Finalmente, tras 65.237 días clave, un número indeterminado de pizzas, hartas idas y vueltas, tenemos acuerdo. Fue presentado por los presidentes de ambas cámaras con toda pompa y se aplaudieron harto entre ellos, cosa que parece un poquito mucho, porque acá estaban arreglando su propio pastelillo, no se olviden.
Al menos en el papel es distinto al fiasco anterior, lo que desde luego es positivo. Ahora, después de lo que sufrimos, uno quería todas las certezas, candados, cercos eléctricos, una manada completa de lobos, etc.
Pero no. Y veamos cómo llegamos a este punto.
Primero, yo quería un plebiscito de entrada y mucho antes, nunca me pareció que el afán de cambiar la Constitución fuera nada más que un anhelo de la élite radicalizada y revolucionaria que usó al octubrismo. Me sigue pareciendo versallesco. Me sigue pareciendo que los políticos llevan años tirando la pelota al córner y tratando de salvarse solitos. Tratando de pasar piola, más preocupados de la cuestión del poder que de otras cosas. Y cuando uno ve polémicas cuma como aquello de los arriendos y las bencinas cuando debieran andar con las orejitas bajas y haciendo méritos, cuesta un poco imaginar que hayan comprendido su rol en haber puesto a Chile al borde del abismo. A esta posición se le ridiculizó y se hizo la caricatura del extremo.
Parto por declarar esto porque también somos parte del Rechazo. Y somos prudentes, no extremos. Estuve en todos los zoom que se hicieron por esos días y se nos dijo que no había acá principios por defender porque la Constitución actual era ilegítima tanto en origen como en la práctica porque “nadie la respeta” (es decir, ellos). Había que entregarla ante la violencia, porque si no esto se desmoronaba. Lo que vino luego fue la dicha infinita de la CC, porque obvio que los escaños reservados eran una excelente idea (“todos los PP.OO son de derecha”) y qué maravilla los independientes, así la representación del pueblo será total.
Les advertimos que nada bueno podía salir de ahí porque el clima era radical, porque los escaños reservados y la paridad de salida eran antidemocráticos y porque de los independientes, si uno miraba un poquito sus campañas se daba cuenta que el más moderado quería tomarse el Palacio de invierno.
Para sorpresa total de la centroderecha no alcanzaron los 2/3 y la CC se desmadró completamente. No lo vieron venir.
Hoy parece que la historia se cuenta distinto, pero si bien es cierto que los bordes o resguardos consagrados en el primer acuerdo por la Paz (que no llegó) y la nueva Constitución (que gracias al cielo tampoco llegó), eran infinitamente más febles que los que hoy se proponen, no es que no existieran. Existían, pero fueron considerados tanto como Las Indetectables consideran nuestra bandera.
Por otro lado, ¿hará este acuerdo que por fin los poderes del Estado se concentren en lo que sí pueden hacer por la gente? No lo creo. Con ya nueve meses podemos concluir que gobernar no es algo que se les dé mucho. En cambio, para crear un enemigo, dilatar todos los tiempos y hacer campaña son muy talentosos. Este nuevo acuerdo les permite hacer todo eso. Y es muy posible que parte del Legislativo haga algo parecido. Porque aquello del chicle y caminar, no.
Esta pitonisa piensa que como en Uno, el tango que le gustaba a mi tata, yo no puedo ya querer sin presentir. Toca nuevamente informarse, veamos cómo funciona en forma y contenido antes de soltar la chaya porque al menos yo, no olvido a la CC que ayer nos destrozó el corazón.
