La carrera política de Gonzalo Winter ha sido meteórica. Partió como diputado arrastrado por Giorgio Jackson, con apenas el 1,2% de los votos, pero logró generar un fuerte liderazgo dentro del Frente Amplio, hasta convertir en su carta presidencial.

Esto último, en todo caso, no debiera sorprender a nadie: de los frenteamplistas “activos” (es decir, descartando a las Karamanos, a los Jackson, etc.), Winter representa mejor que nadie el ethos del Frente Amplio: elite ilustrada, activismo universitario, causa latinoamericanista y discurso regenerativo. Winter viene del barrio alto, y lo sabe. No le hace el quite al hecho de haber estudiado en el Verbo Divino y en la Universidad de Chile, donde destacó más como dirigente que como estudiante de Derecho. Se opuso con fuerza al TPP-11, bandera clave para el frenteamplismo de esos años, sugirió que Chile podría expulsar al Embajador de Israel, y minimizó el caos provocado por el estallido social, señalando que la destrucción de locales cerca de Plaza Italia había sido “algo marginal”.

Hoy, sin embargo, ha comenzado a moderar su discurso. No es el único, claro; pero es actualmente el “niño símbolo” de una casta política que comprendió, a punta de errores y desaciertos, que no se puede gobernar con pancartas.

Esta repentina moderación se ha notado no sólo en su discurso, sino también en su estética: en sus últimas apariciones lo hemos visto con corbata. Y hasta se quitó el aro que tenía en una oreja. Todo esto, en términos semióticos, dice mucho. Su nuevo look es una señal de seriedad, de querer “habitar el cargo”, pero también de que hoy sus ojos y su cerebro no están puestos en la izquierdas identitaria, sino en aquella centroizquierda de raigambre concertacionista.

Sus planteamientos también denotan dicha maniobra: hace unos días, en un programa de TV, le preguntaron por el fin a las AFP, o si iría contra grandes empresas internacionales, como alguna vez propuso el hoy Presidente de la República. Su respuesta fue tibia, con buena labia, pero mucho de “si bien es cierto, no es menos cierto”. Esto no es trivial: Winter necesita hablarle a dos almas muy distintas. Por un lado, al ala más identitaria del Frente Amplio, que sigue levantando banderas verdes, moradas y multicolores, y que aún se basa en la dinámica de organizarse en los territorios y reivindicar causas indígenas y de las disidencias. Por otro, a los “hijos de la Concertación”, ese hemisferio más moderado que -paradojas de la política- fundó partidos como Revolución Democrática y Convergencia Social para “matar al padre”, pero que hoy empieza a parecerse a él. Es que ellos mismos, los líderes estudiantiles de la década pasada, han comenzado a convertirse en padres, han empezado a pagar cuentas, y entendieron que no se puede ser revolucionario toda la vida. Su partido, en efecto, podría llamarse hoy “Evolución Democrática”.

Pero Winter sigue siendo frenteamplista. Y al ser un frenteamplista con corbata, el diputado quiere hablarle además a los sectores más jóvenes del socialismo democrático. Aquellos que hoy miran con distancia las figuras de Carolina Tohá o Paulina Vodanovic, por una brecha generacional: representan el pasado. Winter, en cambio, puede conectar con jóvenes que quieren orden sin conservadurismo, cambios sin refundación, Lastarria sin Plaza Dignidad. Ojo con Winter. Gracias a las duras declaraciones de Jeanette Jara, sobre que Cuba sería una “democracia distinta” (lo que ha despertado el fuerte anticomunismo que se siente incluso en la centroizquierda), el diputado tiene hoy la primera opción para ganar la primaria. Es cierto que aún falta campaña, y que cualquier cosa puede pasar. Pero si la elección fuera hoy, la respuesta es clara: Winter is coming.

Director de Administración Pública UNAB

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