FRANCISCO PAREDES/AGENCIA UNO

El debate lo inicia una entrevista realizada al economista Sebastián Edwards por CNN Chile en un programa Agenda Económica, el cual, por supuesto, no tiene ningún interés específico por dar a conocer las opiniones de sus entrevistados sobre ciencias humanas.

Este se trata del primer motor del debate, sumamente extravagante. Normalmente, en Europa, las polémicas sobre el lugar de las humanidades comienzan cuando el ministerio de educación propone quitar o erradicar del programa escolar horas de historia, de literatura o de filosofía (en España, la disciplina humanística más sujeta a trastornos programáticos). Entonces brota la defensa de las humanidades con un repertorio bastante claro y estable.

En este caso, no estamos ante una reforma ministerial que quiere reducir la financiación en investigación humanística. Quien propone la reforma ni siquiera es un intelectual especialmente cercano al poder, pues podemos suponer que el señor Edwards no es uno de los intelectuales de cabecera de Boric. Propiamente ni siquiera es un intelectual al que le entrevistan sobre humanidades, sino sobre economía. Se trata en apariencia de un simple privado que opina a la ligera y despreocupadamente sobre un tema. ¿Por qué nos lo tomamos en serio?

Seguramente, el hecho de que sea Edwards quien haya iniciado el debate nos revela un segundo aspecto particular de la sociedad chilena. Edwards es un economista cuyo prestigio intelectual, más allá de sus trabajos literarios, se debe a ser profesor de una importante universidad norteamericana. La sociedad chilena escucha a intelectuales de prestigiosas universidades, pero los escucha, sobre todo, por ser economistas.

En mi opinión, un investigador chileno -o de cualquier otra nacionalidad- de literatura en Harvard, incluso si hubiera mantenido una postura conceptualmente similar, no habría suscitado un debate con tantas repercusiones. Más aún, estoy convencido de que un prestigioso profesor de colegio jamás habría generado esta polémica si de modo sincero hubiera enunciado el triste destino, el triste presente profesional de aquellos que, como él mismo, investiguen y estudien literatura, filosofía, historia, teatro o bellas artes. Me parece  que la completa implausibilidad de que estos dos posibles agentes hubieran iniciado este debate definen más a la sociedad chilena que a la discusión sobre las humanidades en las sociedades occidentales. La hipersensibilidad que en esta sociedad despiertan las opiniones de economistas -comparable a la que suscitan los políticos- va transformándose en apatía cuando quienes opinan no pertenecen a esta disciplina.

Vayamos ahora a los aspectos del debate más representativos. Estos debates sobre la posición que las humanidades deben ocupar en la sociedad surgen siempre de modo improvisado. No se deben a un libro, a una investigación, ni siquiera a una encuesta sociológica. Se deben siempre a un acontecimiento repentino: aquí una crítica de pasada, allí un programa ministerial de reforma. Esta imprevisión muestra que en todos los lugares a las humanidades no se les juzga con las mejores herramientas de las humanidades (es decir, los libros, las investigaciones, consideraciones de medio o largo plazo, en cualquier caso de más largo aliento que comentarios de pasada o efímeras ocurrencias gubernamentales).

Creo que el modo como se inician estos debates es también representativo del modo como las sociedades europeas y americanas toman decisiones sobre las humanidades. Quienes deciden sobre ellas no son humanistas. En ningún caso, pienso que los humanistas van a tomar las mejores decisiones sobre las humanidades y sobre el lugar que ellas deben ocupar en la sociedad. Sin embargo, hay una diferencia específica respecto de la supervivencia de otras disciplinas intelectuales en nuestras sociedades. Quienes deciden sobre medicina, quienes inician debates sobre el lugar de la macroeconomía en el orden público tienden a ser expertos en las disciplinas respectivas. Por supuesto, se trata de una tendencia general para la que existen excepciones (por ejemplo, el ministro de Sanidad de España durante la pandemia era un filósofo, eso sí, con un MBA por una prestigiosa escuela de negocios).

Pero quizá el aspecto más claramente representativo es la cerrada y unánime defensa de las humanidades en la esfera pública. El debate genera un malo -en este caso Edwards; en España, el ministerio de Educación– al que los buenos se contraponen con argumentos no sólo unánimemente positivos, sino conceptualmente estables. El improvisado motor del debate despierta o descubre un sólido estado de ánimo favorable a las humanidades.

En cierta medida, y si el debate replicara la estructura real de la sociedad, a estos rivales paradigmáticos de las humanidades, más que malos, habría que considerarlos extravagantes, tipos raros que defienden ideas descabelladas en sociedades profundamente filohumanísticas. Da lo mismo que se quieran quitar las horas de filosofía a los chicos castellanoleoneses de diecisiete años o que el Estado chileno deje de pagar costosos programas de posgrado a ambiciosos treintañeros, la sociedad española y chilena reaccionan como una piña a favor de las humanidades. De nuevo no son sólo ni principalmente los humanistas -aunque por supuesto algunos de ellos también aprovechan la ocasión para verter sus opiniones- quienes defienden las humanidades. En este aspecto, también está vigente el antigremialismo, aunque, en este caso, en un sentido positivo. Si los no humanistas deciden sobre las humanidades, muchos no humanistas están más que dispuestos a decidirse por su pública defensa.

Existe una segunda unanimidad, esta aun más curiosa que la primera. A las humanidades se las defienden con una lista de argumentos y hasta estados de ánimo bastante parecidos. Es como si desapareciera por un momento la tensión política, hasta la contraposición entre la izquierda y la derecha. Todos estamos a favor de las humanidades. Por lo general, el bloque de argumentos adquiere una curiosa presentación nostálgica. Se opone al presente calamitoso una época de brillantez y hegemonía humanística.

Creo que esta nostalgia fingida tiene más que ver con la ausencia de futuro que con una real comprobación de que las humanidades gozaban de una buena salud en una época reconocible del pasado. ¿Realmente el Chile de los ochenta, sesenta, setenta era un paraíso de las humanidades o la España de los cincuenta o sesenta? Por supuesto, el periodo del reinado de las humanidades para esta nostalgia fingida es variable: algunas veces, los siglos anteriores al XIX, antes de que el positivismo y el industrialismo destruyeran todo. Hay que defender las humanidades -en España, suele ser de manera exclusiva la filosofía- porque nos dan sentido crítico (apología que parece difícil de hacer compatible con el remoto pasado áureo, pues parece que en el XXI vamos sobrados de espíritu crítico, sobre todo si opinamos sobre países -como España y Chile- que hasta el XIX tenían a la Inquisición entre sus jurisdicciones procesales).

Si el inicio del debate queda marcado por la frivolidad, su consecución se caracteriza por la hipérbole más absoluta. De esta manera, las humanidades aparecen como lo único que nos diferencia como especie, como si fuera problemático por definición ser igual a otras especies, como si los bonobós hicieran en trece horas el viaje de Santiago a Madrid en Boeings 787 o los adolescentes chimpancés estuvieran pendiente de los likes del insta. Las humanidades podrán derrotar a la inteligencia artificial, a la tecnología en sus aspectos más temibles, hasta en su capacidad de enganchar a los niños con su fácil y antihumanístico entretenimiento sincronizado al ritmo de sus cerebros en desarrollo.

Exageración más, exageración menos, se trata de la misma defensa acelerada, compacta y unitaria en España, en Italia y en Chile. Las humanidades sirven para dar sentido a la vida. Aunque en Chile se hable de humanidades, en verdad se está hablando de filosofía en su sentido más moral y hasta mesiánico, pues parece imposible pensar que la edición crítica de una comedia de Calderón de la Barca o el haber transcrito un documento del Archivo de Indias -acciones indudablemente humanísticas- puedan otorgar más sentido a la vida que cualquier otra dedicación profesional no humanística.

En ningún caso, este debate imagina las humanidades como la paciente y aburrida labor del archivero, del doctorando, del escritor, del profesor que ya no explica a los alumnos chilenos los versos de Ercilla, sino las rebeldes páginas de Pedro Lemebel o de Nona Fernández, aunque despertando el mismo desinterés en los alumnos de hoy que en los de antaño. Las humanidades se rescatan en sus momentos epifánicos, excepcionales. Las humanidades son, en este retrato, una fiesta sin rutina. Por supuesto, en ningún caso el apologeta sospecha de que, con el nombre de humanidades, está defendiendo cosas que hasta hace poco tiempo -hasta hace muy poco tiempo- se identificaban con un nombre verdaderamente sagrado: la religión, la cual en nuestras sociedades indudablemente sí gozó de una hegemonía incontrastable.

Pero quizá el aspecto más llamativo del debate es su capacidad para generar otro acuerdo transversal. Edwards, el ministerio de Educación que se la quiere quitar, los demás se la quieren dar, pero todos están de acuerdo en que las humanidades necesitan defensa. También los liberales más comprometidos con el ansia desestalizadora -y algunos de estos se han pronunciado- consideran que las humanidades solas no pueden sobrevivir: estas deberán ser protegidas.

Aunque no queda muy claro quién las protegerá -o el Estado o la universidad-, lo interesante es que el debate es hiperconsciente -quizá exageradamente consciente- de que el mercado no las salvará. Se trata de una previsión que hace sospechosa la apología previa. Si las humanidades nos hacen felices, nos hacen antitecnológicos, dan sentido a nuestra pobre existencia sinsentido, resulta un poco inexplicable que les cueste tanto venderse, que a nadie le interese comprarlas.

Instituto de Historia. Universidad San Sebastián

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.