En una entrevista reciente, el cientista político Juan Pablo Luna se refirió a la mirada del rector Carlos Peña respecto al estallido social de 2019 como una con “limitaciones propias de una sociología de salón”. Tratándose de uno de los columnistas más destacados del país –sino el que más–, y además el rector de una universidad también destacada, no está demás profundizar en la opinión de Luna que, más allá de referirse a una particular visión de los acontecimientos que tiene lugar en el país, la del rector Peña, toca al importante rol que los intelectuales cumplen en la comprensión de devenir social y político.

José Joaquín Brunner, en su discurso “El intelectual público” (que data de 2015), recordaba lo que escribió el sociólogo alemán Ralf Dahrendorf sobre esta figura: son “las personas que operan con la palabra y a través de la palabra. Hablan, discuten, debaten, pero, sobre todo, escriben. La pluma, la máquina de escribir, el ordenador son sus armas, o, mejor, sus instrumentos. Su profesión sería como un acompañamiento crítico de lo que va aconteciendo”.

En la misma línea, Agustín Squella escribió no hace mucho que un intelectual “es una persona que lee, escribe, interviene en debates públicos más allá del campo de su profesión o especialidad, y ejerce alguna influencia en el medio en que se desenvuelve”. Por su parte, José Rodríguez Elizondo agregaba que “los grandes intelectuales de hoy están asilados en las columnas de los medios. Desde allí nos explican por qué está pasando lo que pasa”. Tanto es así que para Brunner el término “intelectuales” quedó estrechamente asociado a la razón crítica ejercida en público a través de los medios de comunicación.

De acuerdo a Squella, los intelectuales poseen la facilidad para presentar los problemas, la capacidad para hacer distinciones y matices, y la habilidad para leer entre líneas, a la vez que los embarga una cierta desconfianza en el sentido común y en las primeras impresiones. Pero quizás más importante, lo que mejor los caracteriza es su “disposición a la crítica y al debate público, que es alimentada por un espíritu libre, inquieto, insatisfecho”.

Se sigue de estas disquisiciones que para ser un intelectual no se requieren títulos específicos ni mucho menos ejercer alguna profesión en particular. Tampoco se hace necesario subsumirse en el terreno allí donde los problemas tienen lugar para intentar inteligirlos. No es necesario visitar, cual reporteros de guerra, los frentes de combate, las primeras líneas, las zonas de sacrificio, para la comprensión de los complejos procesos sociales y políticos que suelen tener expresiones agudas en esos territorios –cómo sucedió en el estallido social–. De hecho, muchos de los mejores intelectuales que se vienen a la memoria nunca salieron del salón donde elucubraron sus mejores ideas.

El concepto de modernización capitalista que ha desarrollado y sostenido en el tiempo el autor y columnista Peña, y su tesis según la cual el estallido social sería consecuencia de las frustraciones que ese mismo proceso ha producido en la sociedad chilena, sobre todo en los jóvenes –la promesa meritocrática inacabada–, a la vez que se habría instalado una brecha generacional entre grupos de la sociedad con horizontes vitales radicalmente distintos… todo ese pensamiento, extensamente expuesto además en un libro de reciente publicación, ¿sería sociología de salón, casi como conversación de sobremesa de quienes ignoran las verdaderas causas que el investigador social sí puede esclarecer con certeza a partir de los datos de terreno?

Es difícil que Juan Pablo Luna, él mismo un insigne intelectual, haya querido establecer semejante distinción: la del intelectual de salón, alejado del lugar donde se desenvuelve el acontecer social y, más aún, donde se libra la movilización social; y la del que sería el “verdadero” intelectual, aquel que visita la primera línea y tiene la ventaja de proveerse a sí mismo, de los datos de terreno y de nutrirse de las vivencias de sus actores.

Gramsci lo dijo bien: “todos los hombres son intelectuales; pero no todos cumplen la función de intelectuales en la sociedad”. Y para cumplirla, al decir del citado Dahrendorf, bastan unos pocos instrumentos, “la pluma, la máquina de escribir, el ordenador”, indagando en asuntos públicos que suelen no ser del campo de su especialidad o profesión, siempre defendiendo los fueros de la razón (Squella dixit). Típicamente, un quehacer de salón.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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