I. Introducción: Cambios en la composición familiar y su relación con la vulnerabilidad social
En las últimas décadas, han ocurrido grandes cambios en la manera en que se componen las familias de nuestro país. Sin duda, transformaciones modernas como la mayor participación de la mujer en el mercado laboral, la paulatina depreciación del matrimonio o, incluso, el proceso de individuación que vivimos como sociedad, han permeado en la composición familiar, alterando su estructura. Un ejemplo de ello es la -cada vez más común- monoparentalidad. Desde 1990, la monoparentalidad -entendida formalmente como una composición familiar donde uno o más hijos sólo viven con la presencia de la madre o el padre- ha ganado terreno, teniendo un aumento sostenido en el tiempo. Para los últimos 30 años, se observa que el porcentaje de familias monoparentales aumentó de un 15,6% a un 26,3%, mientras que la proporción de hogares biparentales -entendida también como una composición familiar, pero donde el jefe de hogar cuenta con un cónyuge o conviviente- se redujo de un 71,4% a un 54,1%, alcanzando su mínimo histórico. Hoy, una de cada cuatro familias se compone a partir de un padre o madre con hijos y sin pareja estable en el hogar.
Pero, ¿en qué medida estos cambios en la composición familiar nos afectan como sociedad, valiendo la pena atenderlos? Existe abundante evidencia que da cuenta que la manera en que se compone una familia tiene implicancias en el bienestar económico y psicosocial de quienes la integran. Distintos indicadores, como el nivel de ingreso, pobreza, productividad, estabilidad emocional o educación, suelen mostrar una clara posición de desventaja para familias monoparentales en comparación a aquellos hogares encabezados por padres que permanecen juntos, ya sea en matrimonio o unión de hecho.
Además, la monoparentalidad -uno de los mayores cambios de la estructura familiar- suele estar fuertemente ligada a escenarios de mayor carga para las mujeres. Si observamos cómo se reparten las jefaturas de hogar entre hombres y mujeres, se aprecia que desde 1990, las mujeres han representado más del 80% de las jefaturas en familias monoparentales. En lo que refiere a la crianza y cuidado de los hijos, se observa a nivel nacional que el 96% de los cuidadores principales son mujeres. Aunque las diferencias de género en cuanto a tiempo promedio destinado a labores de crianza y cuidado, suelen reproducirse tanto en familias biparentales como monoparentales, estas últimas suelen carecer -con mayor frecuencia- de algún cuidador secundario que asista a la madre en el cuidado de menores. La ausencia -o déficit- de corresponsabilidad parental se vuelve entonces un problema medular, estrechamente vinculado a familias monoparentales donde, en muchos casos, no existe siquiera un tercero en el hogar que apoye a las madres en el cuidado de sus hijos.
A modo de ilustrar al lector sobre la estrecha relación que existe entre composición familiar y vulnerabilidad, se exponen en este artículo tres dimensiones de bienestar familiar: bienestar económico, conductas de riesgo, y trayectoria escolar.
II. Estructura familiar y bienestar económico
Hace varias décadas que se investiga el impacto de la familia en la producción de bienestar económico y psicosocial. Un gran aporte fue el libro de Miguel Novak en 1987 The New Consensus on Family and Welfare. En este libro se demuestra que la pobreza se explica cada vez más por determinantes relacionados con la familia y su composición. Años más tarde, Maria Cancian y Deborah Reed (2009) llegarían a la misma conclusión: los cambios en la estructura familiar han contribuido a aumentar la pobreza.
Para el caso chileno, trabajos como el de Herrera et. al (2011) muestran que, en Chile, las estructuras familiares monoparentales, encabezadas principalmente por mujeres y en familias numerosas exacerban los riesgos de pobreza y desorganización familiar. Así, concluyen que la composición familiar tiene efectos en la determinación de trayectorias de pobreza en nuevas generaciones. De forma más reciente Ossa (2015), da cuenta que la acción de transitar de una estructura biparental a una monoparental incide en forma negativa en la capacidad de generar ingresos autónomos del hogar.
En tanto, conforme a la última encuesta CASEN (2022), se observa que las familias con estructura monoparental suelen percibir menos ingresos y son más susceptibles a encontrarse por debajo de la línea de la pobreza. En efecto, el porcentaje de familias monoparentales en situación de pobreza por ingresos es 2,8 puntos porcentuales mayor en comparación a familias biparentales. Además, las familias biparentales tienen mejores ingresos autónomos, 1,5 veces mayor respecto a las familias compuestas sólo por la madre o el padre.
Cabe mencionar que la composición de familias monoparentales suele darse con mayor frecuencia en sectores de ingresos bajos. En la medida que crecen los ingresos, lo hace también la probabilidad de constituir una familia del tipo biparental y viceversa. Esta asociación que existe entre nivel socioeconómico y tipo de composición familiar constituye un elemento central del análisis y apremia especial atención, puesto que son justamente las familias más vulnerables las que suelen reproducir estructuras familiares que, a su vez, profundizan su pobreza y, por tanto, comprometen el pleno desarrollo de sus proyectos de vida.
La situación es aún más compleja cuando se trata de familias monoparentales lideradas por mujeres, al punto que la probabilidad de que una familia monoparental se encuentre bajo la línea de la pobreza se da principalmente en casos donde la jefa de hogar es la mujer. Cuando es el hombre quien lidera la familia monoparental, la incidencia de pobreza resulta incluso menor a hogares biparentales (gráfico 1).
En forma más reciente, desde IdeaPaís (2023) se levantó un análisis sobre los efectos que tiene la estructura familiar en distintas dimensiones. Una de las conclusiones del estudio fue que existe una correlación -estadísticamente significativa- entre monoparentalidad y la probabilidad de que un hogar se encuentre bajo la línea de pobreza. En concreto, concluimos que un hogar monoparental tiene 1,5 veces más posibilidades de encontrarse por debajo de la línea de la pobreza con respecto a uno biparental. Esta razón de probabilidad aumenta a 1,9 cuando el menor vive sólo con la madre.
III. Estructura familiar y conductas de riesgo
Así como existe una relación significativa entre monoparentalidad y vulnerabilidad económica, también la hay para dimensiones que inciden de forma directa en los niños, niñas y adolescentes que habitan estos hogares. Los menores que crecen sólamente con uno de sus padres suelen encontrarse en situaciones de desventaja respecto a quienes cuentan con la presencia estable de ambos. Existen datos para el caso chileno que indican que la ausencia de uno de los padres suele estar asociada a una mayor probabilidad de que el niño o niña presente conductas de riesgo como consumo problemático de alcohol o drogas.
De acuerdo a los datos del Estudio Nacional de Drogas en Población Escolar (ENPE) que ofrece el Ministerio del Interior (2021), el porcentaje de menores de edad que presentan alguna conducta de riesgo (medida como el consumo problemático de alcohol o drogas ilícitas) es casi 5 puntos porcentuales mayor con respecto a los menores que viven en hogares biparentales y que cuentan con la presencia del padre y la madre.

En tanto, al desagregar las conductas de riesgo, separando el abuso de alcohol del consumo de drogas ilícitas, observamos que los hogares monoparentales presentan un mayor porcentaje de menores con conductas de riesgo para ambas variables.

Por otro lado, el análisis de IdeaPaís (2023) da cuenta de la existencia de una correlación -estadísticamente significativa- entre la ausencia del padre o madre y la mayor propensión de los menores hacia conductas de riesgo. Niños y adolescentes que pertenecen a una familia donde uno de los padres se ha ausentado en forma prolongada tienen 1,4 veces más probabilidades de presentar conductas de riesgo, ya sea mediante el consumo abusivo de alcohol, o bien, mediante el consumo de drogas ilícitas.
En la estimación del estudio, se incluye también una variable de involucramiento parental. Los hallazgos, similares a los de Herrera (et, al, 2011), dan cuenta de que el hecho de tener padres involucrados en la educación y formación de menores guarda estrecha relación con una menor probabilidad de incidir en conductas riesgosas. En concreto, aquellos menores que pertenecen a una familia en la que los padres se muestran desinteresados en saber qué es lo que hace su hijo dentro y fuera del colegio, presentan una probabilidad 4,5 veces mayor de incidir en conductas riesgosas. Esto es relevante considerando que, según los datos, las familias monoparentales son las que muestran una mayor proporción de padres con bajos niveles de involucramiento. No así en familias en las que el menor vive con el padre y la madre, donde suele haber una mayor propensión por parte de estos a saber dónde y qué es lo que hacen sus hijos, tanto al interior como fuera del establecimiento educacional.
IV. Estructura familiar y trayectoria escolar
Por último, vale la pena observar la correlación entre la composición familiar y la trayectoria escolar, en específico la deserción escolar, atendiendo a la relevancia que tiene para el desarrollo de las personas y sus proyectos de vida. Análisis que no está exento de dificultad, comprendiendo que la deserción escolar se explica por múltiples factores, tanto individuales como del entorno del estudiante.
No obstante, diversos estudios han dado cuenta que entre los factores que explican la deserción, se encuentra la composición familiar, puntualmente la presencia (o ausencia) de uno de los padres. Sus hallazgos coinciden en que niños o adolescentes que pertenecen a familias donde uno de los padres se encuentra ausente, cuentan con una mayor probabilidad de abandonar tempranamente sus estudios escolares.
Basándonos en una selección de criterios identificados por el Ministerio de Educación en su informe titulado “Deserción escolar: Factores de Riesgo y Prácticas de Prevención en Tiempos de Pandemia”, analizamos la probabilidad de que un menor tenga alto riesgo de abandonar sus estudios y la relación que guarda este riesgo con el tipo de composición familiar. En los resultados se encuentra un mayor porcentaje de riesgo de abandono en menores pertenecientes a hogares que no cuentan con la presencia del padre o la madre. Así, como se muestra en el gráfico n°4, los datos dan cuenta que el porcentaje de alto riesgo de deserción escolar es dos veces mayor en estudiantes de familias monoparentales, con respecto a quienes viven con ambos padres.
Según el estudio de IdeaPaís mencionado más arriba, vivir sólo con el padre o la madre eleva las probabilidades de que el menor presente un alto riesgo de deserción escolar. Al controlar por otras variables como el grado de involucramiento de los padres, sexo y edad, se aprecia que la probabilidad de abandono escolar es casi 2 veces mayor para estudiantes que viven sólo con su padre o madre en comparación a quienes viven con ambos.
V. Conclusiones
Como vimos en este artículo, existe una estrecha relación entre la composición familiar y distintas dimensiones de bienestar, tanto a nivel individual como colectivo. La creciente conformación de familias monoparentales trae aparejada una serie de implicancias a las que se les debe poner especial atención, sobre todo una vez constatada la hipótesis de que, cuando en un hogar se ausenta uno de los padres, suelen reproducirse con mayor frecuencia condiciones de vulnerabilidad como pobreza, trayectorias escolares deficientes, o incluso, una mayor propensión hacia el consumo problemático de alcohol y drogas.
La familia es, por cierto, sumamente compleja, tanto en su comprensión como composición. Intentar comprender a cabalidad las problemáticas que la aquejan requiere de una aproximación tanto cuantitativa como cualitativa. La percepción de lo que significa la familia es distinta para cada individuo, así como lo son también las dificultades que allí se reproducen. Sin embargo, se vuelve sumamente relevante, en primera instancia, constatar que efectivamente existe una estrecha relación entre la familia, su composición y diversas dimensiones de bienestar inherentes a lo cotidiano. Por tanto, se vuelve imperante atribuirle al tipo de composición familiar la relevancia que merece en el debate público, independiente del disentimiento que pueda haber en torno a su comprensión. El fortalecimiento de la familia parte por reconocer esta relación que existe entre el tipo de composición familiar y el bienestar de sus integrantes y por traducir, a su vez, ese reconocimiento en políticas públicas que atiendan a esta realidad. En ese sentido, las políticas enfocadas en lograr una mejor conciliación entre las familias y las distintas esferas de lo cotidiano deben ir acompañadas de la creación de incentivos que apunten, entre otras cosas, a la formación de parejas estables y a una mayor corresponsabilidad en el rol de la parentalidad.
Ahora bien, además de generar las condiciones e incentivos que apunten al fortalecimiento de la familia, así como reconocer la importancia de su composición en la reproducción de mejores condiciones de bienestar, es necesario tomar acciones para apoyar a aquellas familias que hoy se encuentran desfavorecidas. Padres -principalmente mujeres- que ejercen su parentalidad en circunstancias adversas y sin redes de apoyo deben ser considerados como sujetos de política pública y su asistencia debe ser, sin duda, prioridad entre los tomadores de decisiones. Tanto fortalecer la familia como apoyar a las que hoy se encuentran desfavorecidas representan uno de los desafíos más grande que tenemos como sociedad, pues es justamente la familia la célula básica en donde se gesta nuestra formación como individuos y los proyectos vitales que nos definen.


