El Frente Amplio irrumpió en la política chilena prometiendo un cambio radical: una política cercana a la ciudadanía, transparente y comprometida con los derechos sociales.

Al principio, su aparición despertó entusiasmo entre un electorado cansado de los partidos tradicionales. Sin embargo, con el tiempo, ese impulso se ha visto erosionado por un estilo político que muchos califican de audaz… pero desprolijo y arrogante.

La reciente entrevista de Gabriel Boric en TVN puso en evidencia el desgaste y los límites de este estilo. Más que lo que dijo, lo polémico fue cómo lo dijo. Su tono evasivo y defensivo dejó la sensación de un gobierno reacio a confrontar sus propios errores.

Analistas y críticos coinciden en que el Presidente priorizó defender la agenda de su gobierno, evadiendo responsabilidades por sus evidentes fracasos y los casos de corrupción que lo salpican. Su ego se impuso, mostrando, dentro de otras, una gran habilidad para traspasar culpas a otros.

No hubo autocrítica, sino una defensa del relato que refuerza la narrativa que circula en redes sociales sobre los “políticos zorrones” del Frente Amplio: audaces, opacos, confrontacionales, improvisadores que creen que el relato puede encubrir las falencias de la gobernanza real, de verdades a medias buscando la visibilidad mediática, pero con muy poca capacidad o voluntad de reflexión, diálogo y búsqueda de consensos.

La “política zorrona” se ha convertido en un sello del Frente Amplio. Este estilo busca visibilidad antes que prudencia: confrontación constante con rivales, exposición mediática directa, estrategias de alto impacto y lenguaje provocador. Funciona para movilizar simpatías y cierto entusiasmo en la alicaída barra propia, generar titulares y debates, pero poco o nada más. Es ya un puro ritual, una llamada a la propia tribu, para usar el lenguaje de Vargas Llosa, donde prima el sentimiento y la adscripción grupal por sobre la capacidad reflexiva.

Se trata ante todo de una pose, un gesto grandilocuente y puberal, que les sienta cada vez más mal a quienes ya no son ni de cerca aquellos púberes insurgentes del movimiento estudiantil del 2011. La mascarada juvenil y rompedora ya no sirve para esconder la pobreza de los argumentos ni la evidencia de un fracaso histórico que se refleja en los magros resultados concretos de un gobierno que venía a cambiarlo todo para mejor en función de unos ideales y unas consignas que no han envejecido bien.

El problema de fondo es que quienes llegaron a La Moneda el 2022 se habían creído su propio cuento. Su autopercepción era la del redentor, la de una especie de mesías infalible tocado por la gracia. Y así, con el desparpajo de quien ni le ha trabajado un peso a nadie ni sabe lo que es mantener a una familia ni educar a sus propios hijos, se pusieron a gobernar Chile.

Hoy se van y parece que no han olvidado ni aprendido nada. Siguen siendo mentalmente púberes, pero ya no por edad sino por profesión. Transformaron la rebeldía genuina en mascarada. Su éxito temprano los ató, como al célebre niño de El pibe de Chaplin, a un rol que les cuadra cada vez más mal y sólo causa un creciente rechazo entre los ciudadanos que quieren resultados y no espectáculo.

Hoy, el Frente Amplio enfrenta un dilema existencial: aferrarse a su eterna y cada vez menos convincente pubertad o aprender a ser adultos, a temperar los sueños y asumir el célebre principio de realidad de Freud que aplaca el ego grandioso y dimensiona lo que se puede alcanzar cuando la voluntad no lo es todo.

La política chilena necesita ideas frescas y valientes, sí, pero también líderes honestos, capaces de escuchar, corregir errores y dialogar, es decir, maduros. Hasta ahora, el Frente Amplio ha mostrado una alta resistencia a abandonar su fase puberal. Han vivido de ella y con el tiempo se han transformado en profesionales de la política zorrona y el simulacro, dañando así, en su rol de gobernantes, las instituciones y socavando aún más la confianza ciudadana en la política.

En todo caso, si ellos ni olvidan ni aprenden nada es de esperar que Chile sí lo haga. En ese caso, el Frente Amplio habría dejado, con su fracaso insoslayable, al menos algo rescatable para el país: nunca más confiar en quienes prometieron demasiado porque habían vivido demasiado poco.

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