismo antisoviético se acordara de Gagarin. Después de todo, ya puso a Tchaikovsky en la mira (la Orquesta Filarmónica de Cardiff canceló una interpretación de su “Obertura 1812”) y está haciendo lo mismo con Dostoievski (la Universidad de Milano-Bicocca canceló un curso sobre el autor ruso, aunque luego se retractó). Uno de los más grandes autores que existieron no debe ser enseñado porque es ruso. Que Dostoievski estuviera en Siberia por pertenecer a un grupo que discutía libros contra el régimen zarista es una sombría ironía histórica. 

El teatro Bienne Soleure de Suiza reemplazó a la ópera romántica Mazeppa de Tchaikovsky porque representa una la guerra en el escenario, mientras que la Ópera Nacional de Polonia canceló una representación de la ópera Boris Godunov de Modest Mussorgsky, sobre la caída de un zar asesino. Dos conjuntos universitarios, Trinity Orchestra y UCD Symphony Orchestra, dijeron que eliminarían del repertorio toda la música de compositores rusos. El prodigio del piano ruso Alexander Malofeev fue excluido de las actuaciones a pesar de oponerse a la guerra en Ucrania. La soprano Anna Netrebko fue expulsada del Met Opera de Nueva York aún habiendo denunciado la guerra y el director Valery Gergiev fue despedido de la Filarmónica de Munich en circunstancias similares. A ambos se les dijo que hicieran un juramento de lealtad. Sucede que denunciar al gobierno ruso no está exento de riesgos; habría que preguntar a los miles de rusos que han sido golpeados y arrestados por protestar contra la guerra.

El tratamiento que las élites culturales occidentales dan a Rusia como una nación dañina de oligarcas, belicistas y ciudadanos con el cerebro lavado, es inquietante. Las contribuciones de Rusia al conocimiento, la literatura, la música, la exploración y el pensamiento político son enormes. Descartar la historia en un intento de desairar a Putin es inmoral y racista al límite. Incluso en el apogeo de la Guerra Fría, nadie pensó en prohibir la literatura, el arte o la música rusa. La cancelación actual de sus figuras históricas y culturales olvida que así operaba la Unión Soviética. Hay una oscura inclinación estalinista en el nuevo anti rusismo.

El comprensible deseo de las instituciones culturales occidentales de mostrar solidaridad con Ucrania y expresar su disgusto con Putin, se ha transformado en censura. EA Sports está eliminando a los equipos rusos de sus videojuegos FIFA. La semana pasada Disney retiró todos sus estrenos cinematográficos de Rusia, seguida por Warner Bros y Sony. La nueva película de Pixar, Red, fue uno de los primeros lanzamientos afectados. Impedir que los niños rusos vean una película sobre una adolescente que se convierte en un panda gigante rojo cuando está estresada es considerar a los ciudadanos rusos más inocentes como contaminados por las acciones de su perverso gobierno, apoyando el argumento del Kremlin de que Occidente odia a Rusia y su gente. 

Cuando se logra afirmar con éxito que un tema es “moralmente claro”, como es la bondad de Ucrania versus la maldad de Rusia, lo que se pretende decir es que la disputa está resuelta y que no se permite más discusión. Los hechos no dan lugar a la narración sino que hay una narrativa que determina los hechos. Frente a esto, sólo los inmorales pueden albergar una mínima duda, puesto que el mundo se divide entre el bien y el mal. No hay lugar para escépticos. Pero, además, cuando las personas son malas, todo lo que se les dice o se les hace contra ellas queda justificado. 

Esto es exactamente lo vivido en los últimos dos años. Bajo el lema de “seguir la ciencia” para combatir el coronavirus de la última pandemia, todo el que se oponía era considerado ignorante o loco. El planeta se llenó de políticos y burócratas que invocaban el nombre de la “ciencia” para justificar todo tipo de atropellos a la dignidad de las personas, cuyos costos recién se comienzan a contabilizar y con beneficios que están muy lejos de quedar claros frente a las contadas excepciones que siguieron el camino de la cautela. 

En las universidades se despiden académicos y prohíben a los oradores que encuentran objetables. Enseñar algo distinto a la Leyenda Negra de la Conquista Española es anatema. Cuestionar los dogmas de fe del cambio climático por exagerados o proclamar cuidado frente a un evidente deterioro del progreso a partir de sus políticas, es tildado de reaccionario. En aras de la claridad moral, cualquier opinión que disienta del discurso oficial se ha vuelto inmoral.

Supuestamente la censura y cancelación se hace en nombre de la libertad y democracia. No queda claro, sin embargo, cómo una situación en la que todos están moralmente obligados a coincidir pueda ayudar a superar una mentalidad colectivista. La libertad y la democracia viven de las diferencias y cualquier intento de hegemonizar una época sólo podría conducir al autoritarismo. 

Si la historia rusa enseña algo, es que esa “claridad moral” no tiene límites. Si todo está bien de un lado, entonces cualquier cosa que uno diga o haga está justificada. De hecho, no llegar a las medidas más extremas es permitirse el mal, lo que significa arriesgarse a ser acusado de complicidad. Cuando Stalin enviaba a los funcionarios locales cuotas de personas para arrestar, respondían exigiendo cuotas aún más altas. Era lo más seguro para probar la propia lealtad. Cuando todo es blanco y negro, tarde o temprano todo el mundo corre peligro.

Sobrevuela el ambiente una cierta justificación para tanta censura. Hace aproximadamente un siglo, las sanciones surgieron en el escenario mundial como una alternativa a la guerra convencional, un “arma económica” destinada a imponer una carga tan alta a la élite política de un país que se vería obligada a cambiar su comportamiento. Si bien se concibieron como una herramienta para ser utilizada por los estados nación contra otros estados nación, también pueden ser impuestos, aunque sea al azar, por actores no estatales contra otros actores no estatales, como se está viendo.

Pero examinar a los artistas por sus creencias y vínculos políticos plantea preguntas complicadas. ¿Cuál es el punto en el que el intercambio cultural, siempre un espacio difuso entre ser un bálsamo humanizador y una herramienta de propaganda, se vuelve insoportable? ¿Cuál es la distancia suficiente del liderazgo autoritario? ¿Y qué es una desautorización suficiente, particularmente en un contexto en el que hablar podría amenazar la seguridad de los artistas o sus familias?. 

La masacre que está cometiendo Putin no es posible describirla en palabras. Pero la idea de que el pueblo ruso debería estar aislado de la cultura occidental como castigo por los crímenes sangrientos de su dirigencia corre el riesgo de marcar el comienzo de una nueva era, desagradable y peligrosa. Debemos rechazar este boicot cultural. No ayudará al pueblo de Ucrania, pero corroerá nuestra humanidad compartida.

*Eleonora Urrutia, abogada, máster en economía y ciencias políticas.

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