“¡Es la economía, estúpido!”, fue la frase acuñada por James Carville, asesor de Bill Clinton, que definió las elecciones presidenciales estadounidenses de 1992, donde el demócrata, un relativamente desconocido gobernador de Arkansas, se impuso George Bush padre, quien había conseguido un gran éxito en política exterior, al concluir la Guerra Fría y dirigir la victoriosa Guerra del Golfo.
A contar de esos años, las políticas exteriores de los Estados comenzaron a definirse por un enfoque dual, abordando e intentando consolidar tanto un eje político como uno económico-comercial.
El primero, al menos en los países que nos sentimos parte de Occidente, ha estado fuertemente influenciado por valores: democracia, derechos humanos y respeto al derecho internacional. Los primeros parecen hoy cuestionados o, al menos, carecen de una conceptualización universalmente aceptada y se definen de acuerdo a particularidades nacionales e ideológicas, mientras que el último (respeto al derecho internacional) también exhibe una fatiga en sus instituciones como resultado de la inoperancia del actual multilateralismo que tiene su seno matriz en la ONU.
El segundo eje, el económico-comercial, en cambio, se ha caracterizado por la omnipresencia de los intereses, el pragmatismo, la no injerencia y un consenso sobre la economía de mercado, quedando a criterio de los países, la mayor o menor intervención estatal
Pese a las posiciones aparentemente antagónicas de esos ejes, estos se hayan más entrelazadas que nunca, y es difícil separar la relación comercial del diálogo político, es decir, “el dinero sí huele”.
Entretejiendo nuestras prioridades de política exterior y la realidad comercial exportadora de Chile, se observa una suerte de diferencia entre el mundo cómo debería ser y el mundo tal cual es.
Analizando los primeros 30 lugares de destinos comerciales de Chile, queda de manifiesto la importancia monumental de Asia (incluyendo Rusia), con un 60,7% de recepción de nuestras exportaciones. Seguida bien atrás por Estados Unidos y Canadá (principalmente minera) con un 17,6%, América Latina con un 13,7% y Europa con un 8%.
Inmediatamente, al mencionar Asia, los escépticos cuestionarán a China como elemento distorsionador para valorizar un continente: “sí, pero no”, es mi respuesta. China sola, sí, la del partido único, con credenciales difusas de derechos humanos y una comprensión particular de la democracia; representa un bestial 41,3% de las exportaciones chilenas, lo que deja al resto de Asia (sin China) en un aún meritorio segundo lugar con el 19.3%.
A vuelo de pájaro pareciera claro que lo más conveniente y viable para Chile es potenciar el Indo-Pacifico y Latinoamérica, donde habitan cuatro de los cinco socios comerciales a los que exportamos más de 4.000 millones de dólares (China, Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y Brasil).
¿Estados Unidos? Al igual que Europa, parece un mercado envejecido donde el crecimiento y oportunidades con cada vez menores y atomizadas. Incluso con Japón y Corea del Sur, por su nivel de desarrollo y consolidación de mercados, es difícil pensar en ampliaciones. Sin embargo, mirando más hacia el sur y el centro de Asia, hay un coto de caza de mercados con estados muy poblados, clases medias pujantes y expectativas de crecimiento, me refiero por supuesto a India, pero también a Indonesia, Vietnam, Filipinas, Bangladesh, Pakistán e Irán, a los que sumo Rusia y la exploración de los países de Asia Central.
La búsqueda de mercados, que tengan como consecuencia el mejoramiento de la calidad de vida de nuestros ciudadanos, a través de mejores puestos de trabajo, mejores remuneraciones y acceso a bienes y servicios a menor costo, debiese ser una prioridad, así concentrarse en el Indo-Pacífico y Sudamérica, con China y Brasil como países insignia. Y esa mayor apertura requerirá una política exterior, en el caso del primero, delicada y altamente especializada para entender códigos y culturas que no son occidentales, donde la no injerencia más que un principio es un dogma.
Modernizar y redistribuir nuestras oficinas comerciales en el mundo por una parte, y también mejorar sustancialmente el nivel de nuestros servidores púlicos en el exterior, debiese ser la prioridad en el futuro. Necesitamos profesionales capacitados y preparados no para conservar y catalogar el pasado, sino para liderar estrategias que garanticen el futuro económico de Chile en el contexto global actual.
