derecho internacional

Corría el año 2021, días felices en que un joven de la izquierda cool, estudiante eterno soñaba con “cambiarlo todo” en la política internacional. Fue entonces cuando convertido en postulante a La Moneda presentó su receta mágica con dos ingredientes infalibles: una política exterior feminista (porque todo suena mejor con «feminista» delante) y una política turquesa -un hallazgo cromático digno del Pantone político- pensada para salvar al planeta. La creciente masa de adolescentes eternos que el país ya comenzaba a acumular en esa fecha, representaba un número cada vez mayor de votantes que no podían haber olvidado a Greta, mujer y activista medioambiental. La fórmula, adaptada a la realidad criolla, parecía digna de imitarse.

El libreto era clarito: Chile se iba a parar como rockstar en un mundo con nuevos dioses y nuevas tribunas, bien abrazado al púlpito de la ONU, esa especie de geriátrico con aires de club inglés venido a menos, que huele más a naftalina que a futuro. Desde ahí, Chile podría predicar sobre género, glaciares y dignidades varias.

Impulsados por el entusiasmo y acompañado por una brigada de parroquianos, en su mayoría devotos y formados para la tiza y la pizarra -algunos con padrinos más influyentes que sus currículums, y otros portadores del evangelio de las “nuevas tendencias” de la política exterior-, el joven y su brigada se lanzaron a conquistar embajadas claves: ONU, OEA, Ginebra, Madrid, México, Bogotá, Brasilia, Berlín… En esos escenarios se libraría la gran batalla cultural de la diplomacia woke, esa que se pelea con tweets y presupuestos generosos, y en la que, supuestamente, aprenderíamos los modales del mundo moderno. El tráiler estaba listo; sólo faltaba la película.

Llegó marzo de 2022. Las campanas sonaron en los pocos colegios que aún quedan en el centro, y comenzó la función, con la Plaza de la Constitución como escenografía. La plaza se llenó de muchaches con moños, jeans, tablets y celulares, deambulando a paso rápido de un lado al otro como si algo profundo estuviera por ocurrir. Pasaron los años y la película atraviesa sus minutos finales, con un tufo a gladiolo que se esparce por todas partes. La peña cerró el bar, la muchachada compra maletas, y los acreedores de esta fiesta empiezan a cobrar las facturas con la ansiedad de quien huele una quiebra en el aire.

Y el pueblo, con lupa en mano, intenta encontrar aunque sea un logro que valga la pena recordar. Y ahí, en una esquina polvorienta, la Cancillería comienza a verse como el Parque O’Higgins un 20 de septiembre a las 6 de la mañana: desorden, soledad, y mucha resaca.

La famosa política exterior feminista y la turquesa quedaron huérfanas tras la estampida de la ministra (cuyo nombre ya nadie recuerda), acompañada de sus segundos que ni siquiera alcanzaron a pasar a la segunda ronda. Al timón reclutaron a Alberto van Klaveren. Su encargo -si es que existe- parece ser borrar la película de este gobierno de todas las carteleras, cuanto antes y con la mayor discreción posible.

Mientras tanto, la fe ciega en el multilateralismo -esa misa laica que fuma la brigada y a los militantes de cafetería- aún le queda algo de pulso. El buque hace agua por todos lados, pero una comparsa con músicos nerviosos sigue tocando en el Titanic. Y no lo hace porque sea su deber o para darle ánimo a los que no se atreven a abandonar el barco, sino porque en los botes habría que remar.

En rigor, su política internacional nunca supo -o simplemente no quiso- aceptar que el mundo no es una pasarela de causas nobles. Que a veces hay que escoger entre la pancarta y la realidad, entre la consigna y el interés nacional. Para Boric y su brigada, la ideología no era solo un motor: era el combustible, la brújula y el destino.

Y los resultados, por supuesto, salieron caros para Chile. Caros en imagen, en influencia y en recursos, también en irrelevancia. Las embajadas se transformaron en tribunas para minorías ruidosas, mientras el pueblo -ese mismo al que Boric prometió escuchar- sigue preocupado por la seguridad, la economía, la salud y la educación.

Quizás, en su fuero más íntimo, Boric sigue convencido de que Chile estaba llamado a redimir al mundo. O tal vez nadie se atrevió a explicarle que el realismo no es un pecado, sino una herramienta básica de supervivencia para países medianos, que no pueden darse el lujo de coleccionar derrotas simbólicas.

Chile necesita una política exterior menos enamorada de las portadas, y más dedicada a cuidar el patio de la casa. Más popular, más barrio, más Chile primero, segundo y tercero. Quizás sea hora de recordar que la política internacional, para ser seria, debe ser pragmática. Y para ser pragmática, debe tener ADN con aroma a cochayuyo, marraqueta, Tierra Amarilla, metro sesenta y ocho, sin etiquetas importadas ni slogans diseñados en cafés veganos.

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