El 7 de abril de 2025 no sólo fue un lunes negro: fue el día en que el sistema internacional estornudó y la economía chilena agarró una pulmonía. Las bolsas cayeron en cadena, el cobre -nuestro tótem económico- se desplomó como si alguien hubiera desconectado el cable de la fe. Y mientras Wall Street se derretía, Donald Trump, de vuelta en la Casa Blanca como un déjà vu con peluca, anunciaba un arancel del 50% a las importaciones chinas. La chispa fue suya, sí, pero el incendio venía acumulando leña hace rato.
Ese día quedó claro para cualquiera con un mínimo de pulso geopolítico: la globalización, esa fiesta con reglas, moderadores y catering multilateral, fue invadida por matones con bates. Ya no se trata de firmar acuerdos ni de quedar bien en las fotos de la ONU. Hoy, el mundo premia al que se lanza primero y pregunta después. El problema es que Chile sigue esperando que alguien le pase el micrófono.
El regreso de Trump no es sólo el revival de un personaje que parece escrito por un guionista en ácido. Es la consolidación de una era: la del poder en carne viva, donde la diplomacia es un adorno y los consensos son para los débiles. Trump no improvisa: actúa con brutal coherencia. Su mensaje es simple y medieval: el poder no se conversa, se impone. Y lo peor es que le funciona.
¿Y Chile? Bien, gracias. Mientras el mundo se reorganiza a empujones, acá seguimos aplaudiendo visitas protocolares, repitiendo mantras sobre “integración regional” como si el Mercosur no estuviera entubado en la UCI con pronóstico reservado. La política exterior se gestiona con un Excel en versión no actualizada, se debate entre canapés en hoteles cinco estrellas entre jubilados, quienes siguen hablando de “balance de poder” como si Kissinger aún respirara y en la hora del café sacan a relucir su humor vintage de la era de los telegramas. Todo esto bajo la supervisión de burócratas cuyo talento principal es no molestar a nadie, no tener ideas propias y, ojalá, conseguir un carguito en alguna oficina internacional con sueldo en divisas.
El 7 de abril no sólo mostró que el orden económico global es un castillo de naipes: reveló también que nuestra política exterior se quedó sin cartas. No hay análisis de entorno, no hay coordinación con aliados, no hay posicionamiento táctico. La única estrategia parece ser esperar que alguien nos diga qué hacer… y después mandar una nota de prensa celebrando lo bien que lo hicimos.
Pero el problema de fondo es político. En Chile, la política internacional ha sido tratada como una función técnica, una especie de mantenimiento de rutina del Estado, como cambiarle el aceite al auto. No hay conducción desde la presidencia, ni conciencia de que la política exterior ya no es un lujo ni una ceremonia: es un campo de batalla, y estamos llegando sin botas.
Chile es un país que vive de vender afuera, pero se comporta como si el mundo fuera estable, predecible y cordial. Spoiler: no lo es. El orden de Trump está hecho para los audaces, no para los obedientes. Y hoy, el mayor riesgo no es la escasez de recursos: es la falta de reflejos. En este juego, la pasividad no es prudencia: es rendición sin discurso. Y nadie recuerda a los que se rindieron sin pelear.
