Las relaciones entre el gobierno del Presidente Gabriel Boric y la oposición fueron en general bastante poco friccionadas durante los primeros meses, entre marzo y diciembre de 2022. A lo más hubo algunas acusaciones de intervención gubernamental para el plebiscito del 4 de septiembre, las críticas contra algunos miembros del gabinete y otras cosas que en ningún modo muestran una lucha sin cuartel.

Todo esto, por cierto, ha estado muy lejos de la intransigencia que mostraron el Frente Amplio, el Partido Comunista y otras agrupaciones de izquierda contra el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, que debió enfrentar numerosas acusaciones constitucionales, la invención del “parlamentarismo de facto” y las políticas de retiros de fondos previsionales.

Por el contrario, la oposición de Chile Vamos se mostró abierta a conversar con el gobierno, y tras la aplastante derrota del proyecto de nueva Constitución se abrió de inmediato a iniciar un segundo proceso, y ha sido particularmente cuidadosa -quizá en exceso- para ejercer su liderazgo opositor, que muchas veces parece vacío. El Partido Republicano, por su parte, ha buscado levantarse como alternativa no solo frente al gobierno, sino también a la centroderecha, para velar por las ideas de la gente “de derecha” y representar frente al gobierno una postura opositora nítida y definida, aunque todavía sin capacidad política para instalar temas de fondo o liderazgos claros.

El panorama ha cambiado radicalmente con los indultos promovidos por el Presidente Boric al terminar el año y con las noticias posteriores, que muestran descuidos, falta de información y, sobre todo, una línea contraria a los intereses ciudadanos.

Eso no solo ha sido una señal muy contradictoria con la mayoría de la población, sino que ha implicado costos políticos con la oposición, que implicó el retiro de la mesa de seguridad, la anunciada acusación constitucional contra la exministra de Justicia y una eventual acusación incluso contra el propio gobernante. Esto se sumaría a la que ya pesa sobre el ministro Giorgio Jackson, en un claro cambio de mano de la oposición.

No obstante lo anterior, muchas veces se advierten más disputas entre Republicanos y Chile Vamos -que luego se distribuyen por las redes sociales como si fueran a animar a quienes suscriben su ideario- que un marcado discurso contra el gobierno. Las diferencias entre ambos grupos de derecha y centroderecha son extremadas por sus dirigentes, en tanto las contradicciones con el gobierno tienden a palidecer. Lo anterior requiere una doble evaluación: si es eso lo que corresponde y lo que espera la ciudadanía de los partidos de oposición, y cómo será evaluado ese comportamiento a la larga.

El tema cobra especial relevancia, por cuanto el gobierno ha estado muchas veces en el suelo: con el ministerio del Interior de Izkia Siches, tras el plebiscito del 4 de septiembre y con los errores asociados a los indultos presidenciales, por mencionar tres momentos decisivos. En todas esas ocasiones no ha existido una oposición unida, consistente y a la altura de las circunstancias, capaz de levantar una alternativa sólida y que se mantenga en el tiempo. O, en su caso, dos oposiciones en la misma línea, que lleven a una rectificación democrática del gobierno o a plantear una real alternativa política para Chile.

Al gobierno le corresponde administrar el país, velar por la seguridad y calidad de vida de la población, procurar el cumplimiento de la Constitución y las leyes y otras tantas tareas. La oposición debe fiscalizar, apoyar ciertos proyectos del Ejecutivo que sean buenos para la sociedad y mostrarle a los ciudadanos que sería mejor que ella estuviera en La Moneda.

Todo esto debe ocurrir dentro de una amistad cívica republicana, en la genuina convicción de que el gobierno y la oposición representan posturas diversas dentro de la democracia, pero que no son enemigos marchando a la guerra. Eso exige colaboración y marcar diferencias, según sean las circunstancias y problemas en discusión. Por tanto, no hay que caer en las caricaturas del extremismo ni del servilismo. No se trata de hacer tropezar al gobierno, pero tampoco de pavimentar el camino para la aprobación de todas sus iniciativas.

No se trata simplemente de esperar el fracaso del Frente Amplio y del Partido Comunista -y sus partidos aliados- para esperar que sus errores conduzcan a la ciudadanía a buscar otra alternativa de gobierno. Es necesario, en la actualidad y en cualquier otro momento, que las derechas levanten un proyecto político potente, un horizonte hacia el cual mirar, un sueño de país hacia el cual dirigir el trabajo cotidiano. Esto no implica difundir utopías ni construir castillos en el aire, pero sí lograr generar un plan coherente de largo plazo, que logre canalizar las energías dormidas y ponga a Chile nuevamente en la senda del progreso y de ese desarrollo que estuvo a la vuelta de la esquina y hoy se ve tan esquivo.

Dicho proyecto debe estar anclado en ideas permanentes como la dignidad, la subsidiariedad, la solidaridad y el bien común, pero no debe ser un tratado filosófico; requiere convicciones sólidas y una genuina vocación popular; exige combinar la experiencia con nuevos liderazgos y el sentido de colaboración con la capacidad de mostrar las diferencias; tiene que poner a las personas y las familias en el primer lugar de la agenda; debe tener calle y no simplemente trabajo técnico; visión nacional y no exclusivamente santiaguina.

A la oposición no le corresponde simplemente diagnosticar los males, repetir el pesimismo y mostrar la decadencia en la que está sumido Chile producto de la delincuencia, la crisis económica o un mal gobierno. Todo ello puede ser necesario y creíble, pero resulta estrecho y poco estimulante.

La derecha y la centroderecha requieren ofrecer también una esperanza e incluso la certeza de que tras el Frente Amplio y el Partido Comunista es posible desarrollar las cosas de otra manera, con capacidad técnica y objetivos claros, que se puede avanzar rápidamente en la recuperación económica y que el progreso social no será una promesa vacía, sino una realidad tangible para millones de compatriotas.

En otras palabras, no basta con levantarse firmes frente a los errores del oficialismo, sino que es preciso ofrecer una alternativa política sólida, realista, creíble y que invite a ser parte de ella. Para ello urge un ánimo propositivo y el trabajo conjunto con centros de estudios y expertos en la elaboración de buenas políticas públicas, que aborden las urgencias sociales de los chilenos desde los principios de la justicia, la paz y la libertad. De lo contrario, el vacío que ha quedado en este primer año de gobierno será llenado quién sabe por qué partido o coalición.

*Alejandro San Francisco es académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación Instituto Res Pública.

Alejandro San Francisco

Académico de la Universidad San Sebastián y la Universidad Católica de Chile. Director de Formación del Instituto Res Pública

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