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Publicado el 14 de junio, 2020

Alejandro San Francisco: Max Weber y la política

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Hoy se cumplen 100 años de la muerte del sociólogo y escritor alemán, cuyas obras se convirtieron en estudios clásicos durante el siglo XX. Algunos de sus planteamientos tienen vigencia hoy.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Weber, pensador de una época

A comienzos de junio de 1920 Max Weber no asistió a dar su clase habitual, producto de un resfrío. Sin embargo, la enfermedad era más delicada, ya que derivó en una gripe con infección pulmonar, y diez días después el destacado académico falleció: era el 14 de junio. La causa de la muerte fue, aparentemente, la gripe española, como se denominó a esa pandemia que devoró la vida de más de 40 millones de personas.

Para entonces Weber tenía 56 años, una edad en la que era bastante común morir en aquellos tiempos. Había nacido en Erfurt, el 21 de abril de 1864, y fue el mayor de ocho hermanos. A los dos años tuvo meningitis: tardó en recuperarse y sus padres pensaron que tendría secuelas en su desarrollo mental, pero pronto demostró en el colegio que tenía incluso mayor capacidad que sus compañeros de generación, lo que probaría largamente con el paso de los años en la intensa actividad intelectual que desarrolló.

La vida más personal y profesional del sociólogo y escritor se puede seguir en el completo y complejo libro de Joachim Radkau, Max Weber. A biography (Cambridge, Polity Press, 2009). Esta investigación indaga en la vida familiar y social del joven Max, así como también en sus amores, matrimonio, viajes, enfermedades, estudios, intereses, labor académica y amistades, que fueron muchas a lo largo de su vida. Asimismo, permite ver a un hombre con esa paradoja aparente entre su completa normalidad cotidiana y su evidente excepcionalidad intelectual, que llevó a que muchas de sus obras se convirtieran en estudios clásicos durante el siglo XX, y que incluso hoy todavía tengan vigencia algunos de sus planteamientos. Adicionalmente, permite observar parte de la riquísima vida intelectual del mundo germano de fines del siglo XIX y comienzos del XX, en diversas áreas del conocimiento humanista, donde aparecen figuras como Karl Loewenstein, Ernst Troeltsch, Karl Löwith o Karl Jaspers, además de la que emanaba de las universidades de Heidelberg o Friburgo y el ambiente cultural de Múnich y Viena.

En términos del desarrollo académico e intelectual de Max Weber, su interés inicial estuvo en la historia, la economía y el derecho, disciplinas a las que se acercó en Heidelberg, y luego en Berlín y Gotinga. Es interesante constatar que por esos mismos años su padre, que también se llamaba Max, tuvo un paso por la actividad política, donde combinó la actividad profesional a nivel municipal con la carrera parlamentaria. Sería el inicio de las futuras reflexiones sobre la “política como vocación”.

Como para muchas figuras en su generación, Weber consideraba que las ideas básicas del mundo intelectual de aquellos años provenían del mundo clásico grecorromano, que había pensado antes muchos de los problemas que aquejaban a las sociedades contemporáneas. De hecho, su investigación de 1891, “La historia agraria de Roma”, constituyó un éxito en su carrera académica, le permitió leer a muchos autores, estudiar con rigor y llegar a algunas conclusiones, como que “la tierra es la base de la historia”.

A pesar de su capacidad y trabajo intenso, al poco tiempo Weber comenzó a tener problemas tanto en su vida privada como laboral, con momentos de enojos y reacciones destempladas. Hacia 1898 se vio progresivamente incapacitado para trabajar, como señala Radkau, y al año siguiente obtuvo una dispensa de sus deberes de enseñanza: los médicos le diagnosticaron neurastenia por exceso de trabajo, que incluso le llevó a sentir que estaba “en el infierno”, lo que lo condujo a pasar muchos meses en sanatorios entre 1898 y 1900. El mayor efecto en su vida profesional fue una disminución evidente de su actividad intelectual, con menos escritos y proyectos, y sin resultados visibles en su recuperación, que solo llegaría hacia 1904-1905.

La Revolución Rusa, La Ética Protestante y la vocación

En 1904, Max Weber experimentó una recuperación y una nueva vitalidad que le permitió volver a investigar, escribir y publicar. Como afirma Peter Watson, “una vez que retornó a su actividad intelectual, puede decirse que no hubo recuperación más espectacular que la suya”, publicando un libro que “cambió por completo su reputación” (en Historia intelectual del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2003). Aún así, no se trató de una etapa fácil: en una carta de 1905 explicó que estaba “trabajando en medio de los horribles tormentos… [sobre] una suerte de construcción espiritualista de la economía moderna” (citado por Radkau). Para ello tuvo que leer muchas cosas en latín y en italiano.

Su nueva obra era La ética protestante y el espíritu del capitalismo (México, Fondo de Cultura Económica, 2011), que provocó inmediato interés y polémica, que podía apreciarse desde el comienzo mismo del libro, que afirmaba: “Una simple ojeada a las estadísticas ocupacionales de cualquier país en que convivan varias religiones pone de relieve con sorprendente frecuencia una situación que en varias ocasiones ha sido causa de polémica en la prensa y los libros católicos, así como en congresos católicos celebrados en Alemania. Me refiero al hecho de que los dirigentes de las empresas y los propietarios del capital, así como los más altos puestos de mano de obra especializada y, sobre todo, el personal altamente cualificado desde el punto de vista técnico y comercial perteneciente a empresas modernas, son, en una mayoría abrumadora, protestantes”.

El análisis de Weber integraba no solo el desarrollo económico de los pueblos, sino también las convicciones religiosas y sus efectos prácticos. Y, en esa línea de análisis, el sociólogo estimaba que los países o sociedades calvinistas mostraban claramente tener una mayor “pasión religiosa”, y que el protestantismo, y especialmente el calvinismo, eran más severos en relación con lo que les exigían a sus creyentes.

La tesis de Weber tuvo inmediato impacto y contradicciones, ambos de larga duración. Dos detractores inmediatos fueron personas cercanas al escritor de la La ética protestante: Ernst Troeltsch y Werner Sombart. Por su parte, Francis Fukuyama ha sostenido décadas después que mucho del trabajo empírico realizado con posterioridad ha confirmado algunas de las hipótesis de Weber. En el último tiempo, sin embargo, es evidente que las instituciones han aparecido un factor más relevante en el éxito del desarrollo económico que la motivación religiosa de un determinado pueblo, lo cual no quita el valor que pueda haber tenido el factor religioso en un momento dado de la historia, ni tampoco deja atrás la clara duración y fortuna de la tesis del autor alemán.

Otro tema que interesó a Weber en aquellos años fue la Revolución Rusa de 1905, que significó un cambio en la administración de los zares. Esto le llevó a analizar el “régimen patrimonial” existente en Rusia (el mismo concepto será utilizado por Richard Pipes en su obra sobre la Revolución Bolchevique, tomado de Weber según Radkau). Este interés lo llevó a aprender ruso y intentar comprender una sociedad distinta a las europeas occidentales, pero que vivía un experimento que quizá podría llevarla a una situación de transformación progresiva hacia un régimen parlamentario. En cualquier caso, una de sus reflexiones más interesantes sobre ese proceso –tema al que volvería al final de su vida–, fue que la revolución no era un tema en sí mismo: “solo se puede crear algo viable bajo un liderazgo carismático”.

En los años siguientes el sociólogo y economista, académico e historiador, escribió sobre temas de religión, economía, política y sociedad; vio el estallido de la Primera Guerra Mundial en Europa (sin que haya reflexiones al respecto en sus cartas disponibles), dictó numerosas conferencias en distintas universidades y lugares, vio como se desarrollaban la Revolución de Octubre en Rusia y la derrota de Alemania en la Gran Guerra. En definitiva, le correspondió vivir una época extraordinaria, en la cual los sucesos parecían acelerarse y eran muy difíciles de comprender en su globalidad.

Casi al final de su vida, Weber pronunció dos conferencias que le darían gran fama al ser publicadas, y que forman parte de sus obras más reconocidas y citadas, a pesar de su brevedad: ellas fueron “La ciencia como vocación” y “La política como vocación”. La primera tuvo lugar en Múnich el 7 de noviembre de 1917 (aunque en ocasiones se da erróneamente como fecha 1918). Ahí recuerda una afirmación de Tolstoi que muestra escepticismo hacia la ciencia, pero también la circunscribe a un marco de acción más acotado de lo que podrían esperar los agoreros del progresismo decimonónico: “La ciencia carece de sentido, puesto que no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir”. En unos años de sobrexcitación ideológica, de pasiones pacifistas y nacionalistas, democratizantes y revolucionarias, Weber aparece –quizá contraintuitivamente– afirmando que “la política no tiene cabida en las aulas”, explicando que no deben hacer política los estudiantes y que tampoco deben hacerla los profesores, invitando a ambos a la plaza pública si quieren ejercer esa función.

La segunda fue una exposición del 28 de enero de 1919, en la misma ciudad, y produjo de inmediato un poderoso efecto en los asistentes. Ambas aparecen publicadas habitualmente juntas, como si fueran dos partes de una misma obra: es el caso de El político y el científico (Madrid, Alianza Editorial, 2019, Cuarta reimpresión, con introducción de Raymond Aron). Esta integración se da por las analogías que pueden hacerse entre ambas publicaciones, porque son relativamente coetáneas, y también porque su autor fue un hombre de ciencia, de pensamiento y vida universitaria, aunque preocupado y estudioso de la política práctica, si bien consideraba incompatible realizar ambas actividades. Aron lo resume así: “Weber estuvo apasionadamente preocupado por la cosa pública durante toda su vida y no dejó nunca de experimentar una especie de nostalgia de la política, como si la finalidad última del pensamiento hubiera debido ser la participación en la acción”.

En cualquier caso, “La política como vocación” sigue siendo un texto interesante y valioso; tiene numerosos conceptos que han superado el paso del tiempo y conservan vigencia, convirtiéndose en guías útiles para entender la sociedad; adicionalmente, puede ser un discurso leído con interés tanto por quienes se dedican a la política activa como por quienes están interesados en el estudio del pensamiento político. Por lo mismo, conviene repasar algunas de las ideas contenidas en esta obra del pensador alemán.

La política como vocación

En la primera parte de su conferencia, Weber explica que se referirá a la política como dirección e influencia sobre una asociación política, es decir, al Estado, como correspondía a comienzos del siglo XX. Acto seguido, define al Estado con una fórmula repetida con éxito durante muchas décadas: “es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima”. Aunque la idea no es totalmente original –está presente en el marxismo, por ejemplo–, dicha definición ha permanecido como una definición weberiana.

En otro plano, el escritor alemán explica brevemente que “quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder ‘por el poder’, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere”, idea que tampoco es original y que sitúa el problema sin ambigüedades en el orden práctico. Ahora bien, para que pueda ejercerse una dominación, un poder, con una autoridad que se precie de legítima, esto puede darse de tres maneras: bajo la “legitimidad tradicional”, del eterno ayer o la costumbre; mediante la “legitimidad carismática”, de la gracia personal, extraordinaria (la que detentan los demagogos, los caudillos de los partidos y los gobernantes plebiscitarios); finalmente está la “legitimidad basada en la legalidad”, en las normas racionalmente creadas.

Los políticos son los que aspiran a la dirección del Estado, que se puede definir, de una forma más compleja, de la siguiente manera: “El Estado moderno es una asociación de dominación con carácter institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de un territorio la violencia física legítima como medio de dominación y que, a este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de su dirigente y ha expropiado a todos los funcionarios estamentales que antes disponían de ellos por derecho propio, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas”. Con ello, Weber asume los cambios producidos desde los sistemas feudales al Estado moderno, desde los controles locales o en zonas relativamente pequeñas a territorios más amplios correspondientes a los estados-naciones, que permiten una dirección unificada en la sociedad política.

¿Quién podría dirigir los destinos de esas sociedades? Al respecto, el autor realiza otra de las distinciones que han tenido resonancia y duración: “Hay dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive ‘para’ la política o se vive ‘de’ la política”, aunque no necesariamente sean excluyentes estas dos posibilidades. Quien vive de la política es quien hace de ella una fuente de ingresos; quien vive para la política no está en esa situación. Sin embargo, para evitar malos entendidos, es necesario tener en cuenta que se trata de una época en que muchos cargos públicos no eran remunerados y solo podían ejercerlos personas con capacidad económica propia; evitar el reclutamiento exclusivo de personas ricas exige tener cargos remunerados en el Estado en diversos cargos de la administración y de la representación; implica la organización de un sistema de funcionariado, profesional y lejano a las luchas partidistas (debe “administrar, sobre todo imparcialmente”).

En las democracias modernas adquieren especial importancia los partidos, sus propios funcionarios y caudillos, quienes redactan los planes y programas, así como la capacidad de captar recursos y de ganar elecciones. La experiencia había demostrado –tema tratado por algunos contemporáneos– que los partidos pasaban a ser rápidamente controlados por algunos grupos de poder o incluso por algún caudillo, centralización del poder que tendía a repetirse, como mostraba el caso británico. El líder político debía tener dos características claves: las “cualidades de la voluntad” y el “poder del discurso demagógico”, que podríamos traducir en una especial capacidad de trabajo y otras virtudes, que se debían complementar con una oratoria atrayente, para aprovechar “la emotividad de las masas” (lo que se mostraría especialmente relevante en la Europa de entreguerras).

Además, un político debía tener tres cualidades relevantes: pasión, sentido de responsabilidad y mesura. Es interesante la primera idea, que significaba una entrega comprometida a una causa, que tiene un valor en sí: una idea, una fe, un pueblo, una historia. Contra ella, sin embargo, puede aparecer el vicio que termina matando dicha virtud: “El pecado contra el Espíritu Santo de su profesión comienza en el momento en que esta ansia de poder deja de ser positiva, deja de estar exclusivamente al servicio de la ‘causa’ para convertirse en una pura embriaguez personal”.

La actividad política debe tener necesariamente un marco ético. Weber lo explica de la siguiente manera: “Toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas entre sí e irremediablemente opuestas: puede orientarse conforme a la ‘ética de la convicción’ o conforme a la ‘ética de la responsabilidad’”. Pese a lo “irremediable”, no es que la convicción implique falta de responsabilidad o viceversa. El problema se presenta cuando se plantean con exclusiones, en cuyo caso la ética de la convicción actúa en política como mero testimonio, sin importar los resultados, y su acción tiene un mero valor ejemplar: que siga flameando “la llama pura de la convicción”.

El problema, sostiene Weber de manera lapidaria, es que “quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo”. Y esto implica sufrir consecuencias, actuar de manera que muchas veces lo bueno no produzca el bien ni lo malo el mal, entender que la política cotidiana está llena de paradojas éticas a las que hay que responder en la vida real, sin apelar a las máximas del Sermón de la Montaña o la heroicidad del santo de Asís. Esa era una de las explicaciones por las cuales el hombre de ciencia no podía ser un político activo, como resume Aron: “La vocación de la ciencia es incondicionalmente la verdad. El oficio de político no siempre permite decirla”.

Sin embargo, el propio autor deja una puerta abierta a una solución menos radical entre ambas éticas, al valorar al hombre maduro en política, de acuerdo a la ética de la responsabilidad, al llegar a una situación determinada dice: “no puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Al plantearse esta posibilidades, Weber plantea que la convicción y la responsabilidad “no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener ‘vocación’ política”.

Lo ha explicado adecuadamente Carlos Peña en su interesante artículo “Max Weber y la peste” (El Mercurio, 13 de junio de 2020), cuando afirma que los políticos de fe pura o adolescentes, los que creen que sus convicciones y el sentido de justicia que profesan bastaría para justificar sus acciones, han equivocado de oficio, pues deberían estar en el púlpito de una Iglesia y no en la plaza pública. Podrían ser las dos categorías de hombres a las que se refería Weber según Raymond Aron: los “pacifistas de inspiración cristiana y los revolucionarios por principio”. Peña concluye con una aclaración necesaria: “No se trata, por supuesto, de que el político deba escoger entre la fe pura y el pragmatismo vulgar. Ese es un malentendido frecuente que hay que rechazar”.

Efectivamente, en la última parte de “La política como vocación”, su autor reflexiona con una curiosa mezcla de pesimismo con capacidad de acción y esperanza. De esta manera, Weber expresa con desánimo: “Lo que tenemos ante nosotros no es la alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad heladas”. Sin embargo, poco antes de terminar su obra concluye de una manera convocante y positiva: “La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez”.

Max Weber es un autor cuya obra vale la pena leer y comprender, pese al paso del tiempo, a las legítimas interpretaciones y discrepancias que pueda inspirar, así como también a las diferencias que necesariamente produce. Después de todo, “La política como vocación” es un discurso de hace más de un siglo, en medio de la derrota alemana en la guerra, de una eventual revolución en el país y en un contexto muy distinto –y en otras cosas tan igual–, al mundo de hoy.

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