Mi primer encuentro con don Salvador Allende ocurrió en su casa de la calle Guardia Vieja, en el período que siguió a su triunfo electoral de septiembre de 1970 y antes de que lo ratificara el Congreso Pleno como presidente electo de la República. Era tal el alboroto causado por su triunfo que, en ese intervalo, él se dedicó a poner paños fríos a la situación y se juntaba con líderes de la producción, los servicios y el comercio para tranquilizarlos en relación a lo que haría en su gobierno.
En esa esforzada y personal operación Valium, envió una invitación a una reunión en su casa, entre otros, a ASIMET, Asociación de Industriales Metalúrgicos, de la que yo era por entonces el último, más nuevo e insignificante de los 21 directores. Como la consigna de todos los gremios empresariales era no realizar ningún gesto de reconocimiento del senador Allende como presidente electo, en la reunión de directorio de ASIMET se decidió hacer algo que no nos comprometiera, como era asistir a la cita representado por alguien tan insignificante como me consideraron a mí. Nadie podría haberse imaginado las consecuencias de esa inocente concurrencia. Antes de tres meses me había convertido en presidente de ASIMET y, en poco más de seis meses después, era presidente de la Sociedad de Fomento Fabril, SOFOFA.
En esa primera reunión, compartida con tres o cuatros representantes de otros gremios empresariales, nos limitamos a escuchar las tranquilizadoras palabras y promesas del que sería el siguiente presidente de Chile. En esa oportunidad, estaba acompañado por tres personajes que serían importantes en su gestión: los señores Pedro Vuskovic (que sería su todopoderoso ministro de Economía), Gastón Saint Jean y Humberto del Canto (llamado a desempeñar un papel crucial en los contactos futuros con el presidente Allende). Recuerdo que regresé a ASIMET para informar a su presidente, que era Vicente Echeverría en ese entonces, que el hombre a temer era Vuskovic, el que ya entonces ponía cara de no estar de acuerdo con las tranquilizadoras palabras de Allende.
En las semanas que siguieron, las invitaciones a Guardia Vieja se repitieron un par de veces y ASIMET, fiel a su estrategia inicial, continuó enviándome como su representante. Pero, en esas reuniones posteriores, me atreví a asumir un rol más activo que el de simplemente escuchar e hice algunas observaciones a lo que Allende exponía, de modo que él aprendió a distinguirme y pienso que fue entonces la instancia en que se preludiaron los diálogos que con él mantendría durante su presidencia.
Una vez instalado en La Moneda, tuve mi primer contacto con él en calidad de presidente de la SOFOFA. Fue una dramática instancia, porque ocurrió el día en que asesinaron a don Edmundo Pérez Zujovic, el 8 de junio de 1971, o sea a menos de una semana de mi nombramiento en la institución gremial. En esa ocasión, los cuatro presidentes empresariales agrupados en la Confederación de la Producción y el Comercio, CPC, acompañamos a su presidente Jorge Fontaine a La Moneda, para hacerle presente al mandatario las graves consecuencias que tendría ese crimen. Él estaba muy nervioso y trató, más que todo, de asegurar que su gobierno no tenía ninguna relación con lo ocurrido y que sería implacable perseguidor de los asesinos. Fue esa la ocasión en que pidió unos antecedentes que le fueron entregados por su secretaria personal, que era Miriam Contreras, la Payita, lo que produjo mi reencuentro con ella y que relato minuciosamente en La aventura de la Payita, en mi libro anterior a este.
A los pocos días, me llegó la primera invitación presidencial a desayunar en su nueva residencia de la calle Tomas Moro. Ese fue el principio de varios desayunos y un almuerzo, que tuvieron lugar allí en los meses que siguieron y sin otros comensales que el presidente y yo. En ellos, se me reveló un personaje extraordinariamente distinto del que yo me habría imaginado con solo sus apariciones públicas. Era sumamente simpático y jovial, muy educado, pero algo superficial, con un gran ego que lo impulsaba a ser siempre el centro de toda reunión en que estuviera presente. No me parece que tuviera una gran cultura, pero era un hombre de muy buen gusto y le agradaba rodearse de cosas bellas (tenía una gran colección de cuadros valiosos y buenos y tenía otra de importantes objetos precolombinos). Nuestras reuniones siempre seguían un mismo padrón: tratábamos seriamente los problemas que nos estaban separando como gremio productivo, pero siempre quedaba un saldo en que conversábamos coloquialmente y hasta haciendo chistes o recuerdos memorables. Como en otros escritos personales, publicados en libros anteriores a este, he aludido mucho a los problemas muy serios que por entonces enfrentamos y discutimos, ahora deseo referirme en particular a esos diálogos coloquiales, que son los que más reflejan la personalidad del expresidente.
En una ocasión, yo llegué algo adelantado al desayuno y, mientras lo esperaba, salí al jardín que rodeaba la casa y vi una piscina en cuyo borde había dos cocodrilos embalsamados en fiera actitud de lanzarse al agua. En ese momento él apareció y, tomándome del brazo, me dijo:
—¡Que cosa más cursi y de mal gusto! ¿No cree? Pero no los puedo sacar de ahí, porque me lo mando Fidel de regalo y sus compañeros se morirían si los mandara a la bodega.
En otra ocasión, que creo fue la única vez que almorcé con él en el comedor de la residencia, admiré el gran número de buenos cuadros que adornaban las paredes del recinto. Había de lo mejor de América y de clásicos chilenos (recuerdo un gran Obregón y un excelente Guayasamín), pero el mejor era un paisaje de una autora cuyo nombre no recuerdo. Durante el almuerzo, me preguntó cuál cuadro me gustaba más y yo señalé el de ese paisaje, y entonces exclamó:
—¡Es también el preferido de Carlos Altamirano, así es que usted tiene algo en común con él!
Yo, un tanto amostazado, le repliqué:
—Entonces tengo dos cosas en común con él… lo que me preocupa.
Y, a renglón seguido, él me preguntó cuál era la otra y yo le respondí lo siguiente:
—El deseo de sacarlo a usted de La Moneda.
Nunca lo volví a ver reírse de la manera como lo hizo en ese entonces.
La más jocosa de todas esas entrevistas resultó ser una en que, al despedirnos, me preguntó si yo fumaba habanos. Al responderle que no, agregó:
—Aunque así sea, usted está rodeado de puros ricos paltones, de modo que le conviene tener habanos para ofrecerles. Le voy a regalar dos cajas de habanos que me mandó Fidel y que no sé qué hacer con ellas, porque me las repone cada vez que llega alguien de la isla.
Y sin admitir objeciones, tuve que cargar con las dos cajas de excelentes habanos que, además, tenían el cinturoncito de papel con el signo de la X con que Allende había ganado su elección presidencial, lo que quiere decir que Fidel los mandaba a hacer especialmente para su colega chileno. Pero, en verdad, yo no tenía en mi alrededor a nadie que fumara habanos, de modo que me acordé del gusto por ellos que tenía don Eduardo Frei y le llevé una de las cajas de regalo, para ver cómo se tomaba el presente. Lo acogió con alborozo (hasta tenía una caja especial para humedecer ese tipo de cigarros), se rio mucho con lo del cinturoncito y me dijo:
—Si Salvador le vuelve a regalar cajas de habanos, acuérdese de mí, pero siempre que le haya advertido a él a quien iban a parar.
Cumplí cabalmente con esa instrucción y me complací con las carcajadas del presidente que acompañaba con exclamaciones como:
—¡No puedo creerlo! ¡Los habanos de Fidel van a parar a Eduardo Frei! ¡Se va a morir si es que llega a saberlo!
No siempre nuestras conversaciones de sobremesa eran tan frívolas y recuerdo especialmente una en que resalta la personalidad de don Salvador. En esa oportunidad me dijo:
—Usted no es un momio típico. ¿Cuándo se va a decidir a servir a su país en lugar de a unos cuantos empresarios ricos?
Algo picado, le contesté:
—Es curiosa su pregunta. Yo creo que estoy sirviendo a mi país.
Desechó mi argumento con un gesto de la mano y añadió:
—Creo que serviría al país mucho mejor si, por ejemplo, se hiciera cargo de presidir CODELCO. Usted sabe que el cobre es lo más importante para Chile y creo que usted sería muy capaz de reforzar su producción y comercialización.
Yo, estupefacto, no pude dejar de preguntarle si hablaba en serio y, en realidad, me estaba ofreciendo ese cargo. Contestó así:
—¿Por qué no? Me encantaría hacerlo.
Yo concluí la hipótesis agregando:
—Si usted habla en serio, yo diría que no lo dejarían hacerlo.
Poniéndose serio, acotó a lo dicho por mí:
—Ese sería mi problema y no el suyo.
Opté por cerrar el tema diciéndole:
—Supongamos que usted pudiera nombrarme. ¿Qué haría si, a la semana, yo viniera a verlo con una lista de unos doscientos fulanos que estaría despidiendo, porque son agitadores políticos que nada tienen que ver con la producción de cobre. Usted bien sabe que el que manda en CODELCO es un tal señor Faivovich, que es un abogado que tiene en el bolsillo al presidente de la compañía, y que lo único que le interesa es utilizar a los trabajadores como martillo político del régimen. Él sería el que encabezaría mi lista.
Ante mi respuesta, meditó un momento y me dijo:
—¿Despediría usted a un amigo que durante veinte años o más ha respondido a mis llamadas en medio de la noche para pedirle que se fuera a Concepción a sacar de la cárcel a un compañero que había caído preso? Ese amigo, que es un abogado muy hábil, tenía tal vez un cliente de billete largo esperándolo en su oficina a las nueve de la mañana, pero, sin embargo, se levantaba, cogía su auto y manejaba horas para estar en Concepción para estar en ese lugar al abrirse los juzgados. ¿Lo echaría usted a la calle?
Medité un momento ante su planteamiento y contesté:
—Si fuera presidente de la República y supiera que está dañando a Chile, sí que lo pondría en la calle —y con esta respuesta terminó la conversación y nunca más volvimos a tocar el tema. Fue por el recuerdo de esa charla que no me sorprendió el suicidio final del mandatario. Allende era incapaz de fallarle a sus camaradas.
No puedo dejar de mencionar una reunión de todos los dirigentes de la Confederación de la Producción y el Comercio con el mandatario, en el tiempo en que los ánimos ya estaban muy cargados. Tuvo lugar, por invitación de Felipe Herrera (expresidente del Banco Interamericano de Desarrollo), en su departamento de la Avenida Alcántara. Éramos como diez o doce invitados y, en la larga mesa, había un sitial de honor que ocupó el dueño de casa, porque Allende avisó que llegaría con atraso. La conversación, que hasta su llegada se mantuvo en términos amables, se endureció a su llegada y le exigió a Felipe Herrera la inmediata cesión del sitial de honor y lo hizo con estas palabras:
—¡Controla tus ganas de llegar a mi silla!
Nos pareció a todos una forma muy ruda de dirigirse al dueño de casa. De allí en adelante la conversación se puso áspera y solo aflojó con el paso de las horas. Recuerdo que ya había amanecido y, al retirarnos, él nos aseguró que se iría directamente a La Moneda. Por mi parte, yo me fui a mi casa y dormí hasta media mañana.
Mi amistosa relación con el presidente Allende se cortó abruptamente a raíz de un discurso mío, trasmitido por una red territorial de emisoras, en que denuncié el estado decadente del país y la hondura de sus quiebres internos, lo que exigiría un rudo ordenamiento una vez que el régimen se hiciera insostenible. Terminé con la frase Chile espera al caudillo enigmático. Al día siguiente, a primera hora, me llamó el presidente para decirme que mi discurso había sido abiertamente sedicioso y que mi alusión al caudillo enigmático estaba dirigido a las Fuerzas Armadas. Por tal razón, no volvería a tener contactos directos conmigo. En verdad, lo del caudillo enigmático yo lo había plagiado del título de un libro sobre mi tío abuelo político don Carlos Ibáñez del Campo. Yo creía que ese libro ya nadie lo leía, pero parece que me equivoqué.
Tal vez, lo más intrigante de la personalidad de Salvador Allende era esa mezcla de populismo y esmero personal en mostrarse como un refinado aristócrata. Vestía bien, comía mejor, hablaba pulidamente y trataba a todo el mundo con un cierto grado de desprecio. Era lo más ajeno a la muchedumbre desarrapada de sus seguidores, que parecían más fascinados que nunca precisamente por eso. Yo creo que cultivaba metódicamente esa imagen, porque sabía que significaba el triunfo de su personalidad sobre la grosera calidad de sus huestes.
Por cierto que en nuestras conversaciones solía mezclar aspectos biográficos. En una ocasión en que se estaba expresando muy despectivamente de don Eduardo Frei, yo lo interrumpí para preguntarle por qué nunca hablaba bien de alguien. Se puso serio y me contestó:
—No es así. Yo he respetado y admirado a hombres muy contrarios a mis ideas. Por ejemplo, es el caso de ese hombrón que fue don Arturo Alessandri Palma —y se lanzó a contarme la historia de su padre que había sido notario en Valparaíso y que tuvieron que amputarle las piernas debido a una diabetes fuera de control. Mientras yacía en cama en recuperación, con el ánimo en peor estado que su maltratado cuerpo, el famoso León de Tarapacá, que gobernaba desde La Moneda, interrumpió un programa de visita a Valparaíso, para ir a golpear la puerta de los Allende y, pidiendo un pisito, se sentó junto a la cama del doliente y tomándole la mano le dijo:
—Arriba el ánimo. Si fueras jugador de futbol, la cosa podría ser más grave, pero para tu profesión no necesitas las piernas.
Luego siguió describiéndome la inyección anímica que esa visita presidencial significó para su padre y toda su familia.
—Desde allí en adelante, todos fuimos alessandristas.
A pesar del corte de nuestros contactos directos, no puedo dejar de mencionar dos ocasiones memorables que compartí con el presidente Allende. La primera fue con motivo de la celebración en Santiago de la Asamblea de la UNCTAD, que seguramente debe ser la más magna que se haya celebrado nunca en nuestro país. Concurrieron delegaciones de casi todos los países del mundo y encabezadas por personajes que llenan las páginas de la historia. La delegación francesa la presidió Valéry Giscard d’Estaing (el futuro presidente de Francia), la norteamericana estuvo encabezada por George Shultz (entonces secretario del Tesoro y más tarde secretario de Estado) y México, que se hizo presente con su propio presidente, Luis Echeverría Álvarez, y eso para solo nombrar a algunos.
Mis incidencias con el presidente Allende durante esa asamblea están reflejadas en lo que he llamado La aventura de la UNCTAD, en mi libro anterior.
La otra intervención imposible de olvidar es la concurrencia del presidente Allende al Congreso de AILA —Asociación de Industriales Latinoamericanos—, que celebramos en Viña del Mar, en la que exigió un plenario fuera de programa, para dirigirse a los delegados, en respuesta al discurso inaugural mío del día anterior, que había considerado inaceptable y ofensivo. Pese a ello, el evento culminó en un distendido coctel en que se comportó como un alegre muchacho juguetón, provocando varias anécdotas que todo el que concurrió no puede haber olvidado.
Tal vez esa fue la última vez en que conversé directamente con él, hasta la estremecedora última entrevista que tuvo lugar en su residencia de Tomas Moro, unas seis semanas antes del derrocamiento del 11 de septiembre de 1973. Esa entrevista fue un desayuno que no llegó a ser tal y cuyo gestor fue el general Carlos Prats. Yo había estado, durante varios meses, en contacto con este oficial de Ejército, en función de ministro del Interior, de modo que no pude negarme a su insistencia en que me reuniera con el presidente, porque era necesario investigar, hasta sus extremos, la posibilidad de un acuerdo sobre las empresas usurpadas que, a su juicio, era lo esencial para lograr una relajación del clima sumamente enrarecido que envolvía al gobierno. Yo traté, inútilmente, de persuadirlo de que tal encuentro sería inútil a esas alturas, pero finalmente accedí a la reunión, más por consideración a él que por cualquiera otra cosa.
Esa mañana de invierno llegué puntualmente a las siete y media de la mañana a Tomás Moro. Estaba puesta la mesita de siempre y hacía frío. Esperé en solitario algunos breves minutos y luego llegó el mandatario, muy serio, adusto y nervioso. Antes de que yo pudiera siquiera saludarlo, me interpeló con tal dureza que yo, poniéndome de pie, le dije:
—No he venido ni por mi gusto, ni porque tenga nada que hablar con usted, de modo que no estoy dispuesto a soportar insultos. Con su permiso, deseo retirarme.
Ante tal postura, él hizo un esfuerzo por serenarse y, secamente, y sin siquiera sentarse, me dijo:
—No se vaya, porque tengo algo que proponerle. Estoy dispuesto a definir con usted, aquí y ahora, el escaso número de empresas que retendremos para conformar el área social de la economía. Son apenas unas pocas decenas y, en el acto, devolveremos todas las demás. Además, le ofrezco la solemne celebración de un pacto público, para definir el campo de acción de la iniciativa privada que reconoceremos, fomentaremos y respetaremos rigurosamente en el futuro.
Ante tan sorprendente oferta, yo contesté:
—Muy bien, someteré esto al Consejo General de la SOFOFA y le trasmitiré su respuesta lo antes posible.
Nunca pensé que mi declaración le provocarían un estallido de furia peor que la inicial. Temblando, me replicó:
—¡No me venga con evasivas estúpidas! ¡Usted bien sabe que la respuesta será la que usted desee, de modo que dígame ahora qué le parece este arreglo!
Yo también había llegado al límite de mi contención de modo que le dije:
—Si de mí dependiera, la respuesta es negativa. Creo que, a estas alturas, a usted ni sus propios partidarios le dejarían cumplir ese compromiso. Además, si algo he aprendido de política en estos años terribles, es que no se hacen acuerdos con derrotados, y usted ya está derrotado.
Me miró con furia contenida y encaminándose a la puerta, dijo:
—Entonces no tenemos nada más que hablar.
A diferencia de otras veces, al llegar a la puerta de la casa no me dejó allí, sino que continuó a mi lado por el caminito de pastelones que había entre esa puerta y la reja de salida a la calle. Amanecía y el jardín estaba lleno de guardias con vestido de combate y aspecto de cubanos. A medio camino, se detuvo y volviéndose hacia mí me dijo:
—¿En verdad, usted cree que los militares van a rebelarse para salvar la fortuna de los Edwards?
Enardecido, le contesté:
—No van a alzarse por eso, sino que por la seguridad de la nación que usted sabe que está en grave peligro.
Entonces, tomó mi mano y poniéndola sobre su hombro dijo:
—Toque aquí, porque esto será carne de estatuas y las tendré en todo el mundo. Ese será mi triunfo final.
Fue la última vez que se dirigió a mí. Pocas semanas después estaba muerto y me dejó un recuerdo y un peso en el pecho que nunca me ha abandonado ya. Muchas veces he pensado de qué se compone esa suerte de congoja y he concluido que es una mezcla de admiración, simpatía y rechazo. Porque tengo plena conciencia de que todo eso convirtió a Salvador Allende en un ícono universal.


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