Papa

En el Vaticano no hay elecciones, pero sí hay roscas. Jorge Bergoglio lo supo antes de asomarse al balcón de San Pedro. Desde su llegada al trono papal -habemus papam et operam-, logró algo que parecía tan improbable como una misa sin incienso: ser un líder conservador en lo doctrinal y, al mismo tiempo, referente global de la progresía internacional. No fue milagro. Non est miraculum. Fue estrategia. Y quizás, redención.

Durante la dictadura argentina, Bergoglio no fue ni cómplice ni héroe. Fue, sobre todo, prudente. Como superior de los jesuitas, se mantuvo lejos del régimen…… y de sus víctimas. Ese perfil bajo -tan bajo que parecía subterráneo- le costó caro. Décadas después, la izquierda argentina lo acusó de tibio, calculador, “ausente con aviso”. En tiempos de plomo, su silencio no fue neutro. Qui tacet, consentire videtur.

Como arzobispo de Buenos Aires, su relación con el kirchnerismo fue, digamos, poco eucarística. Se opuso al matrimonio igualitario, criticó la ideología de género y mantuvo distancia del poder, aunque se le acercaban las multitudes. Desde la Casa Rosada lo miraban como a un cardenal de la oposición con homilías peligrosas. Lo espiaban. Lo denunciaban. Y él respondía con parábolas.

Y entonces, Roma. Con su elección como Papa en 2013, Bergoglio inició una transformación notable. Lanzó Laudato Si’, criticó al capitalismo con más fuerza que cualquier ONG, y habló de una “economía que mata” como quien ya no teme titulares. Convocó a movimientos sociales, defendió a migrantes, levantó banderas que años antes no había tocado ni con guante litúrgico. Pero lo más interesante no fue lo que dijo, sino con quién se rodeó.

En el Vaticano armó un círculo íntimo argentino con fuerte inclinación a la izquierda: curas villeros, teólogos de la liberación, exfuncionarios y militantes sociales. Los mismos sectores que lo habían acusado de conservador, ahora lo abrazaban como guía espiritual. Roma se llenó de mate, militancia y misa. Una reinvención. Una reconciliación. O una jugada. Ecclesia semper reformanda est.

Ese giro no fue solo pastoral. Fue político. Francisco entendió que no podía borrar su pasado, pero sí reescribirlo con otro tono, otro público y otros actores. Cambió el foco: dejó de hablar solo a los fieles y comenzó a hablarle a la historia. La de América Latina, con sus traumas y revoluciones. Y la suya propia, con sus silencios y omisiones.

En Bolivia, sus gestos hacia la causa marítima fueron leídos como apoyo indirecto, pero suficiente para que Evo Morales le regalara un Cristo crucificado en una hoz y martillo. En Chile, en cambio, su visita fue más penitencia que peregrinación: escándalos, frialdad, y un laicismo militante que ni la bendición papal pudo derretir. En Argentina, optó por el misterio. Nunca volvió oficialmente. Bendijo al pueblo, pero no a sus gobiernos. Con Cristina fue afecto cauteloso. Con Macri, ni el saludo pascual. Et omnes confusi sunt.

Francisco no es un revolucionario clásico. Es un jesuita de manual: paciente, táctico, afilado. Su giro a la izquierda no fue conversión, sino cálculo. Una forma de ocupar el centro desde la periferia. Y tal vez, también, de saldar cuentas con sus propios fantasmas, sin necesidad de exorcismo.

Porque incluso los papas -sancti sed humani- tienen pasado. Y algunos, como Francisco, no sólo quieren salvar el alma… también la narrativa.

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