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CAMILO ALFARO/AGENCIAUNO

1. La educación

En la era preindustrial, cuando la familia era la unidad económica, la división del trabajo y la distribución de los roles familiares se superponían. La familia no sólo daba a los niños cuidado, sino también las habilidades, conocimientos y valores necesarios para subsistir e insertarse en la sociedad, mediante la transmisión del conocimiento del mundo que se había recibido, y que debía transmitirse de generación en generación.

Esta transmisión constituía la propia la educación. El objetivo, era poder guiar al hombre en el dinamismo evolutivo a través del cual se da forma a sí mismo como persona humana -armado del conocimiento, de la fuerza del juicio y de las virtudes morales- mientras se le comunica la herencia espiritual de la nación y la civilización en la que se ve implicado, guardando así los logros centenarios de generación en generación. En otras palabras, la educación era un testimonio de vida: de cómo funciona el mundo en el que vivimos y de qué forma desarrollarnos como seres humanos en él.

Con el tiempo y, en función de la diferenciación de funciones dentro de la sociedad, parte de esta transmisión de conocimientos se anidó en la escuela. Su principal deber consistía en iluminar y fortalecer la razón mediante el flujo de conocimientos y el desarrollo de la capacidad de pensar. La familia, no por ello, fue menos educadora: ella mantuvo la enseñanza de la formación de la voluntad, fundamental para la convivencia en sociedad.

Este esquema educativo en que tanto la familia como la escuela cumplen un rol fundamental y complementario en la socialización de los hijos se sustentó sobre el supuesto de la autoridad.

2. La autoridad

Araujo describe la autoridad como “el fenómeno que permite entender que en la sociedad haya una influencia efectiva ordinaria y constante en las conductas, por parte de algunos de sus miembros sobre los otros”. Ello implica necesariamente cierta asimetría entre quien ejerce la autoridad y quien debe obedecer, y es según la propia Araujo, indispensable para el desarrollo de un conjunto de tareas sociales, como criar un niño o gobernar un país. En el caso de la autoridad sobre los hijos, se trata de la capacidad que tienen uno o más adultos en función de su ascendencia y/o experiencia, para influir en el niño, particularmente en las orientaciones de sus actos y juicios.

H. Arendt explica que el concepto de autoridad (auctoritas), de origen romano, deriva del verbo augere que significa “aumentar”. Lo que los romanos buscaban aumentar era la fundación de Roma. Esto implicaba que quienes estaban provistos de autoridad, la obtenían por ascendencia y por transmisión de quienes habían fundado todas las cosas posteriores, y que ya no estaban entre los vivos. Así, a diferencia del poder, la autoridad era un reconocimiento de la grandeza de los antepasados.

En la familia, quienes ejercen esta influencia son los padres (y los mayores, en general, en el caso de una familia ampliada), que enseñan a los niños el funcionamiento del mundo viejo, esto no con el fin de que lo repliquen, sino para que se preparen frente a lo existente y puedan tener su propia oportunidad ante lo nuevo. Es decir, los adultos dan testimonio del mundo viejo para que los hijos puedan a partir de ello, decidir sobre el mundo nuevo. No se les debe inculcar una idea de mundo nuevo concebida por los adultos; esa oportunidad para crear debe ser de ellos.

En el caso de la autoridad que ejerce la escuela sobre los hijos, se trata de una influencia similar a la de la familia sobre ámbitos más teóricos de los aprendizajes, que ejercen los profesores sobre los estudiantes. Esta autoridad derivó de las propias características del orden sociocultural y familiar, siendo inicialmente, al igual que en las familias, incuestionable la autoridad de los maestros.

Hasta hace poco tiempo atrás, y probablemente influida por una clara diferenciación de funciones y aprendizajes entre familia y escuela, existía confianza mutua en la labor que ejercía cada una de ellas, y pocos cuestionamientos en su actuar. Ciertamente, las expectativas eran otras: si a pesar de los esfuerzos de padres y educadores en que los niños adquirieran los valores y conocimientos básicos, el niño presentaba comportamientos problemáticos, el problema se atribuía a las tendencias propias del niño o a la exposición de malas influencias, y no a los padres o profesores.

3. La autoridad disminuida

Se pueden identificar dos factores principales que dificultaron el ejercicio de la autoridad en la educación de los niños, tanto para la familia como para la escuela. Por un lado, un factor de fondo o de contenido, que implicó la desfiguración de la educación como testimonio, y por otro, un factor en el ejercicio de ésta, debido a la llegada del igualitarismo -desde espacio público- a las propias escuelas y familias.

Respecto a lo primero, C. S. Lewis narra ya en 1943, la existencia de una desconexión entre lo enseñado y el valor antes reconocido intrínsecamente. Surge una educación que asume que los valores son parte de los sentimientos, y de la apreciación que se hace de las cosas, lo que torna irrelevantes los juicios de valor por asumirse que son de carácter emocional y no racional, como si la complementariedad entre ambos fuera imposible. “En sí misma, ninguna emoción es un juicio; en este sentido, todas las emociones como los sentimientos son alógicos. Pero pueden ser razonables o no en la medida que se amoldan a la razón o no. El corazón nunca ocupa el lugar de la cabeza, pero puede, y debe, obedecerla”.

Lo que acusó Lewis fue una deshumanización de la educación porque al perderse la trasmisión de valores -el testimonio- no hay educación, sino mera divulgación: “Sin la ayuda de una formación en emociones, el intelecto no puede hacer nada contra el organismo animal. ¿No será que hemos producido “hombres sin nada en el pecho”, y esperamos de ellos virtud e iniciativa?”.

En una línea similar, Maritain, también fue escéptico del momento que vivía la educación en la década de los cuarenta. Su crítica se centró en el supuesto respeto a la libertad del educando que justificaba la abstinencia del profesor cediendo enteramente a la soberanía del alumno: “una educación que consiste en que el niño sea responsable de adquirir información de aquellas cosas que no sabe que ignora, una educación que contempla el florecimiento de los instintos del niño y que reduce al profesor a la figura de un asistente bastante inútil, no es más que la bancarrota del sistema educativo”.

Con esto auguran una de las principales contradicciones de la educación en el mundo actual: se espera que la educación transforme el futuro de los niños, pero le hemos quitado a la educación lo más humano que ésta tenía. ¿Cómo desarrollarse en todas las facultades humanas si el testimonio que se le transmite carece de lo propiamente humano?

El daño no se produjo sólo respecto a la educación propiamente tal, sino también sobre el ejercicio de la autoridad. Si el adulto no debía transmitir su testimonio, ¿cómo podría influir en el mejor desarrollo humano posible del niño?

Este problema que Lewis y Maritain reconocieron en las escuelas, con el tiempo llegó a las propias familias, y terminó por agudizarse en los sesenta con la creencia utópica de una educación sin autoridad, promovida por teorías de la psicología y la educación. Se culpó a la autoridad de padres y profesores de los problemas de los niños, de que su opresión impidiera el desarrollo natural de estos en una dirección positiva.

El segundo factor dice relación con la llegada del igualitarismo -promovido inicialmente en la esfera pública- a la vida privada, y fundamentalmente a las familias. H. Arendt, viviendo en Estados Unidos, se dio cuenta que la crisis educativa de dicho país -asimilable después al resto del mundo occidental- debía su agudez al carácter político de dicho país, que luchaba “por igualar o borrar, en la medida de lo posible, las diferencias entre jóvenes y viejos, entre personas con talento y sin talento, entre niños y adultos y, en particular, entre alumnos y profesores”.

Tocqueville lo había anticipado. Habiendo constatado que, en aquella época, la familia ya se encontraba en una situación nueva, por la reducción de la distancia entre padres e hijos y el deterioro de la autoridad paterna, resultó especialmente sorprendido por el fenómeno de la familia democrática en Estados Unidos. Lo que Tocqueville criticó fue que, en la igualación entre padres e hijos, se pierde “el vínculo natural y necesario entre el pasado y el presente, el eslabón por el que se conectan los extremos de estas dos cadenas”. Sin embargo, reconoce una ganancia individual: “la relación entre padre e hijo se hace más íntima y más afectuosa, se habla menos de reglas y de autoridad, la confianza y la ternura aumentan y parece que el vínculo natural se estrecha”.

Hoy la jerarquía vertical y la distancia en las relaciones son un hecho del pasado, tanto en las familias como en las escuelas, y no hay intención de volver atrás, porque esos supuestos perdieron legitimidad social. Los padres quieren estar mucho más presentes en la vida de sus hijos, pero no se sabe cómo mantener la cercanía, horizontalidad y la autoridad al mismo tiempo.

4. Un resultado nefasto

Cada vez resulta más complejo educar porque padres y maestros ven dificultado el ejercicio de la autoridad. Paradójicamente se espera que la educación resuelva un sinnúmero de problemas desde la salud mental del presente hasta el desarrollo profesional del futuro. Sin embargo, creer que los resultados de la educación dependen exclusivamente del carisma de padres y profesores, o de un deseo innato de los niños a obedecer, es tan iluso como dañino para el niño.

Hoy está demostrado que los niños que reciben una educación libre tienen un umbral de frustración más bajo, una tasa más alta de abandono de los contextos estructurados, mayor vulnerabilidad a factores de riesgo y menor autoestima debido a que la falta de enfrentamiento de dificultades hace que esa persona se sienta menos capaz y válida.

Así y todo, las críticas al ejercicio de la autoridad en la familia y en la escuela no cesan, en gran parte por una imagen que se impuso en nuestra sociedad sobre una paternidad y maternidad perfectas, donde los padres debían estar siempre pendientes y ser sensibles a las necesidades de sus hijos, sin que se atendiera a la imposibilidad de un desarrollo de la crianza de este estilo, sobre todo hoy en que las familias extensas han desaparecido, proliferan las monoparentales y debe compatibilizarse cuidados y trabajo.

En el caso de la escuela, las expectativas que se tienen sobre los profesores son similares, no sólo se espera que les proporcionen los conocimientos, sino que también formen su carácter. Al verse imposibilitadas las familias de cumplir la antigua misión que se esperaba de ellas, debido a la falta de tiempo, sobrecarga laboral y escepticismo general respecto a su rol como autoridad de tipo orientadora normativa, se espera que los buenos ciudadanos sean un producto de los colegios, y no de la transmisión de valores de esa índole desde el hogar.

5. Restablecer la autoridad

Volver a una autoridad como la del pasado no parece posible debido a la pérdida de legitimidad de ciertos pilares que la sustentaban (distancia, verticalidad, jerarquía, control); sin embargo, el deterioro del bienestar de los hijos por causa de la pérdida de autoridad tanto en la familia como en la escuela es un aspecto del que, como sociedad, debemos hacernos cargo.

A su vez, las funciones de la familia y la escuela, antes tan diferenciadas, ya no lo son. La escuela ya no abarca sólo la transmisión del funcionamiento del mundo, si no que desempeña cada vez más un rol de cuidados, y muchos padres y madres esperan que la escuela sea también un actor clave en la formación del carácter.

A pesar de las dificultades de las familias para ejercer la autoridad, esta institución no ha perdido relevancia, sobre todo porque es un lugar de confianza.  Lipovetsky señala que sin importar las críticas que reciba, la familia “es el lugar protector en el que reina la confianza y se practica la ayuda y la solidaridad: funciona como una instancia consoladora, un lugar en el que refugiarse de un exterior que hiere y angustia”, y en tal sentido, sus integrantes, son los más indicados para influir sobre el niño en la consecución de la satisfacción de sus necesidades sociales, y de su bienestar en general.

Un acercamiento a la verdadera realidad familiar debe hacernos asumir su imperfección no como un obstáculo para el bienestar de los niños, sino por el contrario, como la mejor forma para que se desarrollen entre el amor y las dificultades propias de la vida común.

La autoridad debe recuperarse atendiendo las nuevas formas en que nos relacionamos, aprovechando la confianza, cercanía, solidaridad como pilares para su sustento, pero comprendiendo que los adultos, en razón de su experiencia, son quienes deben orientar a los niños para lograr el mayor bienestar de ellos.

Sin embargo, no podemos subestimar las dificultades, cada vez mayores, para que la familia esté presente para sus hijos. En eso el Estado, en vez de intentar suplir a la familia, podría favorecer políticas públicas que les permitan ejercer sus roles, desde una planificación de la ciudad más amigable hasta legislación laboral que otorgue mayor flexibilidad para poder compatibilizar trabajo y familia.

Tal como ocurrió en los inicios de la escuela, en que la autoridad del profesorado derivó del orden cultural del momento influido fundamentalmente por el funcionamiento propio de las familias, si la familia recupera la confianza en su rol como principal educador y sobre todo como formador del carácter, más que esperar de los profesores, escuelas y el sistema educativo en general, una solución al problema educativo, surgirá la necesidad de colaboración entre quienes tienen en sus manos la educación; y podrán sentarse las nuevas bases para la reinstalación de la autoridad.

Francisca Figueroa – Investigadora IdeaPaís

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