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Publicado el 25 de enero, 2019

Eleonora Urrutia: Liberalismo y feminismo

Si el feminismo es «la noción radical de que las mujeres son personas», el feminismo liberal es la noción aún más radical de que las mujeres – y los hombres – son individuos y deben ser tratados como tales.

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Liberalismo y feminismo pueden parecer prácticas contrapuestas. Después de todo, el liberalismo es una filosofía política que se ocupa de maximizar la libertad individual, mientras que el feminismo -en su forma más frecuente actual- tiende a buscar soluciones colectivas de gobierno. Sin embargo, no hay nada inherente en la filosofía y el activismo feminista que indique que deba ser ejercido de esta manera o que sea contrario al liberalismo.

Dentro del movimiento feminista tanto liberales como colectivistas se enfrentan a desafíos comunes a muchos otros movimientos políticos, que implican responder preguntas tales como si los cambios deben provenir de la acción voluntaria o imponerse desde arriba hacia la base, si se puede confiar en el orden espontáneo y los mercados para producir condiciones equitativas para las personas, cuál es la meta a la que se aspira como individuos -si igualdad de oportunidades o igualdad de resultados- o cuánto debe importar la igualdad ante la ley. Las feministas en particular han tenido durante mucho tiempo divisiones en relación a cuestiones sobre feminidad y masculinidad: ¿Es la biología un destino? ¿Es el género un constructo social o un binario? ¿Siempre los hombres serán hombres? ¿Pueden las mujeres “tenerlo todo”?

Para las feministas liberales la igualdad de resultados es algo deseable, desde luego, pero desde una perspectiva moral o práctica no se puede lograr a través de un mandato legislativo.

Para las feministas liberales el primer conjunto de preguntas es simple. El verdadero cambio social sólo puede ocurrir sin que exista el poder coercitivo del Estado de por medio, esto es, cambiando los corazones y las mentes de las personas en lugar de cambiando las leyes y otorgando subsidios. En términos de políticas, el objetivo del feminismo liberal es derribar el sexismo sancionado por el Estado donde aún existe y abogar por sistemas donde el sexo sea irrelevante. La igualdad de resultados es algo deseable desde luego, pero desde una perspectiva moral o práctica no se puede lograr a través de un mandato legislativo. Si bien a menudo se enmarcan como ensayos bien intencionados para corregir una discriminación histórica, tratar de dar oficialmente a las mujeres una ventaja sobre los hombres solo termina consagrando un Estado que será, en última instancia, contraproducente para las mujeres.

Teniendo en cuenta lo anterior, las respuestas a la segunda serie de preguntas son algo irrelevantes. Las feministas liberales pueden tener opiniones fuertes y diferentes sobre ellas, pero cuando se quita al Estado del sexo y del género estos temas vuelven a los ámbitos de la ciencia, la filosofía, los negocios, la religión y las relaciones personales. Algunas pueden creer que el sexo y el género están separados, que éste último es una construcción y el primero es menos formativo de lo que se supone; pueden adherir a ideas tradicionalistas sobre hombres, mujeres y estructura familiar; pueden o no tener puntos de vista idiosincrásicos al respecto. Pero lo que comparten es el compromiso de evitar hacer políticas gubernamentales y acordar derechos basados ​​en las diferencias percibidas de sexo/género o la falta de ellas. No existe una posición feminista liberal “correcta” sobre el sexo y las diferencias de género per se. Todo lo que importa para clasificar a alguien como una feminista liberal es la creencia de que la ley y la política deben, en el tema, ser neutrales.

En contraposición existe todo otro mundo de feministas que ha evolucionado hacia la caricatura y el sarcasmo. Es exponente de un nuevo tipo humano que ahora se impone: mujer que se las da de ilustrada pero no es capaz de disimular su mediocre formación. Ha conseguido una variedad de puestos directivos, premios, recompensas, subvenciones y otros gajes que otorga el poder gracias a su condición femenina. Si se es mujer, ya no hace falta esforzarse mucho para escalar las posiciones de mando. La cuota femenina le favorece de antemano. Nada más rentable para una feminista de esta calaña que especializarse en temas de igualdad entre hombres y mujeres. Es un campo de subvenciones mil, de lucimiento internacional.

Este feminismo ramplón y resentido se ha convertido en el más formidable grupo de presión y floreciente negocio. Lo que persigue no es ya la paridad en las instituciones sino que haya más mujeres en cualquier escalón decisor.

Representan más bien la mediocridad, el prevalerse de la condición femenina dada por la naturaleza para sacar ventaja personal de la discriminación por razones de sexo, aunque ahora dicen “género” como si las personas fueran vegetales o animales. Pero por encima de eso, este feminismo ramplón y resentido se ha convertido en el más formidable grupo de presión y floreciente negocio. Lo que persigue no es ya la paridad en las instituciones sino que haya más mujeres en cualquier escalón decisor.

Por cierto el verdadero éxito de un grupo de presión se determina cuando consigue alterar el lenguaje, y en ello este feminismo ha logrado triunfos inigualables. El objetivo final es que se llegue a imponer en el habla el femenino genérico. Ya no basta con ser miembros de la Real Academia Española; se hacen llamar “miembras”. Ni basta con que “las personas” se refiera a los dos sexos, o mejor, a los varios sexos. Las feministas no pararán hasta que, al decir «las mujeres», se incluya también a los varones.

Vilipendiada, perseguida y amenazada, Erin Pizzey es una de las antiguas feministas enmarcada en el movimiento de la segunda ola de los años sesenta. Su vida dio un giro radical al describir públicamente al movimiento feminista “como un negocio, un entramado multimillonario que comienza en los años setenta en Inglaterra y que da como origen una gran industria del feminismo”. Pizzey fue pionera en la creación de refugios privados para mujeres maltratadas que tuvieron un gran éxito en Gran Bretaña. La activista comenzó a recibir donaciones privadas y, como ella cuenta, “en el momento en el que el dinero llegó a los refugios, se aproximó a la par el sonido de las botas feministas que venían a secuestrar las asociaciones de la violencia doméstica y a convertirla en una industria millonaria”. Eso sí, estatal. Las nuevas feministas empezaron a inspirarse en el marxismo presionando al gobierno británico para recibir subvenciones y poco a poco lo consiguieron consolidándose como una gran empresa estatal, enganchándose a la yugular del contribuyente”. Expulsan a las feministas que no están de acuerdo con la victimización de la mujer y lanzan un mensaje que calará hasta nuestros días en todo occidente: el hombre es un ser malvado por naturaleza, una especie de asesino en potencia. Nace la tercera ola de feministas.

No hay nada más colectivista que considerar a alguien como representante de su sexo o género. Eso es lo opuesto a una perspectiva individualista y a lo que significa el verdadero feminismo.

María Blanco, feminista española autora de “Afrodita desenmascarada: una defensa del feminismo liberal”, aclara que “aunque la tercera ola feminista de los setenta fue capturada por la izquierda todavía tenía buenas intenciones sobre los derechos de la mujer. Ahora, sin embargo, vamos hacia una cuarta ola feminista con objetivos realmente espurios: que los hombres lleven tacones o que los niños carezcan de identidad sexual, por ejemplo. Lo que desean es la perpetuación en el poder, y lo peligroso es que esta maquinaria es eficiente. Una vez que se otorga una subvención, es imposible eliminarla,sólo puede ir a más”.

El feminismo, por su naturaleza, está anclado en la libertad. Porque es imposible decir si una persona encajará en cualquier categoría de sexo o género que se le asigne, el valor de default por el que debemos regirnos es el de tratar a las personas, en las interacciones personales, en la vida empresarial y ante la ley, como individuos. No hay nada más colectivista que considerar a alguien como representante de su sexo o género. Eso es lo opuesto a una perspectiva individualista y a lo que significa el verdadero feminismo.

Por ello, una de las contribuciones más importantes del feminismo liberal en los últimos dos siglos ha sido desafiar las nociones colectivistas del sexo, luchar por la prerrogativa de que todas las personas sean tan «femeninas» o «masculinas» como quieran y defender el derecho de las personas a vivir de la manera más tradicional o radical que deseen, siempre que no infrinjan los derechos de los demás. Desafortunadamente, el progreso en este frente se ha encontrado a menudo con oposiciones violentas por parte de los reaccionarios de todos lados, incluidas las feministas colectivistas, que han realizado ingentes intentos de controlar los hábitos de las personas si no se ajustan a su ideal “progresivo” impuesto a expensas de otros grupos y de la libertad general.

Las feministas liberales, por el contrario, buscan mantener el espíritu anti-colectivista y pro-mujer mientras rechazan todo ese otro equipaje autoritario. Si el feminismo es «la noción radical de que las mujeres son personas», el feminismo liberal es la noción aún más radical de que las mujeres – y los hombres – son individuos y deben ser tratados como tales.

 

FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO

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