¿Qué podrían tener en común el párroco de una iglesia de Lo Espejo, un deportista de élite, y Carabineros? Mucho. Mientras el párroco contaba a través de la prensa cómo es vivir entre balaceras, el deportista evidenciaba cómo el deporte puede ser un eje transformador de la sociedad, y Carabineros… tiene que llenar más de 12 mil plazas.
La seguridad se transformó en una urgencia porque el problema traspasó todas las barreras y se instaló en eso que resulta más difícil revertir: La percepción. Chile es un oasis en medio de la región que concentra el 30% de las muertes violentas, pero nada de eso importa si la sensación de inseguridad no se hubiese multiplicado de manera transversal.
Esa iglesia en Lo Espejo, probablemente vive en medio de los ataques hace mucho más que cinco años. Esa comuna es la cuna del Clan Marchant, el símbolo de tráfico de drogas y la violencia. Tal vez por eso, el título de la historia era “condenados a vivir así”. Para los habitantes del lugar el problema no es nuevo, es más, en algunos casos simplemente ya es parte del paisaje.
Lo Espejo no es el único, en Puente Alto, una mujer que quiere trabajar y está dispuesta a hacerlo hasta pasado las 6 de la tarde, sólo puede cumplir su deseo en verano pues, en invierno la oscuridad hace imposible que se traslade segura hasta su casa.
Pero todo esto ellos ya lo conocen, el cambio vino cuando esa sensación de inseguridad se trasladó a esos lugares donde no se puede caminar de noche e ir a misa sin miedo a una bala loca. Ese fue el cambio cualitativo cuando, el 2022, 9 de cada 10 chilenos decían sentir inseguridad.
Vivimos en el mundo de las sensaciones porque, tal y como están las cosas, no importa que la propuesta sea técnicamente buena ni que los indicadores mejoren si es que la sensación sigue siendo la misma. Y, en seguridad, con 12 mil carabineros menos para llegar al desde, el camino se vuelve cuesta arriba.
En ese mundo, llenarnos de operativos policiales que no vienen acompañados de una sanción efectiva para quienes son detenidos no soluciona el problema. Aquí es donde entra el deportista de élite porque, en el mundo de las sensaciones, el operativo tiene que venir acompañado de proyectos que recuperen espacio público con medidas tan sencillas como la mejora de las áreas verdes, la iluminación o la conectividad. Sólo así, ese espacio público será habitado por el Estado y no por el crimen que balea a feligreses a las 6 de la tarde.
Una vez recuperado ese espacio, es necesario ofrecer alternativas que construyan valores positivos y enseñen a los jóvenes la disciplina, el trabajo en equipo y el manejo de las frustraciones. Ahí, aparece el deporte como una alternativa real para quienes están construyendo sueños.
La seguridad se ha transformado en un KPI (Key Performance Indicator) de Estado y, para cumplirlo, ya es hora de que salga del Ministerio responsable y que reciba el tratamiento amplio que necesita. Es decir, que esas 12 mil plazas pendientes y la medición constante, sean acompañadas con programas completos de mejoramiento de barrios críticos, formación de funcionarios públicos y una mirada social que apunte a construir comunidad para que, sea el Estado y no el narco el que haga todo eso.
