Y tengo una mala noticia
No fue de casualidad
Yo quería que nos pasara
Y tú, y tú lo dejaste pasar
No quiero que me perdones
Y no me pidas perdón
No me niegues que me buscaste
Nada, nada de esto
Nada de esto fue un error, uh-oh-oh
Nada fue un error
Nada de esto fue un error, uh-oh-oh
Nada fue un error
Quise partir con una canción de un lejano 2002, de Coti, para amenizar, porque ya que estamos en esta y vamos a hablar de errores, me vino este recuerdo perdido y juvenil de cuando tampoco creía mucho en ciertos lamentos.
¡Lo logramos! ¡Qué orgullo compatriotas! Logramos llegar a un punto de surrealismo en que el director de impuestos internos no paga sus contribuciones, ¡una maravilla! Se acuerdan, antes, bien antes, más más antes, cuando las cosas eran lo que eran y no le lanzábamos graciosamente el mote de “errores” a todo. Puchas, yo me acuerdo cuando mi papá me advertía sobre las consecuencias naturales de relativizarlo todo y yo en mi versión más adolescente y no especialmente habilosa, encontraba que era una exageración. Y aquí estamos.
Hagamos un poquito de orden, yo sé que esto de vivir en esta nueva normalidad no nos permite procesar un escándalo para caer al siguiente, pero intentemos darle algún sentido a esta semana.
Por si usted tuvo la dicha de la desconexión, le cuento que pasaron dos cositas, o sea, pasaron más, pero aquí vamos a discutir dos por lo impactantes. Vamos un poquito pa’ atrás; ¿se acuerdan de ese asesinato en la comuna de Ñuñoa? Fue muy tremendo porque ocurrió en un barrio residencial de Ñuñoa occidental, o la república federal de Ñuñoa, hace como un mes. Bueno, la víctima, apodado “el rey del barrio Meiggs” fue asesinado por un sicario indocumentado venezolano, Osmar Ferrer (que jamás se nos olvide esa primera “e”) y para sorpresa de todos, no solo fue encontrado, quedó en prisión preventiva pese a la narcolepsia de la jueza. Y aquí se enreda todo porque resulta que el buen Osmar quedó libre al tiro, se supone que por una sucesión de errores del poder judicial, aparentemente tratando de corregir un error (again) en el apellido; una “e” comida, digerida y evacuada. Por supuesto todos se culpan los unos a los otros, como era de esperar, sin embargo, la cosa curiosa es que al buen Osmar unos amiguis lo estaban esperando afuera, fíjate, como una hora antes de la consumación del “error”. Parece que hay más pitonisas, no solo la suscrita. Por cierto, solo lo supimos varios días después por lo que mientras ustedes leen esto, capaz Osmar está ya en países más templados, arepa en mano, no es como que no haya pasado antes (aquí no olvidamos al teniente Ojeda).
Se nos pide creer que todo esto se debió a una retahíla de errores, perfectamente coordinados, justo con este angelito, justo ese día a y a esa hora. Si usted es capa de creer eso, por favor me escribe a el libero, que tengo un cerro en el centro que me gustaría venderle. No, pero en serio, tendríamos que enfrentar una realidad fea; que el crimen organizado nos tiene agarrados de las gónadas, a todo nivel y en todas las instituciones, a seguir creyendo en ponies, unicornios y la eterna bondad del ser humano. Claro, todo aquello de no atribuir a maldad lo que puede explicarse por estupidez, dale, pero a mí el Frente Amplio me ha enseñado que ambos pueden convivir perfectamente.
Ese fue el error 1 (en realidad una camionada de errores), y el error 2 vino de la mano de una investigación periodística de Constanza Santa María, para TVN ni más ni menos y la posterior entrevista a Javier Etcheberry, director del SII que se ha hecho tan famoso en esta su gestión más progre, porque poco le falta pa’ hurguetearnos los cajones y sacudirnos para que soltemos los vueltos. Como dato les puedo contar que este año el SII me adjudicó unas propiedades de mi papá que lleva más de una década muerto… ¡y con lo que le gustaban los impuestos a mi muy libertario padre! Yo no sé si estaban ya usando ouijas para cobrar, pero te lo digo, evoca un poco la vieja táctica del “por si pasa” de mis amigos más promiscuos. En fin, les recomiendo que vean la entrevista porque no tiene desperdicio. Resulta que este señor, parte de la aristocracia concerta, enchuló su propiedad sin permisos ni registro alguno y llevaba 9 años sin pagar contribuciones. No meses, ¡años! Y es que es muy difícil pagar, es tan difícil, incluso para los ultra super mega ricos como el señor Etcheberry, ¡ah, pero tranqui! Que va a pagar lo que la ley le exige que son tres años, los otros 6…no poh, eso no, no sean roteques. Todo parece indicar que, al verse pillado por la investigación, mandó que le cambiaran el avalúo de la propiedad… porque puede. Y de nuevo, se nos pide creer que aquí no hubo dolo, lo cual suena parecido a la “buena fe” de ese portento inmobiliario que es la familia Allende, fíjate.
Errores, errores… ¡ah! Y yo aquí pensando que “error” es ir a comprar papel carta y volver con papel oficio.
Claro, se nos pide creer en muchas cosas, se nos pide tener en consideración las intenciones y ese es justamente el punto; para el resto de las personas estas consideraciones no existen y por muy buenos motivos. Básicamente para que podamos vivir en sociedad sin destruirnos entre nosotros.
Todo esto, en distintos ámbitos, hablan en realidad de la descomposición moral de Chile y de la consecuente putrefacción de las instituciones, ya no solo de las personas. Y es que todo grupo humano que accede a un cierto poder por mucho tiempo tiende a intoxicarse en sus propias ventosidades. Y toda institución que permite a la norma restrictiva y caprichosa ganarle a la lógica, está condenada a su propia corrupción, una mezcla entre el querer que pase y el dejar pasar.
Todo poder abusado se devuelve en corrupción de arriba pa’abajo. Incluyan aquí el narcotráfico al interior de las FF.AA. e incluso los funcionarios que se pegaron su viajecito con licencia médica ideológicamente falsa.
¡Imagínate lo salido que tení que estar! Para que además tengas la audacia de justificarte, de apelar al error, en lugar de bajar las orejas y renunciar. Pero claro, si creen que la dignidad es una plaza…
Esta pitonisa piensa que necesitamos abrir una ventanita y pegarnos una fumigada, pero buena, de todos los políticos de lado y lado, que llevan generaciones en sus cargos, tanto que les han perdido el respeto y han perdido de vista el propósito. Y de las instituciones que de tan apoltronadas se han vuelto incapaces de enfrentar el tipo de crimen que nos trajo este siglo. Tenemos que escandalizarnos de una vez y para siempre, porque como en la canción que presta título a esta columna, puede ser tarde cuando nos demos cuenta de que nada, nada de esto fue un error.
